Capítulo 9
Kathleen llamó con la elegante aldaba de bronce de la magnífica mansión de dos plantas que se alzaba orgullosa ante ella.
Un cuidado jardín flanqueaba la entrada, encerrado tras una ornamentada verja de bronce.
Una vez más, miró consternada la familiar estructura de ladrillo rojo, la majestuosa escalinata de mármol blanco que conducía a una imponente puerta adornada con un dintel neoclásico y columnas de estilo jónico.
Conocía ese edificio a la perfección. Lo había visto cada vez que había ido a Londres.
Estaba justo a la vuelta de la esquina de la casa de su tía.
Heather tenía su lugar de trabajo a dos pasos de su residencia.
«Siempre fue una mujer muy práctica», pensó con ironía.
Miró con curiosidad la elegante calle, desierta a esas horas tan tempranas. Era una ubicación, sin duda, estratégicamente seleccionada, entre Mayfair, donde abundaba la gente adinerada, y el Soho, barrio de moda entre bohemios y artistas, donde proliferaban los lugares de ocio.
Una regia mujer, alta y ligeramente entrada en carnes, abrió la puerta y la miró sorprendida. Sus vivaces ojos azules y la tersura de su piel contrastaban con su pelo canoso, haciendo difícil determinar su verdadera edad.
—Buenos días, ¿qué desea? —preguntó, cautelosa, con un marcado acento francés.
—Buenos días, soy Kathleen Swan y…
—¡Oh, mon Dieu! Allons, allons, petite! No se quede ahí parada.
Kathleen se vio arrastrada de un tirón al interior de la casa.
—No puede llamar a esta puerta a plena luz del día, con la cara descubierta, como si viniera a visitar a una amiga.
Su reputación puede quedar arruinada si alguien indebido la ve entrar en este edificio —la regañó la mujer con severidad—.
Su tía ponía mucho empeño en que ningún escándalo pudiera salpicarla.
Decía que pronto se casaría con alguien muy importante, alguien que le abriría las puertas a la alta sociedad —explicó con seriedad—, así que no le conviene que su nombre quede asociado a ningún chismorreo.
¿Es que ese estirado de Andrew no le ha enseñado el pasadizo secreto?
Kathleen negó con la cabeza, incapaz de hablar, totalmente hipnotizada por lo que veía.
Se adentró en el amplio vestíbulo de mármol blanco, iluminado sutilmente por una bellísima araña de cristal de Murano decorada con flores de cristal tallado.
Una espléndida escalinata doble, vestida con una suntuosa alfombra roja, presidía la estancia.
A cada lado del vestíbulo se alzaba una puerta doble de madera noble, decorada con una elaborada marquetería con incrustaciones de marfil, que daba paso a dos inmensos salones.
Y ahí acababa toda la elegancia.
Porque el horror vacui parecía el precepto seguido por el decorador.
En cada pulgada de pared había una obra de arte colgada: retratos al óleo, paisajes de acuarela, piezas de varias épocas y estilos.
En cada rincón, una fastuosa estatua fenicia, griega o egipcia.
A cada paso, una alfombra persa. Un despliegue de eclecticismo que ponía de manifiesto una total falta de gusto.
Si todavía conservaba alguna duda de que su tía fuera en verdad la propietaria de aquel sitio, la descartó al ver aquella atroz decoración.
Tenía el sello de Heather.
La mujer continuaba regañándola sin descanso.
—Utilice siempre el pasadizo secreto cuando venga aquí.
Luego se lo enseñaré. Conecta directamente la habitación de su tía con la biblioteca de El Jardín.
Así no hay riesgo de que alguien la vea entrar y salir.
Debe ser muy cuidadosa al respecto. No queremos que peligre su reputación.
Para su tía era muy importante protegerla de cualquier habladuría.
—¿Mi tía construyó un pasadizo adrede para entrar y salir de aquí con libertad? —preguntó Kathleen, incrédula.
—Non, ce n’est pas elle. El pasadizo no fue obra de su tía —explicó la mujer—. Esta hermosa casa la mandó construir un hombre rico para contentar a su mujer. Y encargó que se hiciera, en secreto, un pasadizo oculto hasta la casa de al lado para contentarse él.
Kathleen la miró sin comprender.
—En la otra casa tenía a su maîtresse. Su amante —explicó con un suspiro.
—Muy conveniente.
—Para su tía, sí —convino la mujer con un guiño—.
¡Qué modales los míos! Yo aquí parloteando y ni siquiera me he presentado —exclamó, avergonzada—.
Soy la señora Céline Veillard, el ama de llaves de este lugar.
Pero vamos, petite, entremos en la biblioteca.
No conviene que nadie la vea. Aunque las chicas a estas horas están todas durmiendo.
La señora Veillard la guio por un amplio pasillo lleno de puertas hasta detenerse ante unas enormes puertas dobles de madera labrada.
Al abrirlas, accedieron a una amplia biblioteca.
