Detrás de la máscara Capítulo 7 #3
26%

Capítulo 7 #3

Kathleen se mantuvo erguida e inexpresiva hasta que el detective se fue. Una vez quedó a solas, hundió el rostro entre las manos y comenzó a llorar.

***

Parecía que las compuertas del cielo se hubiesen abierto aquella mañana y la lluvia no paraba de derramarse sobre los allí reunidos.

Las nubes, de un gris tormentoso, cubrían el cielo, anulando cualquier vestigio de luz, apresando cualquier rayo que pudiera filtrarse, como si de una cárcel se tratase.

El cementerio de Highgate estaba casi desierto, a excepción del pequeño grupo que se arremolinaba en torno a un féretro de lujosa caoba que descendía lentamente hacia su descanso eterno, guiado por las cuerdas de los sepultureros.

Pese al paraguas que la protegía, la humedad había calado por el bajo de su vestido de crespón negro, humedeciendo también su enagua, y el frío hacía tiritar su esbelto cuerpo.

Pero Kathleen no era consciente de ello.

Permanecía ajena a todo, envuelta en una burbuja de pesar que no le dejaba sentir nada más que tristeza.

Otra vez estaba en un cementerio.

Otra vez se había quedado sola.

Nuevas lágrimas anegaron sus ojos, pero Kathleen las reprimió con entereza.

De pronto, alguien la rodeó con un abrazo protector, ofreciéndole calor y consuelo, compartiendo en silencio su aflicción. Una proclamación de que no era cierto que estuviera sola.

Samantha.

No solo ella. Su familia también estaba allí, confortándola.

El duque de Bellrose sostenía solícito el paraguas, protegiendo a las dos muchachas de la incesante lluvia. Junto a ellas, la duquesa y la duquesa viuda compartían otro. Incluso Joshua estaba presente.

A pesar de que les había quedado claro que Heather había forzado el compromiso, nunca se lo habían echado en cara a Kathleen. Habían seguido tratándola como siempre: como a un miembro más de su familia.

De hecho, cuando el entierro terminó, mostraron abiertamente su preocupación por ella.

—Kathleen, no puedes quedarte sola en Londres —adujo el duque de forma abrupta—. Y mientras ese prometido tuyo ande perdido por medio mundo y no regrese para hacer público vuestro compromiso…

—Nathan —lo reprendió la duquesa, dándole un discreto codazo—. Lo que mi esposo quería decir es que nos gustaría que vinieras a Bellrose House —explicó con dulzura—. Después de todo, te consideramos de la familia. Puedes contar con nosotros para lo que necesites.

Aquella demostración de apoyo le anegó los ojos de lágrimas y Samantha enseguida la abrazó.

—No estás sola, lo sabes, ¿verdad? Amicae in aeternum —le susurró su amiga al oído—. Venga, será como las temporadas de verano que pasábamos juntas allí. Podemos montar a caballo, pescar, lo que te apetezca —añadió, esbozando una sonrisa animosa.

—Gracias. Yo… —Los ojos de Kathleen se cruzaron con los de la señora Carlston, que se mantenía en un discreto segundo plano, y su oferta laboral resonó en su mente—. De momento me quedaré en casa de mi tía —respondió finalmente, pues todavía no tenía claro lo que quería hacer.

Necesitaba tiempo a solas para pensar en su futuro y, hasta que no tomara una decisión al respecto, no podía aceptar la propuesta de los Richmond. Ahora que Heather había fallecido, la oferta de la señora Carlston era casi irresistible. Y el «casi» lo determinaba su ausente prometido.

El duque hizo ademán de insistir, pero su esposa lo detuvo con otro sutil codazo.

—Piensa todo lo que necesites —susurró la duquesa—. Solo queremos que sepas que, decidas lo que decidas, siempre contarás con nuestro apoyo y nuestro cariño.

Los Richmond se despidieron de ella y dejaron que el resto de los presentes le dieran sus condolencias.

La siguiente que se acercó a ella fue la señora Carlston.

—Kathleen, siento mucho tu pérdida —murmuró, tomándole las manos y apretándoselas con cariño—. Recuerda que en la Academia Carlston siempre tendrás un hogar.

—Se lo agradezco mucho, Charlotte —musitó la muchacha con sinceridad.

—Verás, hay algo que… —Se quedó callada de repente, como si no supiera cómo continuar o se hubiese dado cuenta de que aquel no era el momento adecuado para hablar—. Ven a verme pronto; decidas lo que decidas, siempre me tendrás a tu lado.

Aquellas palabras la conmovieron. Su primer instinto fue abrazar a la mujer para agradecerle la muestra de apoyo, pero se contuvo. Con los años se había dado cuenta de que la señora Carlston se sentía incómoda con las demostraciones físicas de afecto.

Un hombre elegante y de avanzada edad fue el último en acercarse.

Kathleen lo había visto en un par de ocasiones. Era sir Edmund Lawrence, abogado y gran amigo de su tía. Uno de los pocos visitantes que Heather recibía en casa. En su rostro arrugado se leía un hondo pesar.

—Querida niña, siento mucho tu pérdida —murmuró, compungido—.

Sé que no es el momento más adecuado para abordarte, pero hay un asunto que debemos tratar con la mayor urgencia.

—Bajó la voz hasta convertirla en un susurro—.

Tiene que ver con tu herencia. Ven a verme mañana a las diez sin falta —agregó tendiéndole una tarjeta con sus datos.