Capítulo 5 #2
Nicholas la miró de hito en hito. Ninguna mujer se había quejado jamás de su forma de besar, y aquella chiquilla se atrevía a mostrarse decepcionada. Puede que no hubiera sido un beso pasional, pero sin duda había resultado inesperadamente intenso y excitante. Al menos para él.
¿Acaso ella no había sentido nada?
Dispuesto a salvar su orgullo, volvió a besarla. Solo que esa vez no hubo nada dulce, breve ni comedido.
Nicholas le tomó el rostro entre las manos y cubrió su boca con la suya con una determinación que arrancó a Kathleen un pequeño jadeo de sorpresa. No obstante, no se apartó ni lo detuvo. Todo lo contrario. Se aferró a las solapas de su frac como si quisiera acercarlo más.
En aquella ocasión quiso probarla. Necesitaba probarla.
Así que deslizó la lengua en su boca y la saboreó.
Era mejor de lo que había esperado. Dulce y ardiente al mismo tiempo.
Magnífica. La besó despacio al principio, con una concentración que no había dedicado a nada en mucho tiempo, aprendiendo la forma de sus labios, la manera en que respondía.
Ella no tenía experiencia, eso era evidente, pero se entregó a él sin reservas, y aquella confianza fue lo que lo obligó a detenerse.
Kathleen dejó escapar un gemido de protesta cuando Nicholas reunió la voluntad necesaria para poner fin al beso por miedo a terminar perdiendo el control.
—No es prudente que sigas aquí —insistió, y su propia voz le sonó extraña, más ronca de lo habitual.
—Oh, vamos —exclamó ella con un suave bufido—. Estando en tu compañía no corro ningún peligro.
Nicholas dejó que su mirada se detuviera un momento en sus labios, ligeramente hinchados por el beso compartido.
—Tal vez el peligro es que estés a mi lado —musitó.
—Mira cómo tiemblo de miedo —replicó Kathleen en tono de broma, aunque él percibió el leve movimiento de su garganta al tragar saliva.
—Tiemblas, pero no de miedo —repuso Nicholas mientras volvía a tomar su rostro entre las manos para apoderarse de su boca.
Por unos instantes, el beso cobró vida propia. Nicholas la estrechó entre sus brazos hasta perder cualquier contacto con la realidad. Y aquel fue su error: olvidar quién era ella y quién era él. Dónde estaban. Qué sucedería si alguien los veía.
De pronto llegó hasta ellos un grito ahogado desde las puertas del invernadero, seguido de una retahíla de exclamaciones de distinta índole.
Nicholas soltó a Kathleen al instante, pero el daño ya estaba hecho.
Ante ellos había un grupo de unas nueve o diez personas: sus padres, su abuela, la señora Lovejoy, Samantha y varios de los invitados que habían asistido a la velada musical. Todos los observaban con asombro, horror o desconcierto.
—Exijo una explicación —bramó la señora Lovejoy—. Kathleen, ¿cómo has podido actuar de forma tan desvergonzada? ¿Acaso estabas tratando de seducir al marqués?
Nicholas apretó los dientes. Lo último que esperaba era que la tía arremetiera contra su propia sobrina. De hecho, lo único que consiguió fue que dos de las invitadas comenzaran a cuchichear mirando con disgusto a Kathleen.
Observó de reojo a la muchacha, pero ella mantenía la mirada gacha, totalmente humillada.
Aquel incidente podía destruir la reputación de cualquier dama, más aún la de una joven de dieciséis años.
Guiado por el honor, Nicholas dio un paso al frente con la atención puesta en el duque, cuya expresión no terminaba de descifrar.
Tenía que buscar una solución y hacerlo antes de que la situación se agravara más.
Desesperado, pronto se dio cuenta de que solo había una salida que salvaguardase el decoro de la muchacha.
—Ella no tiene nada de lo que avergonzarse —afirmó con calma—. Lo que han presenciado ha sido solo un gesto impulsivo de afecto que no he podido contener cuando Kathleen ha aceptado convertirse en mi esposa.
Pese a la situación, casi se le escapó una carcajada al ver cómo lo miraban todos con la mandíbula desencajada, incluida Kathleen. Aunque ella fue la primera en recomponerse.
—Nicholas, no…
—Tranquila, querida —la interrumpió él antes de que pudiera contradecirlo.
Su única preocupación en aquel momento era salvar las apariencias—.
Sé que tenías reticencias a anunciar ya el compromiso porque me voy en dos días y estaré ausente durante un par de años, pero las circunstancias requieren que lo hagamos público, al menos entre nuestro círculo cercano.
—Pero… —Kathleen trató de hablar, pero Nicholas volvió a interrumpirla.
—Confío en que nos guarden el secreto hasta que podamos anunciarlo formalmente a mi regreso —concluyó, mirando al pequeño grupo que los había sorprendido.
La señora Lovejoy parecía tan complacida por el giro de los acontecimientos que los felicitó con efusividad, al igual que el resto de los invitados. Solo su familia actuó con cierta reserva y, en cuanto la velada terminó, Nicholas se encontró acorralado por sus padres, su abuela y Samantha.
—¿Puedes decirnos qué ha pasado de verdad? —preguntó la duquesa con una expresión mezcla de curiosidad y preocupación.
—Encontré a Kathleen en el invernadero, comenzamos a hablar y acabé besándola. Eso es todo.
—¿Eso es todo? —bufó el duque con enfado—. Eres mayor que ella y tienes más experiencia. Deberías haber sabido lo que ocurriría si os sorprendían en una situación así.
—Justo lo que ha pasado: que me he visto obligado a aceptar un compromiso indeseado.
—Bueno, no hay que ser alarmistas —intervino la duquesa con esa practicidad y calma que la caracterizaba—. Nicholas va a estar ausente durante dos años y, en ese tiempo, todo puede cambiar. Kathleen es muy joven todavía y puede conocer a otro hombre del que enamorarse.
Por alguna inexplicable razón, imaginar a otro hombre besando a Kathleen como él lo había hecho lo molestó.
—No mientras sea mi prometida —gruñó antes de darse cuenta, y supo que su tono había sonado demasiado posesivo porque sus padres lo miraron con sorpresa.
La duquesa abrió la boca para indagar, pero Samantha empezó a hablar.
—No entiendo cómo la señora Lovejoy ha podido decir cosas tan horribles de su propia sobrina.