Las paredes estaban cubiertas por un colorido despliegue de libros, dispuestos en estanterías de madera que llegaban hasta el techo, a unos cuatro metros de altura.
Un enorme escritorio de estilo barroco presidía el lado izquierdo de la habitación.
En el derecho, un par de mullidos sofás de tres plazas, uno frente al otro, separados tan solo por una mesita de té, se disponían delante de una enorme chimenea.
La sala era cálida y elegante, lejos del estilo de Heather. La señora Veillard pareció leerle el pensamiento.
—Venus no era mujer de perder el tiempo en una biblioteca.
Solo utilizaba esta habitación de paso, porque aquí está la entrada del pasadizo —explicó, señalando una parte de la estantería—.
Por eso su tía decidió que no tenía sentido molestarse en decorarla.
Tan solo añadió tres cosas: aquel mueble del fondo, la vitrina de detrás del escritorio y aquella hermosa máscara veneciana.
«Menos mal», pensó Kathleen con una renuente sonrisa.
Admiró por un momento la espléndida máscara veneciana que su tía había expuesto sobre un lienzo de terciopelo negro con marco francés de volutas doradas, colgado sobre la chimenea. Pero su atención pronto fue seducida por el mueble que había al fondo de la habitación.
Era un magnífico secreter de madera, decorado con una finísima marquetería.
Una hermosa pieza de estilo Neuwied. Kathleen la recordaba a la perfección, puesto que había estado con su tía cuando la adquirió, hacía dos años.
Más aún, la había asesorado al respecto.
Era una exquisita obra de Roentgen, un conocido artesano alemán especializado en ese tipo de muebles.
Era famoso por incorporar ingeniosos artefactos mecánicos para guardar documentos secretos.
Su tía había estado muy interesada en ese punto.
Heather siempre decía que el conocimiento era poder y, como tal, debía guardarse a buen recaudo.
La señora Veillard continuó con su cháchara, sin descanso.
—El señor MacDunne es quien más utiliza esta habitación. A su tía no se le daba bien llevar los libros contables, así que el señor MacDunne acabó encargándose de eso también —añadió con un encogimiento de hombros.
Mientras hablaba, la mujer se dirigió hacia la vitrina situada detrás del escritorio y la abrió de par en par, descubriendo una colección de llamativas máscaras.
—Colóquese la que más le guste y así podré enseñarle El Jardín y presentarle a las chicas.
—¿El señor MacDunne está aquí? —preguntó Kathleen con curiosidad mientras observaba aquellas hermosas máscaras.
—El señor MacDunne casi siempre ronda por aquí.
Es… era —se corrigió— la mano derecha de Venus.
Él es quien realmente dirige El Jardín y se encarga de controlar a las chicas —explicó la mujer—.
Su tía siempre quería tenerlas a buen recaudo.
Decía que eran sus flores —aclaró la señora Veillard con una triste sonrisa—.
De hecho, le puso a cada una un nombre de flor.
Kathleen se sentó en el mullido sillón de piel que presidía el escritorio y le indicó a la mujer que tomara asiento en uno de los dos sillones situados enfrente.
—Señora Veillard, ¿cómo era en verdad mi tía? —inquirió con franca curiosidad—. Al entrar en este edificio he descubierto que, en realidad, no sabía nada de ella. Era mi único pariente y cuidaba de mí, pero hasta ahora no me había dado cuenta de que era casi una desconocida.
—Bueno, yo solo puedo hablarle de Venus.
No sé cómo era Heather en su papel de señora Lovejoy —declaró con cautela—, pero Venus era una mujer dura, que no movía un dedo si no era en beneficio propio —dijo con sinceridad, aunque con una disculpa en la mirada—.
No es que fuera mauvaise, simplemente era tan egoísta que no pensaba en que ciertas cosas pudieran dañar a los demás si ella sacaba provecho de hacerlas.
La sencillez y franqueza del comentario impresionaron mucho a Kathleen, sobre todo porque, por lo poco que había llegado a conocer a su tía, pensaba que era del todo acertado.
—¿Y cómo es el señor MacDunne?
Para asombro de Kathleen, en la mirada de la mujer brillaron el respeto y el cariño.
—La vida no ha sido fácil para él. Aun así, por mucho que intente disimularlo, es un buen muchacho. Y un diablo encantador cuando se lo propone —añadió con un guiño.
Kathleen meditó un instante sobre sus palabras. Solo había tenido un breve encuentro con él y, por lo que había visto, tenía mucho de diablo y poco de encantador. Era un hombre odioso, insensible y muy grosero.
—¿Desde cuándo trabaja aquí?
—Laissez-moi réfléchir —musitó la señora Veillard, frunciendo el ceño—.
Venus lo trajo aquí hace unos doce años, siendo apenas un muchacho.
Tendría unos doce o trece años, todo hueso y pellejo.
Le habían dado una buena paliza. Recuerdo que al principio no dejaba que nadie lo tocara.
Pauvre garçon —añadió con un chasquido de la lengua.
El corazón de Kathleen no pudo evitar enternecerse por el muchacho que describía la mujer.