Detrás de la máscara Capítulo 7
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Capítulo 7

Dos años después…

Kathleen abrió el baúl donde debía guardar las pertenencias que había acumulado en los últimos diez años. Miró a su alrededor, intentando decidir por dónde empezar a hacer el equipaje. Sin duda, por los libros, pues era lo que más valoraba.

Aquella amplia estancia era sencilla, pero elegante, y se había convertido en el centro de su mundo en los últimos años.

Estaba amueblada con lo justo: una mullida cama de suaves sábanas blancas, una mesita de noche en la que reposaba la novela que leía justo antes de dormir, un armario en el que guardaba los pocos vestidos que poseía y un escritorio en el que había estudiado casi a diario.

Al otro lado de la habitación, el mobiliario se repetía de forma simétrica.

En aquel momento, ese espacio estaba dolorosamente desierto, pues Samantha había abandonado la escuela aquella misma mañana.

Acostumbrada a ver el revoltijo sin el que su mejor amiga parecía incapaz de vivir, encontrarlo todo tan vacío le provocó un nudo en el estómago.

Todavía no podía creer que sus años en la Academia Carlston hubieran terminado.

Sintió que las lágrimas asomaban a sus ojos y se reprendió mentalmente por ello.

Aquella era su última noche en el internado y, al día siguiente, partiría hacia Londres.

Era el momento de dejar atrás aquella etapa y pensar en el futuro.

Y su futuro era una fuente constante de preocupación.

Durante los dos últimos años, la señora Carlston le había dado la oportunidad de ayudar en las clases de las niñas pequeñas. Había sido una experiencia reveladora. Le gustaban los niños y le encantaba la enseñanza. No podía imaginar una profesión mejor que la de maestra.

El problema era que estaba convencida de que su prometido, el todopoderoso y ausente marqués de Dunmore, nunca le permitiría ejercer una profesión.

Kathleen maldijo mil veces a su tía por trastocar su mundo por completo dos años atrás, y a su prometido por marcharse después de besarla y lanzarle una sutil amenaza: «A mi regreso, seguiremos jugando esta partida».

¿Qué demonios había querido decir con eso? Y, sobre todo, ¿por qué la había besado de aquella manera, como si quisiera grabarse a fuego en su mente y en su cuerpo? Lo peor era que lo había conseguido.

Unos toques en la puerta la hicieron volver a la realidad.

—Perdona, Kathleen. ¿Interrumpo?

Kathleen sonrió al ver asomarse a la que había sido su mentora durante aquellos maravillosos años.

—Señora Carlston, adelante. Usted siempre es bienvenida.

Charlotte Carlston entró con su habitual postura envarada, caminando con la espalda bien recta y el mentón ligeramente alzado.

Era una pose que todas las niñas de la escuela habían intentado emular, pues así era como caminaban las verdaderas damas.

Kathleen y su amiga habían ensayado innumerables veces en la intimidad de su habitación, poniéndose libros en la cabeza y caminando de pared a pared, intentando mantener el equilibrio.

Con la práctica, se habían convertido en expertas.

El tiempo había tratado bien a la señora Carlston.

Pese a tener cincuenta y pocos años, en su cabello oscuro apenas se veían hebras plateadas.

Con la edad había ganado un poco de peso, suavizando así sus angulosas facciones, y sus vivaces ojos azules continuaban brillando con la misma intensidad de siempre.

Durante el tiempo que había estado allí, Kathleen había llegado a apreciarla de verdad. La iba a echar mucho de menos.

Una sombra de tristeza pasó por el rostro de la mujer al ver que Kathleen recogía sus pertenencias.

—¿Sabes?, cada año es muy duro ver partir a las muchachas que terminan sus estudios aquí. Siento que parte de mi corazón se va con ellas —confesó con pesar—. Pero, en tu caso, ese sentimiento es mucho más profundo. He llegado a quererte como a una hija.

Kathleen sintió que las lágrimas volvían a sus ojos, conmovida por aquellas palabras.

—Yo… —La voz se le quebró—. Para mí también es duro irme de aquí. Es lo más parecido a una madre que he tenido en los últimos años.

Una emoción que no pudo descifrar cruzó el rostro de la mujer.

—Kathleen, voy a proponerte algo que quiero que consideres con detenimiento —anunció, mirándola seria—.

Durante todos estos años he sido testigo de tu desarrollo, y quiero pensar que, en cierta medida, he contribuido a él.

Aunque el mérito ha sido tuyo: has sido la alumna más aplicada y voluntariosa que ha pasado jamás por aquí.

Por eso, para mí sería un placer que contemplaras la posibilidad de permanecer en la Academia Carlston en calidad de educadora.

Yo me voy haciendo vieja, y una persona joven y enérgica como tú sería un soplo de aire fresco entre estos viejos muros.

Kathleen contuvo el aliento. La propuesta le resultaba tan tentadora que tuvo que morderse el labio para no decir que sí al instante.

Tan solo había dos impedimentos.

