Detrás de la máscara Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

En cuanto a sus aspiraciones laborales, para una educadora la reputación lo era todo. Era impensable que una escuela prestigiosa como la Academia Carlston contratara a una profesora con semejante bagaje a sus espaldas.

Así pues, la decisión era obvia: cedería la propiedad de El Jardín a MacDunne, aunque, bien pensado, esperaría varios días antes de comunicárselo, solo por fastidiarlo por ser tan maleducado.

Cuando llegó a casa de su tía —«su nueva casa», rectificó mentalmente—, le abrió la puerta la imponente figura de Andrew.

—Señorita Swan —saludó con una inclinación de cabeza y rostro estoico—.

Tiene una visita: el detective Matthew Roberts, de Scotland Yard.

Ha insistido en que debía hablar con usted con urgencia y, ante su negativa a venir en otro momento, me he tomado la libertad de pedirle que esperase en el estudio —se excusó, imperturbable—.

No he considerado oportuno tener a un hombre aguardando en la puerta.

Podría provocar habladurías, sobre todo en periodo de luto.

Kathleen sintió cómo los nervios le atenazaban el estómago.

—Gracias, Andrew. —Intentó que su voz sonara tan templada como la del mayordomo, aunque no pudo ocultar el ligero temblor de las manos.

Lo que menos le apetecía era enfrentarse en aquel momento al detective Roberts y a sus absurdas sospechas. Tomó aire y se dirigió con reticencia al estudio, con el mismo ánimo con que un condenado se encamina al cadalso.

Cuando entró, encontró al señor Roberts cómodamente sentado en un sillón, repasando las anotaciones que tenía en su libreta. El hombre levantó la mirada al verla aparecer y se puso en pie con un movimiento ágil.

—Señorita Swan, sé que es descortés e inadecuado presentarme aquí sin avisar, pero han surgido importantes novedades de las que me gustaría hablar con usted —explicó con una mirada sombría.

—No se preocupe, detective Roberts. ¿Deduzco que ha averiguado algo? —preguntó Kathleen, sentándose detrás del elegante escritorio de caoba e indicándole al hombre, con un ademán elegante, que volviera a tomar asiento.

El detective repasó de nuevo sus anotaciones.

—Bueno, verá, he descubierto unos hechos perturbadores en torno a la figura de su tía —empezó a decir, con el entrecejo fruncido—. Para empezar, no he encontrado nada que demuestre la existencia de un señor Lovejoy, por lo que creo que su tía, en realidad, nunca estuvo casada.

Kathleen lo miró con sorpresa, aunque, después de lo que había escuchado esa mañana en el despacho de sir Edmund, esa noticia no era de extrañar. Su tía sencillamente se había creado una coartada de respetabilidad para su vida diaria.

—Por su cara deduzco que no estaba enterada de esto.

—No lo sabía —confirmó Kathleen—. Tal como le dije, mi tía y yo no estábamos muy unidas.

—Sí, eso dijo —musitó el detective, clavándole sus ojos de zorro—.

Lo que no termino de comprender es de dónde sacaba su tía el dinero para mantener el nivel de vida que llevaba.

Una casa en Mayfair, personal de servicio, carruaje propio, obras de arte…

—enumeró, asombrado—. Tengo entendido que el internado en el que ha estudiado es frecuentado por la élite de la sociedad y cuesta una verdadera fortuna.

—¿Adónde quiere llegar?

—Verá, al revisar las pertenencias de la señora Lovejoy tras la autopsia, encontré una medallita de san Judas Tadeo, y en la parte de atrás tenía grabado el nombre de Saint Mary Matfelon, una iglesia situada en Whitechapel —explicó el detective—.

Fui allí guiado por una corazonada y tuve una interesante conversación con el reverendo Briggs.

Un escalofrío recorrió la espalda de Kathleen.

—Me habló de una familia de inmigrantes irlandeses que se estableció en Whitechapel con sus tres hijas hace unos treinta y pico años —prosiguió Roberts—. Los Sweeney.

Kathleen pensó que debía de haber un error. Su madre solo había tenido una hermana, no dos.

—El matrimonio murió en la epidemia de cólera que asoló Londres en mil ochocientos cincuenta y cuatro —continuó relatando el detective—, y las tres niñas quedaron a cargo del orfanato de la iglesia.

La hermana mayor desapareció al cabo de unos pocos años y nunca más se supo de ella.

La hermana mediana, Anne Sweeney, parece que no salió del barrio.

Nunca se casó, pero tuvo una hija. Hacía trabajos de costurera y ejercía la prostitución de forma ocasional, hasta que murió de una afección pulmonar hace diez años.

Oír hablar así de su madre, con ese tono tan uniforme e impersonal, la llenó de ira. Pero mantuvo la compostura, conservando el rostro inexpresivo.

—La hermana pequeña, Heather Sweeney, parece que tuvo suerte en la vida —siguió contando Roberts—.

Sacó partido de su belleza y consiguió un rico protector que la sacó de Whitechapel.

No tengo datos de lo que hizo en los años sucesivos, pero cabe suponer que fue de hombre en hombre hasta que acabó siendo la propietaria de un notorio burdel: El Jardín, que dirigía bajo el apodo de Venus —agregó, y se quedó callado, mirando a Kathleen de forma incisiva.