Detrás de la máscara Capítulo 3
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Capítulo 3

Durante aquel verano, la biblioteca de Bellrose House se convirtió en un lugar de encuentro frecuente entre Kathleen y Nicholas.

Era una gran sala de dos plantas, con una galería corrida en el piso superior a la que se accedía por una escalera de caracol.

Cinco enormes ventanales de suelo a techo iluminaban la estancia, haciendo vibrar los coloridos lomos de los miles de libros que llenaban las estanterías que cubrían las paredes.

Tenía un techo de seis metros de altura, con artesonado de madera tallada de forma primorosa; una grandiosa chimenea de mármol frente a un par de sofás enfrentados; lámparas de cristal; sillones orejeros ubicados en rincones estratégicos…

Sin duda, era la habitación más hermosa que Kathleen había visto en toda su vida.

Desde que Samantha se la mostró, se había convertido en su lugar favorito de la mansión, sobre todo después de que los duques le aseguraran que podía leer cualquier libro que quisiera. Y resultó que Nicholas iba allí con frecuencia.

Frente a uno de los ventanales había un tablero de ajedrez sobre una mesita, y Nicholas solía jugar con Joshua mientras conversaban de forma animada. Bueno, Joshua era quien más hablaba; Nicholas se limitaba a escuchar y a hacer algún comentario puntual.

Fue Samantha quien propuso que Nicholas les enseñase a jugar al ajedrez y, para sorpresa de Kathleen, él aceptó a regañadientes.

Nicholas explicó las piezas una por una. Cuando llegó a los peones, Samantha frunció el ceño.

—¿Solo pueden avanzar hacia delante y se ponen en primera fila?

—Así es.

—Pobrecitos —musitó Kathleen.

Nicholas la miró con una ceja arqueada.

—Son piezas de ajedrez —dijo con voz seca.

—Ya lo sé. Pero, con ese aspecto, parecen personitas —explicó mientras tomaba una de las piezas y la examinaba—.

Tal como se ha planteado el juego, los más poderosos se quedan detrás y los más humildes, los peones, son los que reciben todos los palos por los demás.

Es un claro ejemplo de esta sociedad, ¿no creéis?

Nicholas la miró de hito en hito y luego se dirigió a Samantha.

—¿Seguro que tu amiga tiene diez años?

—Lo sé, de vez en cuando hace algunos comentarios que me recuerdan a la abuela.

—Lo tomaré como un cumplido, porque tu abuela es muy sabia —repuso Kathleen, alzando el mentón.

Sophie Richmond, la duquesa viuda, era una dama singular. Pese a su estatus social, era una mujer muy sencilla a la que le gustaba pasar el tiempo en la cocina.

—Está bien, para que veáis que los peones no son solo carne de cañón, os contaré que, si uno de ellos logra llegar al final del tablero, se convierte en reina —reveló Nicholas.

—¿Cualquier peón? —preguntó Samantha.

—Cualquiera.

Kathleen estudió el tablero con otros ojos. Para ella era inevitable compararse con uno de esos peones. Si avanzaba paso a paso en el tablero, podría llegar a convertirse en una reina o, en su caso, en una dama.

—Entonces, ¿la finalidad del juego es esa? —preguntó más animada—. ¿Convertir a los peones en reinas?

—No, es matar al rey del oponente.

Kathleen no lo discutió. Puede que ese fuese el objetivo final del juego, pero, para ella, la verdadera victoria sería otra.

***

Nicholas observó a la niña sentada frente a él mientras estudiaba el tablero. No es que fuera inteligente, que lo era; es que tenía una astucia impropia de alguien de su edad que, se suponía, había vivido entre algodones.

Habían jugado tres partidas, y Nicholas había ganado las tres, pero en cada una la niña lo había sorprendido por el ingenio con que planeaba sus emboscadas.

Su reacción al perder tampoco había sido la esperada.

Nicholas había dado por hecho que le echaría en cara su experiencia o le pediría alguna ventaja en la siguiente partida, pero no fue así.

No se había desanimado ni había protestado; simplemente había reorganizado sus piezas y le había propuesto volver a jugar.

En la cuarta partida, Nicholas estaba teniendo serios problemas para defenderse de sus ataques. Kathleen lo asaltaba con determinación y sin descanso, pero tenía un punto débil: no se decidía a sacrificar sus peones.

—Para ganar, tienes que cambiar de estrategia —señaló Nicholas—. Se sacrifican las piezas de menor valor para proteger a las importantes —le recordó.

—Es que es ilógico —protestó la niña—. Los más poderosos tendrían que proteger a los humildes —insistió.

—Son las reglas —repuso Nicholas.

—Seguro que esas reglas no las hizo un peón —refunfuñó la niña.

Nicholas tuvo que contener una sonrisa. Su empatía hacia los desfavorecidos era tan desconcertante como adorable.

—Si quieres jugar a este juego, debes aceptar las reglas.

—Y por eso yo he desistido de jugar —observó Samantha sin levantar la vista del libro que estaba leyendo, recostada en el sillón junto a ellos.

Kathleen estudió la posición de las piezas unos segundos, como si estuviese reconsiderando su estrategia, y luego empezó a jugar con renovada determinación.

Después de varios movimientos, Nicholas miró el tablero con asombro. Kathleen había dado un giro a su juego y había sacrificado todos sus peones. Todos menos uno, que había logrado llevar hasta el final.

