Capítulo 6
Kathleen apenas había dormido en toda la noche y tampoco había podido probar bocado en el desayuno, así que había optado por leer en el saloncito.
Sin embargo, tampoco era capaz de concentrarse.
No dejaba de pensar en la forma en que Nicholas la había besado, en la vergüenza de que los hubieran sorprendido y en la frialdad con la que él había anunciado que estaban prometidos.
Con todo, lo que más la atormentaba era la conversación que había mantenido con su tía en el carruaje durante el trayecto de regreso.
Heather había mantenido la frialdad y el decoro delante de los Richmond, lamentándose de la pasión juvenil y alabando la caballerosidad del marqués. No obstante, en cuanto se habían quedado a solas, su máscara había caído.
—¡Mi querida niña, ha sido una jugada maestra! —exclamó tan pletórica que incluso le dio un rápido abrazo, algo que nunca hacía.
—¿Eres consciente de lo que has hecho? —le recriminó Kathleen con enfado.
—¿Asegurarnos el mejor de los futuros?
—Nos has tendido una trampa a Nicholas y a mí.
—La trampa era para lord Joshua Richmond —repuso Heather sin ningún remordimiento—.
Nunca imaginé que pudieras aspirar tan alto, y mírate: ¡has pescado a un marqués!
—exclamó, complacida—. ¿Por qué frunces el ceño de esa forma?
Por cómo besabas a Dunmore, está claro que es de tu agrado —añadió con malicia.
El rubor calentó las mejillas de Kathleen.
—Nicholas no se merece esto.
«Ni yo tampoco», añadió para sí.
—Pero yo sí —replicó Heather con una expresión fría y calculadora que la hizo estremecer—. Abrirme las puertas a la alta sociedad era algo que solo tú podías darme. Me lo debes por haberte sacado del arroyo y haber cuidado de ti durante todos estos años. ¿O acaso prefieres volver a Whitechapel?
Un golpe en la puerta la sacó de sus recuerdos.
—Señorita Swan, tiene una visita —anunció Andrew.
A Kathleen siempre le había intimidado un poco su flemática presencia.
Tenía un físico corriente: estatura media, cabello canoso, ojos castaños y facciones anodinas; pero su carácter, en extremo profesional e imperturbable, resultaba impactante.
Era como ver una figura de cera en movimiento.
Sin embargo, era un buen hombre y un empleado leal.
—Adivino: lady Samantha Richmond.
Su amiga seguro que había corrido a buscarla nada más despertar para que le diese detalles de lo sucedido. Kathleen le debía una disculpa. Y una explicación. El problema era que ni ella misma terminaba de entender cómo había sucedido todo.
—Se trata de un caballero —aclaró el mayordomo.
—¿Qué caballero?
—El marqués de Dunmore.
El estómago de Kathleen se revolvió por los nervios. ¿Qué hacía Nicholas allí? ¿Acaso había ido para poner fin al compromiso?
—Hágalo pasar, por favor.
El mayordomo asintió y desapareció.
Los segundos que siguieron parecieron interminables. Kathleen se pasó las palmas húmedas por la falda y trató de ordenar sus pensamientos. Tenía que decirle la verdad, pero no sabía cómo, y también temía la reacción de su tía si se sinceraba con Nicholas y él acababa retractándose del compromiso.
La amenaza velada de devolverla a Whitechapel la había aterrado.
Entonces Nicholas entró en el salón y la mente de Kathleen se quedó en blanco. Estaba impecable, como siempre. Vestía de oscuro, con la corbata perfectamente anudada y el rostro tan contenido y hermético que ella sintió una punzada de miedo.
No quedaba rastro en él del hombre apasionado que la había besado en el invernadero.
—Kathleen —saludó con una inclinación breve.
—Nicholas. Siéntate, por favor —pidió ella, aunque él no lo hizo.
—¿Y la señora Lovejoy?
—Mi tía rara vez se despierta antes de mediodía —respondió—. Aunque, si tienes reticencias a que nos quedemos a solas…
—Creo que, a estas alturas, ya no tiene sentido preocuparnos por el decoro —la cortó Nicholas con frialdad—. Supongo que sabes por qué he venido.
—¿A darme los buenos días? —dijo Kathleen con una sonrisa forzada.
—No estoy de humor para bromas.
—¿A qué has venido, entonces?
Nicholas avanzó unos pasos por el salón, sin dejar de observarla. Kathleen tuvo la desagradable sensación de que la estaba examinando, buscando en su rostro alguna señal de culpa.
—Esta mañana he tenido una interesante conversación con Joshua —reveló al fin.
Kathleen cerró los ojos por un instante.
—Entiendo.
—Me ha contado que tu tía intentó tenderle una trampa, pero que tú lo advertiste y pudo escapar.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no me advertiste a mí?
«Porque en tu presencia me resulta imposible pensar con normalidad», pensó Kathleen, aunque eso no podía admitirlo.
