Capítulo 3 #2
Después de aquella rápida sucesión de réplicas, los dos guardaron silencio unos instantes.
—Desde que nací, mi camino ha estado trazado y no puedo desviarme de él —comentó entonces Nicholas, con la mirada fija en un punto lejano—.
Mi destino es convertirme en el duque de Bellrose y hacerme cargo de todo el patrimonio de los Richmond.
Participar en la Cámara de los Lores. Casarme.
Engendrar un heredero. —Su rostro se fue oscureciendo con cada palabra—.
En definitiva, cumplir con las responsabilidades de mi título.
—Entonces miró a Kathleen y esbozó una sonrisa tan triste que la niña sintió pesar por él—.
Eso deja muy poco espacio para recorrer el mundo y vivir aventuras, ¿no crees?
«Después de todo, el hijo de un duque no estaba exento de agobios», pensó Kathleen. A fin de cuentas, puede que tuviese el mundo a sus pies, pero carecía de libertad para disfrutarlo como quisiera.
—¿Dónde te gustaría viajar si tuvieses la oportunidad?
La expresión del joven volvió a animarse.
—Me gustaría dar la vuelta al mundo como Phileas Fogg, aunque con más calma, para disfrutar de cada rincón que visitase. Ven, mira.
Nicholas avanzó con paso enérgico hacia el otro lado de la biblioteca, donde había un hermoso globo terráqueo sobre un pedestal de madera maciza, y Kathleen lo siguió, llevada por la curiosidad, hasta detenerse junto a él frente a la esfera.
—En el libro, todo empieza aquí, en Londres —comenzó a relatar el marqués mientras hacía girar el globo hasta posar el dedo sobre la ciudad—. Phileas Fogg emprende el viaje sin más compañía que su criado, un francés llamado Passepartout.
Después desplazó el dedo hacia el este, trazando una línea imaginaria sobre Francia y el Mediterráneo.
—Cruzan Francia en tren hasta llegar a Brindisi, en Italia, y desde allí toman un barco hacia Egipto, por el canal de Suez —prosiguió.
—¿Y luego?
—Luego, la India. —Su dedo se posó sobre el subcontinente—. Allí ocurre algo inesperado: la vía férrea está incompleta, así que Fogg tiene que cruzar la selva a lomos de un elefante.
Los ojos de Kathleen se abrieron de par en par y se inclinó hacia el globo, como si pudiera ver la selva entre las líneas doradas de los meridianos.
—¿Se puede montar a un elefante como si fuera un caballo?
—Al parecer, en la India es algo común —confirmó Nicholas—.
De allí siguen a Calcuta, después a Singapur y Hong Kong, y luego cruzan el Pacífico hasta Japón, y de Japón a San Francisco, en América.
—A medida que hablaba, giraba el globo mientras su dedo trazaba el camino—.
A continuación, toman el tren transcontinental, aunque no sin contratiempos: un ataque de bandidos y una manada de búfalos que detiene la locomotora durante horas.
Hasta que finalmente llegan a Nueva York. Tú eres de allí, de América, ¿verdad?
La inesperada pregunta tomó a Kathleen tan de sorpresa que, por unos instantes, su mente quedó en blanco.
—Sí, de Boston —farfulló finalmente, pero fue incapaz de sostenerle la mirada—. ¿El señor Fogg consiguió completar su viaje a tiempo? —preguntó para cambiar de tema.
—Por muy poco. Ya de vuelta en Londres, Fogg cree haber perdido la apuesta por un solo día.
Pero entonces descubre algo con lo que no había contado: al viajar siempre hacia el este, ha ganado un día completo sin darse cuenta, por la forma en que gira el mundo.
Así que finalmente llega al club con un minuto de sobra y gana la apuesta.
Nicholas se quedó mirando el globo terráqueo con el mayor de los anhelos.
—Mi sueño es poder recorrer el mundo, aunque solo fuera por un año o dos —musitó—. Pero antes tendría que convencer a mi padre —añadió con una mueca—. ¿Y cuál es el tuyo? —inquirió, mirándola con aquellos hermosos ojos plateados.
—¿El mío?
—Tu sueño.
—Nunca he pensado en ello —admitió, encogiéndose de hombros.
Kathleen se había vuelto muy consciente de que el destino podía cambiar en cualquier momento, y no se permitía más que vivir el presente y aprovechar las oportunidades que se le brindaban.
—Pues piénsalo, mocosa —repuso Nicholas mientras estiraba uno de sus rizos en un gesto juguetón—. Todo el mundo debería tener un sueño, por imposible que parezca.
Algo en sus palabras y en la expresión tierna de su rostro caló muy hondo en Kathleen y, sin entender muy bien cómo, Nicholas se hizo un hueco en su corazón.
***
Durante aquel verano y los siguientes en que Kathleen visitó Bellrose House, Nicholas Richmond se convirtió en su pequeña obsesión, y entre ellos fue tomando forma una conexión especial.
La biblioteca de Bellrose House pasó a ser su territorio particular: pasaban allí muchos ratos jugando al ajedrez, hablando de libros o simplemente leyendo en silencio, cada uno en su rincón, sin necesidad de decir nada.
Kathleen lo seguía con la mirada siempre que lo tenía cerca.
Aprendió a reconocer las sutiles emociones que se reflejaban en el rostro de Nicholas: cómo se le aflojaba el ceño si algo lo conmovía, cómo se le dilataban los ojos si algo lo sorprendía, cómo curvaba la comisura del labio cuando algo lo divertía…
Eran emociones siempre contenidas, algo insólito en una familia tan abierta a expresar sus sentimientos.
Se lo tomó como un reto personal: hacerlo sonreír. Le gastaba bromas, le contaba cosas ridículas y le lanzaba pullas con la única finalidad de ver cómo sus labios se curvaban hacia arriba.
Samantha se mostró encantada de que su hermano mayor tolerase a su amiga, y más aún del evidente enamoramiento que Kathleen era incapaz de disimular.
Y así, poco a poco, año tras año, fue tomando forma un sueño dentro del corazón de Kathleen: que Nicholas Richmond la amase. Aunque, en la vida real, eso sería algo tan inaudito como que un peón se convirtiese en reina.