Detrás de la máscara Capítulo 4
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Capítulo 4

El destino de Kathleen volvió a truncarse cuando tenía dieciséis años.

Cada verano, desde aquella primera vez, había regresado a Bellrose House; pero ese año los Richmond decidieron quedarse en la ciudad para asistir a diferentes actos sociales de la Temporada londinense.

Kathleen pensó que tendría que permanecer en la Academia Carlston; sin embargo, su tía la sorprendió invitándola a su residencia de Londres.

—Ya que lady Samantha está en la ciudad, sería conveniente que te vieran con ella por si recibes alguna invitación a un acto social —explicó.

Para Heather era motivo de gran satisfacción que su sobrina se hubiera convertido en la mejor amiga de la benjamina de los duques de Bellrose.

—Además, ya es momento de encargarte un guardarropa más apropiado para una señorita de tu edad, que resalte tus nuevas curvas de forma adecuada —prosiguió.

En los dos últimos años, su figura había cambiado de manera progresiva.

Seguía siendo delgada, pero sus pechos habían adquirido volumen y sus caderas estaban más redondeadas, de modo que su cintura se veía más estrecha.

Lo único que la consolaba era que Samantha y otras amigas también habían sufrido cambios parecidos.

Tal como su amiga decía con pesar, se estaban convirtiendo en mujeres. Y lo decía con pesar porque los hombres ya empezaban a fijarse en su extraordinaria belleza, lo que incomodaba a Samantha sobremanera.

Era curioso, pero Kathleen se sentía más a gusto en la Academia Carlston que en casa de Heather.

Tal vez porque la encontraba asfixiante.

Era una hermosa casa de tres plantas, de ladrillo rojo, situada en una tranquila calle residencial de Mayfair, justo en el límite con el Soho.

Allí era donde se alojaba cuando visitaba a su tía en Londres, pero nunca había pensado en ella como en su hogar.

Aquel lugar era un claro reflejo del peculiar gusto de su propietaria por la decoración.

Por la excesiva decoración. A Heather le encantaba rodearse de cosas hermosas y valiosas.

En un metro cuadrado de aquel lugar podían convivir una estatua griega de Artemisa, una máscara faraónica y una pieza de mobiliario francés de estilo rococó, y no precisamente en equilibrada armonía.

Su tía era una adicta a las subastas de obras de arte y, cuando Kathleen la visitaba, había empezado a acompañarla, pues sus años de estudio en la Academia Carlston la estaban convirtiendo en una buena asesora sobre el tema.

Lo mejor de aquella casa era, sin duda, el personal.

Como Heather vivía sola, solo tenía dos empleados: Andrew, el mayordomo, un sexagenario de presencia imponente y carácter muy profesional, y Mary, una cincuentona maternal que hacía de doncella y era, además, una cocinera excelente.

Con ellos, su tía tenía cubiertas todas sus necesidades.

El primer acto social al que Kathleen asistió fue en la mansión que los duques de Bellrose tenían en Kensington. Su tía y ella habían sido invitadas a pasar una tranquila velada musical. Iba a ser algo íntimo: tan solo acudirían algunos familiares y amigos cercanos de los duques.

—Esta es tu oportunidad para intimar más con él —comentó Heather mientras iban en el carruaje camino de la residencia de los Richmond.

—¿Con quién?

—Con Joshua Richmond.

—¿Y para qué querría intimar con él? —preguntó Kathleen, sin comprender.

—Porque, aunque sea el segundo hijo de un duque, va a ejercer la profesión de médico, así que carece de la presión social de buscar una esposa con título.

Por lo que Kathleen sabía, de lo que Joshua carecía era de interés por buscar esposa. Punto. Estaba tan volcado en terminar sus estudios de Medicina como en coquetear con todas las mujeres que se le acercaban atraídas por su apostura, su encanto y su apellido.

—Piénsalo: es el partido perfecto. Es muy rico, respetado socialmente, y no me negarás que es apuesto. Además, vi un brillo de interés en su mirada cuando nos cruzamos con él la semana pasada —añadió con un guiño.

No, Kathleen no podía negar que Joshua era apuesto.

Tal vez demasiado. Se habían visto en el parque durante un paseo y debía reconocer que era encantador, aunque ella no había percibido ningún brillo de interés en sus ojos, como aseguraba su tía.

O, más bien, solo el habitual que dedicaba a cualquier joven bonita.

—Creo que Joshua mira así a todas las mujeres —repuso Kathleen, restándole importancia.

—Que sea un reconocido mujeriego es algo que podemos esgrimir como arma en su contra —aseguró Heather con un brillo calculador en los ojos.

—Tía Heather, aprecio mucho a los Richmond. Por favor, no hagas nada que pueda perjudicarlos.

—¿Quién habla de perjudicarlos? —replicó Heather con inocencia fingida.

Kathleen estuvo tentada de señalar que la expresión «esgrimir como arma en su contra» no sonaba precisamente favorable, pero Heather continuó sin darle ocasión.

—Solo te digo que, si se da una ocasión propicia con lord Joshua, no la desaproveches y sé cariñosa con él.

Kathleen no estaba dispuesta a hacer nada de eso, pero en aquel momento, el carruaje se detuvo y tuvieron que cortar la conversación.

Solo esperaba que su tía no hiciera nada para arruinar aquella velada o enemistarse con los Richmond.

***

Después de la exquisita cena, los invitados se congregaron en la elegante sala de música, donde un afamado pianista iba a deleitarlos con diferentes piezas.

Tras media hora guardando la compostura, Samantha y ella consiguieron escabullirse y se refugiaron en un rincón del jardín. Minutos después, cuando estaban inmersas en una animada conversación, un suave carraspeo las sobresaltó.