—¿Tal vez porque pensaste que yo era mejor partido que mi hermano? —prosiguió Nicholas antes de que ella pudiera darle una respuesta sincera que no revelase sus sentimientos hacia él.
—¿Qué insinúas? —farfulló Kathleen, poniéndose en pie para enfrentarlo mejor.
—¿Sabes? He recordado las partidas de ajedrez que jugábamos cuando pasabas los veranos en Bellrose House —comentó Nicholas en un tono tan suave que le provocó un escalofrío—.
Conoces bien las reglas —agregó mientras se acercaba a ella—.
Sabes que, haciendo los movimientos adecuados, un pequeño e insignificante peón es capaz de convertirse en reina o, en este caso, en marquesa —concluyó con un mohín de desprecio.
Antes de ser consciente de lo que hacía, la mano de Kathleen se alzó y lo abofeteó con fuerza. Pero ni de lejos era suficiente para compensar la ofensa, así que intentó volver a hacerlo. Esa vez, él la detuvo sujetándola de las muñecas.
—Sabías lo que tu tía tenía planeado y, aun así, no me advertiste. Todo lo contrario: rogaste que te besara.
—¿Rogarte? Más quisieras —resopló.
Trató de desasirse de su agarre, pues Nicholas la sujetaba con la fuerza justa para retenerla sin lastimarla.
—Por si no lo recuerdas, me dijiste que llevabas años soñando con que te besara —expuso él con crueldad.
—Y, por si no lo recuerdas tú, lo hiciste no una vez, sino tres —replicó ella en el mismo tono.
La mandíbula del hombre se apretó con fuerza, señal de que estaba perdiendo la compostura. Si empezaban a gritarse, lo único que conseguirían sería despertar a Heather, y entonces todo se complicaría más. Así pues, Kathleen tomó aire y trató de razonar con él.
—Está bien, Nicholas, lo admito: desde pequeña he estado enamorada de ti —reveló.
Su sinceridad lo sorprendió tanto que la soltó de golpe, como si su mero contacto lo quemase.
—Cuando te vi en el invernadero, simplemente me olvidé de todo, incluso del plan que sospechaba que urdía mi tía.
Y sí, lo reconozco, he soñado innumerables veces con besarte.
Pero que te quede bien claro: no te pedí que repitieras ni te obligué a hacerlo.
Me. Besaste. Porque. Lo. Deseabas —prosiguió, clavándole el dedo en el pecho con cada palabra—.
Así que deja de comportarte como un niño y asume tu parte de culpa.
***
Nicholas observó anonadado a la joven que tenía frente a sí. No solo porque se hubiese atrevido a sermonearlo cuando apenas le llegaba a la barbilla, sino porque había admitido abiertamente que estaba enamorada de él.
Su enfado se atenuó, aunque no desapareció del todo; le quedaban la rabia y la humillación por haber sido emboscado por su tía. Además, todavía no estaba completamente seguro de que ella fuese inocente. Pese a eso, había algo en lo que no se equivocaba.
—Tienes razón: te besé porque lo deseaba. Lo deseo —añadió Nicholas, mirando sus labios—. ¿Y sabes la ventaja de estar prometidos? Que ahora tengo el privilegio de poder hacerlo.
Dicho eso, la atrajo hacia sí y la besó. Porque sí, porque la deseaba y porque quería cerciorarse de dos cosas: que había sido tan bueno como lo recordaba y no fruto de su mente achispada, y que ella también había participado con entusiasmo en aquel beso.
Empezó despacio, pidiendo permiso. Rozó primero su labio inferior, luego el superior, saboreando la manera en que ella contenía el aliento antes de devolverle el gesto.
No había prisa en él, aunque el corazón le latía alborotado.
Y, cuando ella entreabrió los labios, Nicholas dejó de fingir cautela.
La besó con calma, saboreándola con minuciosidad, y no fue tan bueno como la noche anterior: fue todavía mejor.
Su sabor. Su olor. El pequeño jadeo que dejó escapar y que él absorbió con codicia.
La docilidad con la que se entregó a él tras el arrojo con que le había plantado cara apenas un minuto antes.
Deslizó una mano hasta su nuca mientras con la otra la asía de la cintura, apretándola contra sí para profundizar el beso, y ella lo sorprendió alzándose sobre las puntas de los pies para rodearle el cuello con los brazos.
No fingía. Ella también lo deseaba. Puede que incluso creyera estar enamorada de él, tal como le había dicho.
Era demasiado joven e inexperta para discernir entre un enamoramiento juvenil y el amor verdadero.
Y fue eso lo que lo obligó a detenerse antes de olvidar que también lo era para todo lo que él deseaba hacerle.
Nicholas puso fin al beso cuando todavía conservaba el control de la situación y luego le susurró al oído:
—Disfruta de los próximos dos años de reinado, pequeño peón. A mi regreso, seguiremos jugando esta partida.
Después se separó de ella y se fue sin mirar atrás.