Capítulo 8
Al día siguiente, Kathleen se presentó a las diez en la dirección que sir Edmund Lawrence le había indicado.
Se trataba de un elegante edificio en Bow Street, cerca del juzgado, donde el caballero tenía su despacho. En cuanto entró, un servicial joven, alto y desgarbado, la recibió esbozando una cordial sonrisa.
—¿Señorita Swan? —inquirió.
Esperó a que ella asintiera para continuar hablando.
—Soy Joseph Smith, secretario de sir Edmund. Por favor, acompáñeme.
Kathleen fue conducida hasta una habitación de aspecto muy masculino, donde los sólidos muebles de nogal se mezclaban con una decoración en tonos verdes y grises. En cuanto la vio, sir Edmund se levantó del sillón que ocupaba detrás del gran escritorio que presidía la estancia.
—Querida niña, pasa, por favor. Te estábamos esperando.
Kathleen lo saludó distraída, pues, en cuanto entró en la habitación, su atención fue absorbida por la imponente figura que permanecía sentada en uno de los sillones situados frente al escritorio.
Era una falta absoluta de educación que un caballero no se levantara cuando una dama entraba en una estancia, pero parecía que nadie hubiese informado a ese hombre al respecto. Permanecía cómodamente repantigado en el sillón, con sus intensos ojos verdes clavados en ella con animosidad.
Sir Edmund carraspeó, tratando de hacer notar al hombre su falta de tacto, pero este no pareció darse por aludido, porque se limitó a alzar una de sus oscuras cejas de forma altiva.
—Permítame que le presente al señor Connor MacDunne —dijo al final sir Edmund, haciendo hincapié en «señor»—. Es… era —se corrigió— un empleado de la señora Lovejoy, quien lo tenía en gran consideración.
—Ahora que la princesa se ha dignado a honrarnos con su presencia, vayamos al grano —gruñó el hombre con hostilidad—. Tengo mejores cosas que hacer que pasar la mañana en este despacho.
—Mire, joven… —empezó a decir sir Edmund, frunciendo el ceño, indignado por semejante comportamiento.
—Por favor, sir Edmund, no se preocupe por mí —intervino Kathleen, sentándose con elegancia en el sillón que quedaba libre—. Cuanto antes acabemos con esto, mejor.
El hombre sentado a su lado había despertado su curiosidad. ¿Empleado de su tía? ¿Qué tipo de empleado sería? Heather nunca había mencionado su nombre.
Lo miró de reojo, con disimulo. Sin duda era atractivo, con unos rasgos muy masculinos y marcados.
Iba vestido con elegancia, pero llevaba el cabello castaño oscuro demasiado largo para lo que dictaba la moda, y sus ojos de color jade tenían un brillo infame, lo que creaba un contraste imposible de pasar por alto.
El hombre debió de notar el peso de la mirada de Kathleen, porque le dedicó una sonrisa ladeada.
—¿Te gusta lo que ves? —inquirió, socarrón.
—No especialmente —contestó Kathleen con altivez, pues realmente no estaba impresionada por su apariencia, y mucho menos por sus modales.
Decidió ignorarlo y miró al frente, concentrada en lo que en verdad importaba.
Sir Edmund tardó unos segundos en revisar los papeles que tenía sobre la mesa y, con un carraspeo forzado, comenzó a hablar.
—Bien, los he reunido aquí para hablar del testamento y última voluntad de la señora Heather Lovejoy —dijo mientras se ajustaba las gafas que se le habían escurrido por el puente de su bulbosa nariz—.
En mi poder tengo el documento que la señora Lovejoy me pidió que redactara para asegurar los términos del reparto de sus posesiones —añadió, señalando el sobre cerrado que sostenía entre sus manos—.
Como pueden comprobar, el sello de lacre está intacto —puntualizó, pasándoles el sobre para que pudieran revisarlo por sí mismos—.
Si no hay ningún inconveniente y, con su permiso, voy a proceder a su lectura —finalizó, rompiendo el sello de lacre que lo protegía.
Sir Edmund comenzó a leer…
«Yo, Heather Sweeney, también conocida como Heather Lovejoy, en pleno dominio de mis facultades físicas y mentales, por el presente testamento, redactado por mi buen amigo y abogado, sir Edmund Lawrence, hago saber mi última voluntad.
»A mi sobrina, Kathleen Anne Sweeney, conocida por el apellido Swan, le dejo mi casa de Londres y todo lo que contiene, incluidas mis joyas, las obras de arte y el carruaje. También le corresponderá todo el dinero que haya en mi cuenta bancaria hasta la lectura de este testamento».
Kathleen contuvo el aliento. Nunca había poseído nada propio y ahora…
«En cuanto a mi querido Jardín —continuó leyendo sir Edmund—, estipulo que pase a manos del señor Connor MacDunne…».
—¡Sí, sí, sí! ¡La buena de Heather! —exclamó con satisfacción el señor MacDunne, golpeando varias veces el brazo del sillón con efusividad.
«… siempre y cuando mi sobrina Kathleen no lo quiera» —concluyó sir Edmund con una voz que rezumaba regocijo.
Un tenso silencio se apoderó de la estancia, como la calma que precede a la tempestad. Y la tempestad tenía forma de hombre.
—¡Hija de puta! —atronó MacDunne con furia.
—Señor MacDunne —reprendió Kathleen con un jadeo ofendido.
