Detrás de la máscara Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Señorita Swan —saludó el detective, inclinando la cabeza—. Por favor, tome asiento —indicó con amabilidad y esperó a que lo hiciera para continuar—. Tengo entendido que es sobrina de la señora Heather Lovejoy.

Aquello la descolocó por un momento. Miró a la señora Carlston en busca de alguna pista sobre el motivo de aquella visita, pero la mujer mantenía la mirada gacha.

—Sí, es mi tía —respondió finalmente con cautela.

—¿Usted es su único familiar? —inquirió mientras sacaba una libreta y un lápiz.

—Eso creo. Nunca ha mencionado que tuviera algún familiar más por parte de su difunto esposo. —Kathleen observó con el ceño fruncido cómo el detective tomaba nota de aquel dato—. ¿Mi tía se ha metido en algún problema?

—Heather ha fallecido —soltó la señora Carlston con voz temblorosa.

Kathleen no estaba preparada para semejante noticia. Fue como un golpe en el estómago que le cortó la respiración, pero la conmoción le impidió exteriorizar su pena.

—¿Cómo? ¿Qué ha pasado? —consiguió preguntar con una entereza que la sorprendió.

Su tía era joven, apenas pasaba de los cuarenta años y tenía una salud de hierro.

—Señora Carlston, si me lo permite, me gustaría continuar con esta conversación en privado —intervino el detective Roberts antes de que Charlotte pudiese responder.

La directora miró a Kathleen, reacia a dejarla a solas en aquel momento, pero la muchacha le transmitió con un gesto que podía afrontar aquella situación. Charlotte se levantó y se detuvo un segundo a su lado.

—Lo siento, querida —musitó, apoyando una mano en su hombro por un instante en señal de apoyo—. Si me necesitas, aguardaré fuera —agregó.

Clavó una mirada de advertencia en el detective y abandonó la habitación.

En cuanto estuvieron a solas, el detective Roberts la estudió con ojo clínico, sin duda tratando de determinar si Kathleen estaba lo bastante compuesta para seguir con la conversación.

—Detective, mi infancia no ha estado exenta de tragedias. Perdí a mi ma… a mis padres de pequeña —se corrigió sin abandonar la coartada que había mantenido todos aquellos años—. No soy de naturaleza frágil ni nerviosa. Le aseguro que no me voy a desmoronar, sea cual sea la noticia que me dé.

El hombre la miró con un atisbo de asombro y un nuevo respeto.

—La señora Lovejoy fue asaltada ayer por la noche en su domicilio y murió como consecuencia de la agresión —reveló en tono monocorde.

—¿Cómo? —preguntó Kathleen sin perder la compostura, aunque por dentro se sentía descompuesta.

—Fue hallada en el estudio de su casa. Todo parece indicar que la causa del fallecimiento fue un golpe en la cabeza con el atizador de la chimenea. —Se detuvo unos instantes para que pudiera asimilarlo—. Sé que esto es difícil para usted, pero ¿sabe si su tía tenía algún enemigo?

¿Enemigos? Kathleen no tenía ni idea. En realidad, sabía muy poco de ella, mucho menos de su día a día.

Lo único que Heather había compartido con ella era que había estado casada con un rico banquero, el señor Lovejoy, y que, tras su fallecimiento, le había dejado todo su dinero, suficiente como para llevar una vida holgada.

La mujer nunca había ocultado que le gustaba el dinero.

Era una persona materialista y no se avergonzaba de serlo.

Por lo que siempre le había contado, llevaba una existencia plácida y ociosa.

En las pocas ocasiones en que Kathleen había ido a su casa, habían mantenido una rutina tranquila.

Heather se pasaba la mañana durmiendo en su habitación y, por las tardes, iban de compras o a ver algún espectáculo.

Siempre las dos solas. Después, la mujer regresaba a su habitación, puesto que le gustaba acostarse pronto.

Lo único extraño en la vida de Heather era la cantidad de horas que pasaba durmiendo.

—No, que yo sepa —respondió finalmente Kathleen, aunque la pregunta del detective encendió una luz tenebrosa en su mente—. Espere un momento, ¿cree que ha sido un asesinato premeditado?

—Todavía es pronto para sacar conclusiones al respecto.

Tal vez alguien entró a robar y su tía lo sorprendió —explicó el detective Roberts, aunque algo en su mirada le dijo que no estaba convencido de esa teoría—.

La casa estaba revuelta y faltan algunas joyas, pero la señora Lovejoy tenía muchas cosas de valor que no han sido tocadas —añadió con el ceño fruncido, confirmando que esa posibilidad no le acababa de cuadrar—.

¿Sabe si su tía mantenía alguna relación amorosa?

Esa posibilidad volvió a sorprender a Kathleen.

—¿Cree que ha podido ser un crimen pasional?

—Como ya le he dicho, por ahora no descarto ninguna teoría. Solo estoy indagando en el entorno de la señora Lovejoy.

—Pues entonces está perdiendo el tiempo conmigo —declaró Kathleen—. Apenas veía a mi tía, y las pocas veces que fui a visitarla nuestras conversaciones fueron intrascendentes. Nunca compartió intimidades conmigo. ¿Ha hablado con Andrew y Mary, sus empleados?

—Por lo que parece, la señora Lovejoy les dio la noche libre.

Estaba sola en casa cuando ocurrió. De hecho, fueron ellos quienes la encontraron poco después del amanecer, cuando regresaron.

Les he preguntado sobre las amistades de su patrona, pero, por lo visto, la vida social de su tía era nula —informó, muy frustrado—.

Extraño en una mujer hermosa y con dinero —musitó, reflexivo—.

Ni amigos, ni enemigos, ni amantes, ni familia…

a excepción de usted. Eso supongo que la convertirá en su única heredera —añadió, y le volvió a dedicar una mirada especulativa.

Kathleen se envaró, tensa de golpe.

—¿Está insinuando que soy sospechosa?

—Lo era —admitió el hombre sin mostrar vergüenza alguna ante tamaña acusación—, pero la señora Carlston ha testificado que pasó toda la noche aquí. Así que, por el momento, está libre de sospecha.

—¿Por el momento? —preguntó Kathleen, confundida.

—Siempre existe la posibilidad de que contratara a alguien para que le hiciera el trabajo sucio —declaró.

—Yo nunca haría algo así.

—Eso dice usted, aunque, según mi experiencia, las personas pueden llegar a cometer actos de lo más inverosímiles por obtener aquello que desean o por proteger lo que tienen.

Kathleen no se lo discutió, pues sabía que tenía razón.

—¿Alguna pregunta más? —inquirió con ganas de poner fin a aquella conversación.

—De momento no, aunque no descarto que tenga que volver a hablar con usted.