Capítulo 5
Nicholas estaba a un paso de cumplir su sueño.
Durante años, había acatado los consejos de su padre y se había formado a conciencia para comenzar su trayectoria política.
Era un camino que no le gustaba especialmente, pero, tal como le repetía el duque a menudo, las personas con poder tenían la obligación y el deber moral de mejorar la vida de los más desfavorecidos, y la mejor forma de hacerlo consistía en cambiar las leyes.
Así pues, después de terminar sus estudios en Eton, había estudiado Historia Moderna en Oxford y se había esforzado mucho para obtener las mejores notas al graduarse, algo que acababa de conseguir. El siguiente paso era lograr ser elegido diputado y entrar en la Cámara de los Comunes.
Estaba dispuesto a aceptar aquel destino, solo con una condición: tener dos años de libertad para recorrer el mundo antes de comenzar su andadura en política.
Había pensado que su padre no accedería cuando se lo plantease; sin embargo, terminó apoyándolo.
Decía que conocer otras culturas sería una magnífica experiencia vital para él y le proporcionaría una visión más completa de la sociedad mundial, siempre y cuando no olvidara las responsabilidades que tenía en Inglaterra y volviese en el tiempo acordado.
Nicholas estaba exultante, pues en dos días partiría hacia Europa para comenzar el trayecto que llevaba años planeando. Uno muy parecido al que Jules Verne había planteado para Phileas Fogg.
Aquella noche había ido al Scoundrels, un club de caballeros al que pertenecía, para despedirse de sus amigos.
Después de cenar, acompañó a su mejor amigo, Arthur Harold Collins, conde de Fullford, al teatro para ver a la actriz de la que estaba enamorado.
Bueno, él decía que estaba enamorado. Nicholas pensaba que simplemente estaba encaprichado, como lo había estado el mes anterior con una soprano del Covent Garden y el mes previo con una bailarina francesa de paso por Londres.
Arthur era un hombre de pasiones breves e intensas, y confundía sistemáticamente el deseo con el amor.
Para Nicholas era imposible hablar de amor si eso suponía enamorarse de una persona diferente cada mes.
El amor era algo más: devoción, lealtad, fidelidad, pasión, amistad, confianza.
Todo a la vez y con la misma persona. Lo sabía con certeza porque había crecido rodeado de parejas que lo demostraban cada día.
Sus padres llevaban casi treinta años casados y seguían mirándose como si el mundo empezara y terminara en el otro.
Sus tíos no eran muy distintos. Según decía Samantha con orgullo, los Richmond estaban destinados a vivir historias de amor apasionantes.
Nicholas dudaba de que eso fuese a aplicársele a él.
Nunca se había considerado un hombre apasionado, al menos con las amantes que había tenido hasta el momento.
Le gustaba el sexo como a cualquier joven de veintidós años, pero no era un hombre de emociones exaltadas.
De hecho, ninguna de las mujeres que había conocido hasta entonces se había abierto paso hasta su corazón.
Después de dejar a Arthur en el teatro, decidió regresar a la mansión.
Sin embargo, al doblar la esquina y ver la cantidad de vehículos aparcados frente a la entrada, recordó que sus padres habían organizado una velada musical.
No tenía ninguna gana de saludar a los invitados ni de someterse a la inevitable ronda de presentaciones, así que decidió colarse por la parte de atrás.
Fue al pasar junto al invernadero cuando la vio.
Estaba de espaldas a él, con la mirada perdida en los rosales blancos, y la luz de la luna que se filtraba a través de los cristales la envolvía con una claridad casi irreal.
Durante un instante no la reconoció: solo vio a una joven de figura esbelta, con el cabello recogido en un elaborado peinado del que escapaban algunos rizos rubios, enfundada en un vestido de color rosa pálido que dejaba a la vista la línea delicada de sus hombros.
Iba a seguir su camino. No era asunto suyo quién estuviese en el invernadero de su padre a esas horas de la noche y, desde luego, no era su intención interrumpir un encuentro que olía a clandestino.
Pero entonces algo en ella le resultó familiar.
Y cuando por fin vislumbró su rostro, pudo reconocerla: Kathleen Anne Swan.
Antes de ser consciente de lo que hacía, Nicholas entró en el invernadero.
Ella se giró al escucharlo entrar con la calma de quien espera a alguien, pero sus ojos se abrieron con asombro al verlo.
—Nicholas. —Ni siquiera llegó a pronunciarlo, tan solo lo moduló con los labios.
Unos labios plenos y rosados. Suculentos.
Maldición, ¿cuánto hacía que no la veía? ¿Dos? ¿Tres años? No estaba seguro. Solo sabía que la chiquilla que lo había seguido con la mirada por todas partes cuando iba a su casa en verano se había convertido en toda una mujer. Una, además, muy bonita.
—Espero no estar interrumpiendo ningún encuentro amoroso —bromeó él para romper el pesado silencio que los había envuelto.
—Pues sí, mi amante se sentirá desolado si me encuentra aquí con otro —repuso ella.
El comentario no debería haberlo molestado, pero lo hizo.