—Vamos, vamos, joven. No hay que insultar a los muertos —musitó sir Edmund, indignado, pero sin poder ocultar cuánto le complacía el enojo del hombre.
—Y una mierda que no —replicó en un murmullo hosco—. ¿En serio cree que esta cría podría hacerse cargo de El Jardín?
Sir Edmund pareció darse cuenta de algo, porque miró a Kathleen con seriedad, sopesando algún dilema.
—Bueno, he estudiado algo de botánica. No creo que sea tan difícil cuidar un jardín —adujo Kathleen con voz razonable.
Los dos hombres la miraron con total asombro.
Para desconcierto de la muchacha, MacDunne rompió a reír como si su comentario fuera el chiste más gracioso del mundo, y sir Edmund comenzó a enrojecer y a boquear como un pez fuera del agua.
—Ni siquiera es consciente de lo que ha heredado —refunfuñó MacDunne—. Háganos un favor a ambos y decline a mi favor la propiedad de El Jardín.
—¿Y por qué supone que cuidaría usted mejor de ese dichoso jardín? ¿Acaso es jardinero?
El nuevo ataque de hilaridad del señor MacDunne estuvo a punto de acabar con la paciencia de Kathleen.
—Antes de que continúen hablando —intercedió sir Edmund a su pesar—, debo decirles que la señora Lovejoy dictaminó una serie de normas sobre El Jardín, de obligado cumplimiento, en el caso de que la señorita Swan realmente quiera quedárselo.
En caso de incumplir alguna de esas reglas, El Jardín pasaría a manos del señor MacDunne.
Esas palabras acapararon todo el interés de ambas partes.
—Esto se empieza a poner interesante… —musitó MacDunne, y se repantigó de nuevo en el sillón.
—Primera disposición. La señorita Swan no puede vender El Jardín ni traspasarlo a nadie que no sea Connor MacDunne.
—Realmente interesante…
Kathleen pensó que lo que haría sería quedarse con el dichoso jardín y echar a la calle a aquel indeseable empleado.
—Segunda disposición. La señorita Swan no puede despedir a ninguno de los empleados que trabajan en El Jardín, a no ser que cuente con la aprobación del señor MacDunne.
«Adiós a la posibilidad de echar a la calle a ese tipejo», pensó Kathleen, frustrada.
Sus pensamientos debieron de ser evidentes, puesto que el muy insolente tuvo la desfachatez de guiñarle un ojo. Kathleen tuvo que apretar los puños para contener el impulso de quitarse un zapato y lanzárselo a la cabezota.
—Tercera disposición. Si la señorita Swan decide hacerse cargo de El Jardín, no podrá cancelar las actividades que en él se desarrollan ni modificarlas de ninguna forma, a no ser que cuente con el beneplácito del señor MacDunne.
Acababa de conocerlo y Kathleen ya odiaba aquel nombre.
—Cuarta disposición. En caso de que la señorita Swan decida ceder la propiedad de El Jardín al señor MacDunne, este le ofrecerá a cambio el veinte por ciento de los beneficios que se consigan durante los siguientes diez años.
»Quinta disposición. En caso de muerte de la señorita Swan, el señor MacDunne pasará a ser propietario de El Jardín.
Dos ojos verde jade se clavaron en ella con un brillo especulativo, haciéndola estremecer.
—¿Acaso está fantaseando con matarme? —inquirió Kathleen de forma directa.
La pregunta sorprendió al hombre.
—Me insulta —repuso MacDunne, indignado—. Se me ocurren mejores cosas que hacer con una mujer bonita —añadió con una sonrisa lasciva que le resultó insultante—, aunque en su caso no puedo negar que retorcerle el cuello me parece una tentación muy atrayente.
—Señor MacDunne, o controla sus comentarios o me veré obligado a echarlo de mi despacho —sentenció sir Edmund, enfadado.
Su voz se suavizó al dirigirse a Kathleen.
—Señorita Swan, tiene una semana para decidir si quiere aceptar El Jardín como herencia o si cede su propiedad al señor MacDunne.
—No entiendo por qué debería rechazar la propiedad de un jardín —expresó Kathleen con cautela, sin comprender el porqué de tanta polémica en torno al asunto.
—Bueno, querida. Verás… El Jardín… —balbució sir Edmund con el rostro sonrojado.
—Déjame que te ilumine, princesa —se ofreció solícito Connor MacDunne—. Lo que has heredado no es un jardín… es El Jardín.
Kathleen lo miró impasible, sin comprender.
—Enhorabuena, eres la nueva propietaria de uno de los burdeles más notorios de Londres —concluyó el tipejo.
***
Un burdel. Había heredado un burdel.
Más aún, su tía había regentado un burdel todos aquellos años.
Kathleen trataba de asimilar esos dos hechos mientras el carruaje la llevaba de vuelta a su casa.
Por mucho que le disgustase darle a ese odioso MacDunne la satisfacción de cederle aquella parte de su herencia, era impensable que Kathleen la aceptase. El escándalo podría arruinarle el futuro, tanto si decidía seguir adelante con su compromiso como si optaba por dedicarse a la enseñanza.
Los Richmond eran personas muy respetadas socialmente y pertenecían a la élite de la aristocracia. Sufrirían mucho si el nombre de Kathleen o el de su tía llegaba a relacionarse con un prostíbulo.