Capítulo 8 #3
Kathleen hizo un esfuerzo sobrehumano para no revolverse en su asiento, nerviosa bajo aquellos ojos escrutadores. Mantuvo un rostro impávido que no tenía nada que envidiar al de Andrew.
—Señor Roberts, es una historia fascinante, pero no entiendo adónde quiere llegar.
—El reverendo Briggs me contó que, después del entierro de Anne Sweeney, la hermana menor apareció para hacerse cargo de la hija de esta, solo que ya no se llamaba Heather Sweeney, sino Heather Lovejoy.
«El reverendo Briggs habla demasiado», pensó Kathleen.
—Con todos estos datos, debo suponer que usted, en realidad, es Kathleen Anne Sweeney, hija de Anne Sweeney —concluyó Roberts con una fría sonrisa.
«Respira hondo y mantén la calma», se dijo Kathleen.
—Detective Roberts, aunque eso fuera cierto, no he hecho nada malo. No entiendo qué tiene que ver esto con la muerte de mi tía.
El hombre dejó escapar una carcajada que le erizó la piel.
—Admiro su sangre fría —declaró—. Por un momento me engañó, pero ha resultado que no es la damita inocente que aparenta ser.
No es más que una rata de alcantarilla disfrazada —le dijo con desdén—.
Está bien, dejémonos de juegos. Supongo que, como única heredera, ahora todas las posesiones de Heather Sweeney le pertenecen, incluido El Jardín.
—Supone bien —respondió Kathleen, impávida, pues no tenía sentido mentir.
—No se preocupe; tal como ha dicho antes, no ha hecho nada malo —le aseguró el hombre—.
Al menos, todavía —añadió, esbozando una sonrisa que no le llegó a los ojos—.
Pero que Heather Lovejoy y la propietaria de El Jardín sean la misma persona ha dado un giro completo a la investigación.
Verá, Venus estaba colaborando con Scotland Yard en un asunto un tanto turbio —explicó el detective con voz sedosa—.
Si usted fuera una verdadera dama, no le pediría algo así.
Podría dañar su reputación. Pero, teniendo en cuenta de dónde viene…
—añadió, encogiéndose de hombros, como si diera a entender que no era más que basura.
Kathleen se irguió en el asiento con la espalda bien recta, la barbilla en alto y sin dejar de mirarlo con frialdad, de una forma que la señora Carlston habría alabado.
—Déjese de evasivas y vaya directo al grano.
—¿Ha oído hablar de Julius Brown?
Kathleen negó con la cabeza.
—Es el jefe de una banda de malhechores que está asolando Whitechapel.
Es un sucio asunto de prostitución infantil que ha tocado algunos corazones sensibles de las altas esferas —expuso Roberts con voz monocorde—.
Captan niños de diferentes sitios y luego los venden a prostíbulos u organizan subastas.
Kathleen emitió un pequeño jadeo.
—¿Qué tienen que ver mi tía y El Jardín con eso? —preguntó con un nudo en el estómago, temerosa de que Heather hubiese podido estar implicada en algo así.
—Como le he dicho, su tía se prestó a trabajar para nosotros. Le pedimos que utilizara sus contactos para indagar sobre el tema y obtener información. Por lo que parece, tuvo más éxito del que ella misma imaginó, porque ahora está muerta.
—¿Y qué quiere que haga yo al respecto?
—Venus obtuvo unos documentos incriminatorios, pero murió antes de poder dármelos.
Se trata de una libreta que pertenece al mismísimo Julius Brown.
Es imperativo que la localice y me la entregue —apremió, nervioso—.
No sabemos si habló de esto con alguien, así que mantenga los ojos y los oídos bien abiertos —explicó Roberts—.
Averigüe todo lo que pueda y manténgame informado.
—Pero es que yo no tenía pensado aceptar esa parte de mi herencia. Como usted ha apuntado, mi reputación sufriría gravemente si se me asociara a algo así —aclaró Kathleen—. Pensaba cederle la propiedad al señor Connor MacDunne.
—MacDunne no es una opción —atajó Roberts, tajante—. Ese hombre no es de fiar; sospecho que puede estar implicado en la trata de niños. Debe ser usted.
—¿Y si me niego?
—Tengo un amigo que es periodista —informó el detective, mirándola con dureza—.
Le encanta publicar artículos sensacionalistas y seguro que estaría interesado en escribir sobre su historia.
Cómo una rata del East End acabó estudiando en el internado al que acuden las hijas de los más poderosos pares del reino.
Imagine a cuánta gente puede salpicar esa noticia y lo que supondría para la señora Carlston —murmuró con una fría sonrisa que le provocó escalofríos—.
Su reputación quedaría destrozada y tendría que cerrar la Academia Carlston.
Kathleen lo miró impotente, conteniendo su furia.
La tenía más acorralada de lo que él suponía, porque todavía no había descubierto la magnitud de su relación con los Richmond.
Si se enteraba de que estaba prometida al marqués de Dunmore…
Se estremeció. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera para proteger a quienes consideraba su familia. Incluso regentar un burdel.
—No me deja otra salida, ¿no?
—Si juega bien sus cartas, nadie saldrá perjudicado y su reputación no tendrá por qué verse afectada —aseguró con tono razonable.
Kathleen no pudo evitar un bufido escéptico.