—Enhorabuena, mocosa: has conseguido convertir uno de tus peones en reina.

—Sí, pero a costa del resto —dijo la niña con un mohín de tristeza—. Es una sensación agridulce.

Nicholas no lo comprendió. Mucho menos cuando finalmente la niña terminó ganando, pero no se alegró por su triunfo como cabía esperar. Siguió mirando los peones capturados como si realmente se lamentase por no haberlos podido salvar.

***

A la mañana siguiente, Kathleen se levantó temprano y decidió ir a la biblioteca en busca de un libro para leer.

Como no alcanzaba a ver los títulos de los estantes superiores, decidió subir por la escalera dispuesta para tal efecto.

Ya arriba, leyó con atención los lomos. De pronto, uno rojo le llamó la atención.

Extendió el brazo para cogerlo, pero estaba demasiado a la derecha.

Lo sensato habría sido bajar para desplazar la escalera, pero Kathleen pensó que, si se estiraba un poco más, lo conseguiría, así que eso hizo.

Lo rozó con la punta de los dedos y, como último intento, inclinó el cuerpo hacia un lado, sosteniéndose sobre un solo pie.

Lanzó una exclamación de júbilo cuando consiguió atraparlo, pero, al sacarlo del estante, perdió el equilibrio y cayó de la escalera… justo en los brazos de Nicholas Richmond.

—Parece que no solo tienes un don para causarme problemas, sino que además tienes tendencia a protagonizar accidentes —comentó el joven mientras la dejaba de pie en el suelo—. ¿Te encuentras bien?

—Sí, gracias —farfulló Kathleen, avergonzada por su torpeza.

—¿Se puede saber qué te ha llevado a hacer acrobacias sobre una escalera?

—Una mezcla de curiosidad y pereza —respondió con una mueca—. Quería alcanzar este libro —aclaró, mostrándoselo.

—German Popular Stories, de los hermanos Grimm —leyó Nicholas, y frunció el ceño—. No sé si es una buena elección para una niña como tú. Contiene historias bastante duras.

—¿A qué te refieres con «una niña como tú»? —repuso Kathleen, sin saber si sentirse ofendida o no.

—Una niña que ha llevado una vida protegida y que no ha conocido la crueldad de las personas ni la desesperación en la que puede hundirse un alma —aclaró Nicholas.

Kathleen estuvo a punto de soltar un bufido. El marqués no tenía ni idea de lo duros que habían sido sus primeros años de vida.

—Supongo que un joven y rico marqués sí entiende de crueldad y de desesperación —espetó, alzando una ceja.

Nicholas soltó una carcajada que hizo parpadear a la niña por lo hermosa que sonaba. Era la primera vez que lo oía reír de forma tan abierta, y le gustó.

—Touché, mocosa. Está bien, lee lo que quieras, pero insisto en que hay lecturas más aconsejables para ti.

—De acuerdo, ¿cuál me recomiendas?

Nicholas ojeó los libros unos segundos y acabó tomando uno que le tendió.

—Alice’s Adventures in Wonderland, de Lewis Carroll. Es inteligente y absurdo al mismo tiempo —explicó—. Sin duda te gustará. Y, por favor, tutéame. Después de vomitarme encima, lanzarme un palo a la cabeza y haberte rescatado dos veces, creo que hemos superado los formalismos.

«No es tan arrogante y estirado como decía Samantha», pensó Kathleen al verlo sonreír levemente. De hecho, a juzgar por la paciencia con la que le había enseñado a jugar al ajedrez, era bastante amable.

—¿Qué libros te gustan? —preguntó, queriendo saber más de él.

—Me encanta Jules Verne. Es un escritor francés —aclaró Nicholas—. Sus libros están llenos de aventuras originales e imaginativas, y siempre termino pegado a sus páginas. Creo que ya he leído Around the World in Eighty Days unas cinco veces. Es mi libro preferido.

—¿Dar la vuelta al mundo en ochenta días? ¿Eso es posible? —inquirió Kathleen, un tanto escéptica.

—Yo diría que sí. Con los modernos barcos de vapor, los ferrocarriles y el canal de Suez, la hazaña de Phileas Fogg no es tan imposible como parece.

—¿Phileas Fogg?

—Es el protagonista. Se trata del típico caballero inglés: educado, impertérrito y puntual.

Un día, en el club al que pertenece, apuesta a que puede dar la vuelta al mundo en ochenta días.

Y entonces se marcha. Así, sin más. —Nicholas lanzó un suspiro—.

Ojalá yo tuviese la libertad de hacer algo así —musitó.

Lo dijo con la voz tan baja que resultó casi inaudible, pero Kathleen sí lo escuchó.

—¿Y no la tienes?

—Eres demasiado pequeña para comprender las responsabilidades que conlleva heredar un ducado como el de Bellrose.

—Soy muy capaz de entender algo cuando me lo explican —replicó, ofendida.

—Eres muy arrogante para ser tan pequeña, ¿sabes?

—Creo que la palabra «testaruda» me define mejor.

—Y también tienes la lengua muy afilada.

—Es inevitable para poder estar al nivel de Samantha.

—Sí, mi hermanita es una revolucionaria, y parece que ha encontrado en ti un espíritu afín.

—Lo tomaré como un halago.