Detrás de la máscara Epílogo
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Epílogo

Lo prometido era deuda…

Samantha Evangeline Amber Richmond se adentró por la puerta de El Jardín Secreto con una mezcla de nerviosismo y expectación.

Pese a la máscara que llevaba puesta y que le cubría el rostro por completo, la posibilidad de ser descubierta era muy real.

Sería el gran escándalo de la temporada: la hija del duque de Bellrose pillada in fraganti en un burdel.

Su amiga Kathleen había puesto mil impedimentos y había expuesto un millón de razones lógicas por las que no debería estar allí.

Pero no había nada en el mundo que pudiera impedir que Samantha hiciera algo cuando estaba decidida a hacerlo.

Después de todo, Kathleen se lo debía, o al menos eso era lo que Sam había insistido una y otra vez.

La verdad era que no había ninguna deuda real que saldar.

Samantha había estado más que encantada de ayudar a Kathleen en su proyecto, pero, como a ella le beneficiaba que su amiga creyera que le debía algo, Sam no la había sacado de su error.

—No se aleje de mí, petite. Esta noche hay mucha gente. Es mejor que permanezca escondida y lo vea todo desde un sitio seguro.

Samantha siguió a la señora Veillard, su cómplice aquella noche, por el gran vestíbulo de entrada.

Kathleen la habría acompañado en persona, pero su reciente embarazo había convertido a su amante esposo en un ogro sobreprotector, más aún si eso era posible, y no la perdía de vista ni un solo instante.

Era curioso cómo el amor podía cambiar a las personas.

En el caso de su hermano, la transformación había sido asombrosa.

El frío y arrogante marqués de Dunmore se había vuelto más cercano y mucho más extrovertido.

Pero lo que a ella más le gustaba era que ahora él sonreía habitualmente.

Sonrisas sinceras de verdadera felicidad, y esas sonrisas eran directamente proporcionales a la cercanía de su joven esposa.

Era sencillo: cuando Kathleen estaba cerca, Nicholas era feliz.

Y la forma en que se miraban…

La belleza de Samantha había despertado muchísimas miradas de admiración; miradas de deseo, de fascinación y de aturdimiento; miradas de adoración y miradas de anhelo. Millones de miradas que carecían de valor o significado para ella, puesto que solo veían su exterior.

Ella quería ser el objeto de «la mirada».

Una mirada especial que decía «no puedo respirar sin ti».

Era la mirada con la que su padre miraba a su madre, con la que sus tíos miraban a sus mujeres y con la que Nicholas miraba a Kathleen.

Una mirada que iba más allá del exterior y que podía ver el alma.

Nadie la había mirado nunca así. Y, a decir verdad, tampoco había conocido a nadie que quisiera que la mirara de ese modo.

Y estaba empezando a impacientarse. Tenía dieciocho años, la temporada social estaba en pleno apogeo y no había conocido a ningún hombre que despertase en ella el mínimo interés. Era frustrante.

Subieron por la gran escalinata de mármol que presidía el vestíbulo hasta el primer piso, donde un largo corredor con balaustrada daba acceso visual a toda la planta de abajo.

—Antes este piso estaba muy concurrido, pero, desde que Diana se hizo cargo de El Jardín Secreto, fue visitándose cada vez menos, y ahora que el señor MacDunne lo dirige, para sorpresa de todos, ha decidido cerrarlo al público y destinarlo solo a las habitaciones de las chicas.

—¿Entonces ya no es un burdel? —preguntó Samantha, un poco desilusionada.

—Non, ahora solo es un club para caballeros, donde juegan y se divierten con mujeres hermosas sin las restrictivas normas sociales de por medio.

—Suena bien… —musitó Samantha, mientras sus ojos recorrían el gran salón donde hombres y mujeres bailaban, reían y charlaban sin limitaciones.

—Si permanece aquí, entre las sombras, nadie la verá, d’accord? —instruyó la señora Veillard—. Yo tengo que ir un momento abajo. Hoy viene una chica nueva que necesita mi orientación.

—No se preocupe por mí, señora Veillard. Pasaré totalmente desapercibida —aseguró Samantha con despreocupación.

La muchacha miró con asombro la animación que bullía abajo.

Era impresionante cómo la ausencia de normas sociales podía transformar una velada.

La gente parecía divertirse de verdad, no con las sonrisas frías y cordiales, muchas de ellas falsas, que abundaban en los eventos de la alta sociedad.

Aquel lugar era diferente. Se oían carcajadas profundas que en un baile convencional estarían mal vistas, y conversaciones sobre temas profundos y controvertidos que no era de buena educación sacar a relucir en una velada «educada».

Hombres y mujeres interactuaban con libertad, bailando, hablando y riendo, y Samantha deseó por un momento estar en medio de toda aquella algarabía.

Una figura masculina llamó su atención. Más alto que la media y vestido con un traje oscuro, se movía con la gracia y elegancia de un felino, aunque a Samantha se le antojó más bien un depredador en medio de un rebaño de ovejas.

Saludaba y hablaba con los demás, pero emanaba una tensión que lo hacía parecer alerta a todo lo que ocurría a su alrededor.

Tanto era así que, por un momento, el hombre pareció consciente de que alguien lo observaba y miró a su alrededor con el ceño fruncido. Samantha se apresuró a diluirse entre las sombras del corredor, en un intento de que no la viera, pegándose a la pared.

Pero él la vio, y sus intensos ojos verdes parecieron traspasarle el alma.