—Por fin os encuentro —comentó Joshua, acercándose a ellas—. La señora Lovejoy estaba preocupada porque cogieras frío y me ha pedido que te entregara este chal —explicó mientras le tendía la delicada prenda.

Kathleen se lo agradeció, pero no pudo evitar fruncir el ceño al tomarlo, pues sospechó que era alguna estrategia de su tía para que se encontraran.

—Qué caballeroso de tu parte venir hasta aquí para dárselo —observó Samantha con un deje de burla.

—Me temo que no solo he venido a eso. Me han pedido que te informe de que tu presencia se requiere en la sala de música. El maestro Faviano quiere comprobar tus progresos en el pianoforte.

—Menudo fastidio —refunfuñó Samantha—. Está bien, aguardadme aquí y regresaré en unos minutos.

—Pero… —empezó a protestar Kathleen, pues no quería quedarse a solas con el hermano de Samantha en el jardín.

—Mejor te esperamos en el invernadero —dijo Joshua, y, antes de que Kathleen pudiera negarse, la tomó del brazo y la arrastró hacia allí.

El invernadero estaba detrás de la casa y era una copia más pequeña del que había en Bellrose House.

Lo que pocos sabían era que se trataba del dominio del duque de Bellrose, que había hecho del cultivo de rosas su particular afición.

Incluso había creado una nueva variedad de rosa blanca, de una hermosura y delicadeza sin igual, a la que había dado el nombre de Madeleine, en honor a su esposa.

Kathleen suspiró, imaginando cómo debía de ser sentirse tan amada por un hombre.

Era una hermosa noche de principios de verano.

La luna llena irradiaba una estela de luz pálida que se filtraba a través de los cristales, iluminando el invernadero con un aura casi mágica.

Las rosas blancas que lo poblaban parecían brillar con luz propia, como si fueran un reflejo de las estrellas del firmamento.

Sin duda, aquel era el lugar indicado para un encuentro clandestino entre dos amantes.

Para una trampa.

—Joshua, ¿por qué me has propuesto venir al invernadero? —preguntó la muchacha, mirándolo de reojo.

—La señora Lovejoy me ha dicho que querías decirme algo en privado y he pensado que este podía ser un buen sitio. ¿Ahora es cuando me confesarás que estás locamente enamorada de mí? —añadió con un guiño coqueto.

—Por Dios, no. Nunca te he visto de esa forma —afirmó Kathleen para que no hubiese dudas entre ellos.

—Tranquila, el sentimiento es mutuo; de lo contrario, no bromearía con ello —dijo Joshua mientras le palmeaba la mano.

—Lo de venir aquí… ¿lo has pensado tú o también lo ha propuesto mi tía? —preguntó Kathleen, intuyendo lo segundo.

—La verdad es que ha sido ella quien ha comentado que en el invernadero tendríamos más intimidad para hablar.

«Maldita tía Heather», pensó Kathleen con fastidio al confirmar sus sospechas.

—No deberías ser tan confiado e ingenuo, Joshua —le reprochó—. Terminarás metiéndote en líos por ello.

—¿Qué quieres decir?

—Que mucho me temo que acabas de ser manipulado. No me extrañaría que dentro de unos minutos apareciesen varias personas y malinterpretaran que estuviésemos los dos solos aquí, casi a oscuras —aclaró Kathleen.

Estuvo a punto de soltar una carcajada al ver la reacción del joven cuando comprendió la situación.

Por un segundo, se quedó ojiplático y después palideció.

A continuación, se desasió con rapidez del brazo que había enlazado con ella y casi se cayó de culo en su prisa por alejarse.

Incluso volcó un tiesto con tierra en el proceso.

—De repente se me ha revuelto el estómago —balbuceó—. Será mejor que me retire ya. Buenas noches, Kathleen.

La muchacha se despidió con una risita y luego deambuló por el invernadero mientras disfrutaba de unos instantes de soledad.

En cuanto su tía viese que Joshua regresaba al salón, se llevaría una decepción y seguro que, de vuelta en el carruaje, le echaría un sermón por no haber aprovechado la oportunidad que le había brindado para seducirlo.

De pronto, escuchó unas pisadas detrás de ella. Se giró para ver quién acababa de entrar en el invernadero y se quedó de piedra al reconocer la imponente figura del caballero plantado frente a ella: Nicholas Richmond.

Llevaba tres años sin verlo.

Tres largos años.

Después de terminar sus estudios en Eton, el marqués de Dunmore había ido a Oxford y, según Samantha, había preferido pasar los veranos en Londres para disfrutar de la vida disoluta que la ciudad ofrecía a los jóvenes aristócratas.

Aunque, por lo que Kathleen había escuchado, el marqués era un santo comparado con Joshua.

Sus ojos se posaron sobre él con hambre. Ya no quedaba rastro del joven que había conocido de pequeña. Frente a ella había un hombre apuesto y elegante, que la miró con una intensidad que la puso nerviosa.

Para aquella velada se había puesto uno de sus vestidos nuevos. Era de color rosa pálido y, aunque bastante recatado en cuanto al escote, acentuaba sus curvas de forma evidente. ¿La encontraría hermosa? Esperaba que sí.

Nicholas, por su parte, había cambiado mucho en aquel tiempo. Estaba más alto, sus hombros se habían ensanchado y sus facciones se habían vuelto todavía más marcadas. Lo que seguía inmutable eran sus ojos acerados y aquella expresión seria que lo caracterizaba.

Otra cosa invariable era la forma en que el corazón de Kathleen empezaba a latir en un apresurado galope ante su presencia.

Muy a su pesar, seguía enamorada de Nicholas Richmond.