Capítulo 9 #2
—Enseguida demostró ser un chico muy despierto.
El Jardín es lo que es gracias a él. Antes no era más que otro prostíbulo de Londres, con chicas vulgares que atraían a gente vulgar.
Pero Connor propuso dar algunas lecciones de dicción y comportamiento a las chicas, ya sabe, para atraer a hombres más elegantes, y la cosa resultó.
Desde que él se implicó en la selección y el adiestramiento de las chicas, El Jardín se ha convertido en todo un éxito.
—¿El adiestramiento?
El rostro de la señora Veillard enrojeció con intensidad y se revolvió incómoda en el sillón.
—Bon, vous savez —balbució la mujer—. El señor MacDunne enseña a las chicas lo que les gusta a los hombres…
Kathleen la miró sin comprender.
—… en el dormitorio —añadió, elocuente.
Kathleen abrió los ojos como platos.
—¿Se refiere a… las relaciones íntimas? —preguntó, azorada, ruborizándose también.
La señora Veillard asintió.
—Oh, ya entiendo —farfulló Kathleen, aunque en verdad no entendía nada. Decidió pasar a un tema menos perturbador—. Y dígame, la relación entre mi tía y el señor MacDunne, ¿era amigable?
—Digamos que los dos se entendían bien. A ambos les gustaba hacer dinero, y este es un negocio muy lucrativo.
—¿Entonces no cree que él haya podido matar a mi tía?
—¿Es que acaso se me acusa de algo? —preguntó una voz profunda.
Las dos mujeres brincaron en sus asientos por la sorpresa.
—Así que la princesa al final se ha atrevido a adentrarse en sus nuevos dominios —murmuró el hombre con una mueca despectiva—. No pierdes el tiempo, ¿eh?
—Muchacho, compórtate —advirtió la señora Veillard con el ceño fruncido.
Kathleen y él se midieron en silencio. Los ojos verdes, entrecerrados, se clavaban como puñales en ella, pero Kathleen no se dejó amilanar. Se irguió en el asiento, al estilo de la señora Carlston.
—Señora Veillard, por favor, déjenos a solas —solicitó con voz imperiosa—. Necesito mantener una conversación con mi empleado.
Sonrió para sus adentros cuando lo vio tensarse por el apelativo utilizado.
Y se asombró por su propia osadía. Ella normalmente era bastante tímida con los hombres, puesto que, habiendo crecido en un internado de señoritas, no estaba acostumbrada a tratarlos.
Tal vez en otras circunstancias se habría mostrado cohibida ante un hombre como aquel, que exudaba peligro y masculinidad por todos los poros.
Pero las circunstancias en que se encontraba inmersa la impulsaban a actuar con audacia.
—Si necesita algo más, avíseme —apuntó la señora Veillard, solícita—. Y, por favor, póngase una máscara lo antes posible. Cuantas menos personas vean su rostro, mejor. Debemos cuidar su reputación —añadió, lanzándole una mirada de advertencia al hombre.
La mujer abandonó la habitación rezongando, renuente a dejarlos a solas.
En cuanto la puerta se cerró, el hombre comenzó a hablar con voz afilada.
—Dejemos las cosas claras, princesa. Yo era el empleado de Venus.
No estoy dispuesto a ser el empleado de una niña consentida que acaba de salir de la escuela.
Así que te propongo un trato. Renuncia a este lugar y duplicaré la cantidad que Heather dispuso.
Te daré un cuarenta por ciento de las ganancias durante los próximos diez años.
Con eso, sin duda, obtendrás el dinero suficiente para costear la clase de vida que cualquier muchacha como tú estaría encantada de tener.
—¿Y qué clase de vida es esa? —preguntó Kathleen con voz suave, tratando de contener su carácter.
—Ropa elegante, joyas, viajes. Vas a tener dinero para lo que quieras sin mover un dedo —señaló, desdeñoso—. Simplemente, no vuelvas a poner los pies aquí.
—Dejemos las cosas claras, príncipe —replicó Kathleen con frialdad, reiterando las palabras de Connor—. No me conoces de nada como para saber la clase de vida a la que aspiro. Y no veo por qué debo cederte la propiedad de este lugar.
—¿Te has parado a pensar en lo que puede pasar si tu nombre se asocia a este sitio? —inquirió el hombre con voz sedosa—. Si no estoy mal informado, estás prometida a un hombre muy importante. No creo que le parezca bien que su futura esposa regente un prostíbulo.
—¿Acaso conoces a mi prometido? —preguntó Kathleen, sorprendida.
—Heather no me dijo el nombre. Solo me dijo que habías superado sus expectativas y habías cazado a un pez muy gordo. Aunque tarde o temprano lo averiguaré.
—¿Me estás amenazando?
—Tan solo señalo lo evidente. Tu prometido…
—Ya no hay ningún prometido. El compromiso está roto.
Era una flagrante mentira, al menos en ese momento. Hasta que Nicholas no regresase, no podía tomar una decisión al respecto, pero, después de todo lo acontecido, no veía otra opción.
Por el momento, debía concentrarse en salvaguardar su reputación por la posibilidad de aceptar el empleo en la Academia Carlston. Un escándalo podía destrozar sus posibilidades de dedicarse a la enseñanza.
Pero MacDunne no tenía por qué saber nada de eso, así que Kathleen mantuvo la mirada del hombre con fingida impasibilidad, como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo.
El hombre la miró incrédulo.
—¿En verdad quieres dirigir este lugar?
«Es lo último que deseo en el mundo», pensó ella.
—Por supuesto, ¿para qué estaría aquí si no?
MacDunne la miró de hito en hito y, para su consternación, empezó a sermonearla como lo haría un padre.
—¿Estás loca? ¿Por qué querrías mezclarte en este mundo? Tienes una educación envidiable y la posibilidad de hacer un buen matrimonio y llevar una vida decente. Cualquier chica de aquí mataría por estar en tu lugar. ¿Por qué desperdiciarlo todo en este sitio?
—Bueno, mi tía tendría alguna razón de peso para dejármelo en herencia.
—Heather tenía una mente retorcida. Quería que yo lo heredase, pero no quería dejármelo directamente a mí. Por eso redactó todas esas disposiciones, para que tú terminaras cediéndomelo.
Por lo poco que Kathleen conocía a su tía, aquello tenía mucho sentido.
—Bueno, se equivocó.
Los incisivos ojos verdes se clavaron en ella, pensativos.
—Repito: ¿por qué?
«Porque no me han dejado otra opción».
—Tengo mis razones —contestó Kathleen, encogiéndose de hombros con sencillez—. Así que te propongo un trato: enséñame cómo funciona este lugar, cómo moverme en este mundo, y duplicaré el sueldo que te daba mi tía.
Los ojos de Connor brillaron con interés, aunque aún se advertía en él cierta reticencia.
—¿Estás segura de que es esto lo que quieres? —insistió con el ceño fruncido—. Este mundo no es apto para damas de naturaleza sensible.
—Entonces, tranquilo, porque en verdad no soy una dama.