—Señora Carlston…

—Por favor, puedes llamarme Charlotte.

—Charlotte —convino—, debo meditar su propuesta. Existen ciertos impedimentos que debería solucionar antes de ser libre para tomar una decisión.

—Pero eres una muchacha libre. No entiendo qué podría impedirte hacer lo que quisieras con tu futuro —expuso la mujer, consternada.

Ese era el problema: que no era libre del todo.

Uno de los impedimentos era su futuro esposo.

Su compromiso solo era conocido por un reducido círculo de familiares y allegados; los duques de Bellrose se habían asegurado de ello y Heather se había visto obligada a transigir con la promesa de anunciarlo con gran pompa al regreso de Nicholas.

Por eso, Kathleen solo habló del segundo impedimento que la agobiaba.

—Mi tía —apuntó con resignación.

Heather esperaba mucho de ella y no se conformaría con que su sobrina fuera una simple maestra. Sus aspiraciones eran mucho más altas, como había dejado bien claro hacía dos años.

La señora Carlston arrugó el ceño, como siempre ocurría cuando nombraba a su tía. Era incapaz de disimular cuánto la detestaba, aunque nunca le había explicado la naturaleza de su relación.

—A estas alturas debes saber que esa mujer no es santa de mi devoción.

Considero que es una persona egoísta y manipuladora —confirmó Charlotte—.

No obstante, no te he educado para que te dejes manejar por su mente retorcida.

Eres una muchacha práctica y muy lista. Seguro que encuentras la forma de mover los hilos en su contra.

—Pero le debo lo que soy. Si ella no se hubiera hecho cargo de mí…

La señora Carlston bufó.

—Agradécele el paseo en carruaje, porque es lo único que ha hecho por ti. El resto ha sido obra tuya. Eres lo que eres por ti misma, por tu esfuerzo y determinación. Nunca lo olvides.

—Pero todo el dinero que se ha gastado en mi educación…

—Pregúntale de dónde sale su maldito dinero —replicó la mujer, alterada—. Pregúntale… —Charlotte cerró la boca de golpe, percatándose de que había estado a punto de hablar más de la cuenta.

Se frotó las manos con un gesto nervioso al que recurría con frecuencia cuando intentaba no perder los estribos.

—Lo siento, me he extralimitado —prosiguió, más calmada—. Por favor, acepta mis disculpas.

—No tiene que disculparse, Charlotte. Entiendo que lo ha dicho por mi bien.

—Yo… voy a dejarte a solas para que puedas seguir haciendo el equipaje.

Justo antes de salir por la puerta, dudó.

—Decidas lo que decidas, medítalo bien —dijo con un murmullo ronco—, porque hay errores que te persiguen el resto de tu vida.

Mientras hacía el equipaje, Kathleen siguió su consejo y meditó.

Sobre Nicholas no tenía sentido pararse a pensar, puesto que, en su caso, la razón no era aplicable. Hasta que no lo tuviera delante no podía ni imaginar lo que ocurriría, porque, cuando él estaba cerca, la mente de Kathleen dejaba de funcionar con normalidad.

Así que se concentró en su tía.

Había visto el lado oscuro de aquella mujer en más de una ocasión y temía descubrir algo mucho peor de ella, pues, de forma inexplicable, Kathleen le había llegado a coger cariño.

Después de todo, era su única familia en el mundo.

Aunque también era cierto que apenas la conocía.

Heather no era muy dada a las conversaciones íntimas, así que entre ellas había muchos temas que debían aclarar y que se habían ido postergando demasiado.

Una vez terminó de hacer el equipaje, Kathleen se fue a dormir, aunque casi no pudo pegar ojo pensando en la estrategia que debía seguir para convencer a su tía de que le permitiera trabajar en la Academia Carlston.

***

A la mañana siguiente, mientras esperaba a que el carruaje de su tía llegase para recogerla, Kathleen se despidió de los miembros del personal y de las compañeras que todavía quedaban por allí.

Cuando una doncella se le acercó, esperaba que fuera para anunciarle que el vehículo ya había llegado. En cambio, lo que le dijo fue que la señora Carlston quería verla en su despacho.

En cuanto cruzó la puerta de la estancia, Kathleen supo que algo malo había ocurrido, pues la tensión envolvía el ambiente con pesadez. Dirigió su atención hacia Charlotte y el mal presentimiento se acentuó al contemplar sus facciones rígidas y serias.

Un hombre moreno y atractivo, de unos cuarenta y cinco años, estaba sentado en uno de los sillones que había frente al escritorio.

Al verla entrar, se puso de pie con agilidad.

Su altura y su fuerte complexión empequeñecieron al instante la habitación.

Unos inquisitivos ojos castaños, alertas como los de un zorro, la estudiaron en silencio mientras se atusaba el bigote con un gesto que parecía inconsciente.

—Kathleen, querida, permíteme que te presente al señor Matthew Roberts. El señor Roberts es detective de Scotland Yard y ha venido a verte —aclaró la señora Carlston, visiblemente inquieta.