—¿No eres un poco joven para tener un amante, mocosa? —gruñó, avanzando hacia ella—. Una niña de tu edad debería cuidar mejor su reputación y no ponerla en peligro con encuentros clandestinos en lugares oscuros.
—Tengo dieciséis años. Acepto lo de joven, pero me niego a que se me califique de niña, y mucho menos de mocosa —repuso ella, levantando el mentón de forma desafiante—. Soy una mujer, lo mires por donde lo mires.
Y Nicholas la miró.
Estaba en lo cierto: no quedaba rastro de la niña que recordaba soplándole en una herida con inocencia infantil ni sintiendo pesar por perder una pieza de ajedrez.
Frente a él había una mujer joven de una belleza que resultaba difícil ignorar, con los ojos de un azul tan profundo que podían devorar su alma si se lo propusieran, unos labios que invitaban a ser besados y…
Sacudió la cabeza tratando de deshacerse de su embrujo.
Había bebido demasiado, eso era. Era imposible que encontrase atractiva a la mejor amiga de su hermana.
—Cierto, ya no eres una niña —concedió—. Y por eso mismo deberías volver dentro con el resto de los invitados.
—¿Por qué iba a hacerlo si estás tú aquí? —repuso ella, tuteándolo con la naturalidad de quien lleva años haciéndolo—. Pensé que no te vería esta noche. Cuando le pregunté a Samantha por ti, me dijo que no vendrías porque…
—¿Le has preguntado a Samantha por mí? —la interrumpió, dando otro paso hacia ella.
—Bueno, tampoco es tan raro —dijo Kathleen, con ese tono razonable que Nicholas recordaba perfectamente y que siempre había conseguido desarmarlo—. Hacía mucho que no nos veíamos y es normal que haya preguntado por ti, ¿no crees?
—Se diría que me has extrañado.
Incluso en la penumbra del invernadero, Nicholas vio el color que subía a sus mejillas.
—Tal vez —musitó la muchacha, y la sinceridad con que lo dijo lo tomó tan desprevenido que durante un instante no supo qué responder.
Eso era otra cosa que recordaba de Kathleen: su capacidad de sorprenderlo.
La mayoría de las personas que lo rodeaban eran predecibles.
Sabía lo que iban a decir antes de que lo dijeran, sabía lo que querían de él, sabía exactamente hasta dónde llegaba su interés y dónde empezaba el cálculo.
Con Kathleen nunca había sabido qué esperar.
De niña lo había desconcertado constantemente y, por lo que podía ver, los años no habían cambiado eso.
—La verdad es que Samantha me ha contado que partirás en dos días para hacer un viaje alrededor del mundo y tenía ganas de verte antes para desearte suerte —prosiguió—.
No sabes lo mucho que me alegro por ti: por fin vas a cumplir tu sueño —añadió con una sonrisa tan hermosa que le cortó el aliento.
—¿Qué me dices de ti? ¿Ya has pensado en un sueño por cumplir? —indagó al recordar que, cuando se lo preguntó de pequeña, ella había dicho que no tenía ninguno.
La sonrisa de Kathleen vaciló hasta casi desaparecer.
—Sí, pero es un imposible —susurró, bajando la mirada.
—¿Por qué estás tan segura de ello? Tal vez no sea tan difícil como crees.
Ella guardó silencio durante un segundo y luego alzó el rostro hacia él.
—¿Y si te dijera que mi sueño es que me besaras? —preguntó con valentía.
Nicholas contuvo la respiración de golpe. Aquello era un gran problema. No la petición en sí, sino el inesperado deseo de cumplirla. Sus ojos volvieron a sus labios, que lo aguardaban trémulos y expectantes.
Demonios, lo más sensato sería rechazarla e irse, pero, después de haberla animado a compartir sus anhelos y de haberle dicho que no había sueño imposible, sería una descortesía.
«Además, soy un hombre experimentado capaz de conservar el control», se dijo. «Bien puedo darle un casto beso y hacerla feliz».
Con esa intención, dio el último paso que lo separaba de ella, se inclinó y le dio un beso dulce, breve y comedido. Sin embargo, no fue tan insípido como había imaginado. El cosquilleo que sintió en los labios se extendió por su cuerpo y encontró eco en su miembro.
De pronto, su cuerpo cobró vida. Fue como si llevara años durmiendo y de repente despertara hambriento y exigente. Quería más, y lo quería de ella. Por suerte, consiguió reunir la fuerza de voluntad necesaria para apartarse antes de hacer algo de lo que pudiera arrepentirse.
—Sueño cumplido —farfulló con la respiración agitada—. Será mejor que… ¿Qué ocurre? —preguntó al ver que Kathleen tenía el ceño fruncido.
—Mmm… Nada… Ha estado… bien —concluyó en un tono totalmente falto de entusiasmo.
Aquella tibia palabra impactó en el estómago de Nicholas como si hubiese sido un puñetazo.
—¿Bien?
—Bueno, supongo que después de llevar años soñando con un beso tuyo, mis expectativas eran más altas —explicó Kathleen con irritante sinceridad.