Capítulo 2 #2
Mientras la niña le limpiaba la herida con cuidado, Nicholas estudió su rostro.
Era muy bonita, con el cabello rubio y ondulado y unas facciones dulces y delicadas.
Sin duda, su mejor atributo eran sus ojos, tan grandes que resultaba imposible no reparar en ellos.
Vistos de lejos parecían negros, pero, al tenerla tan cerca, se dio cuenta de que eran de un singular tono azul oscuro.
—Mucho me temo que le va a quedar cicatriz —comentó Kathleen con pesar—. Lo bueno es que, al estar en el nacimiento del pelo, solo se le verá si se queda calvo.
—No me voy a quedar calvo —replicó Nicholas, indignado.
—¿Cómo puede saberlo? Hay muchos hombres que pierden el pelo al hacerse mayores —adujo la niña en tono razonable—. El reverendo Briggs decía que de joven tenía una melena como la de Sansón, y ahora su cabeza se parece a un huevo.
—Te digo que eso no me va a pasar a mí —masculló Nicholas.
Iba a añadir algo más, pero en ese momento la niña le aplicó la solución antiséptica con un algodón y él dejó escapar un gruñido de dolor ante el súbito escozor.
El rostro de Kathleen se crispó como si ella misma estuviese sintiendo ese escozor. Era evidente que tenía un corazón tierno.
—Lo siento —musitó.
Para asombro de Nicholas, acercó el rostro, le sujetó las mejillas para que se quedara quieto y le sopló la herida con suavidad.
—Cuando curaba a mi mamá, ella decía que esto le aliviaba el escozor —explicó con expresión solemne, y Nicholas volvió a ver en sus ojos una madurez inusual para su edad.
—¿Solía cortarse mucho con el abrecartas? —preguntó con suspicacia, pues por el comentario dedujo que la había curado en más de una ocasión.
La mirada de la niña se veló de pronto y palideció levemente. Después bajó la vista y se alejó de él.
—Ya he terminado, milord —susurró—. Perdone de nuevo por haberle causado la herida.
Lo dijo sin volver a mirarlo y, antes de que Nicholas pudiese añadir nada, se marchó.
Él se quedó allí unos instantes pensando en ella. Sin duda, la mocosa era extraña y un tanto misteriosa, pero muy dulce.
***
Al día siguiente, las niñas decidieron adentrarse en el laberinto que había en los jardines traseros, pese a que el duque de Bellrose les había advertido que no se alejasen mucho porque se avecinaba una tormenta.
Se trataba de una sucesión de pasillos cuyas paredes estaban formadas por densos setos de más de dos metros de altura. Era grande y mucho más enrevesado de lo que cabía imaginar.
Cuando por fin llegaron al centro, Kathleen se detuvo de golpe al ver la hermosa escultura que se alzaba en un lecho de flores. Una figura que parecía un ángel besaba a una bella joven a la que sostenía entre sus brazos.
—Es Cupido rescatando a Psique —aclaró Samantha—. Antes había otra escultura, de Perseo cortando la cabeza de Medusa, pero hace años, durante una tormenta, un rayo la destrozó, así que mi padre encargó otra diferente. Fue un regalo para mi madre.
—Es un gran cambio de temática —señaló Kathleen, imaginando la violencia de la antigua escultura frente a la ternura y el amor que desprendía la que contemplaban ahora.
—Sí, y estoy segura de que todo eso tenía algún simbolismo oculto, pero mis padres no han querido hablarme de ello. Mi familia está llena de secretos y todavía creen que soy demasiado pequeña para conocerlos —añadió Samantha con un mohín frustrado—. ¿En tu familia también había secretos?
—Alguno que otro —musitó Kathleen, rehuyendo su mirada.
Samantha era una niña muy curiosa e, inevitablemente, tendía a hacer preguntas, aunque se contenía bastante, pues sabía que Kathleen se sentía incómoda con ellas.
Estaba segura de que su amiga lo achacaba a que le resultaba doloroso hablar de su antigua vida y del supuesto accidente de carruaje en el que habían muerto sus padres, y por eso no la presionaba.
Tal como esperaba, al ver que Kathleen se sentía incómoda, Samantha cambió enseguida de tema.
—Te reto: a ver quién consigue salir antes del laberinto.
—No es justo; lo conoces mejor que yo.
—Pero tu sentido de la orientación supera al mío —repuso Samantha—. Te daré treinta segundos de ventaja —añadió para convencerla, y empezó a contar—: Uno, dos, tres…
Kathleen se adentró por el mismo arco por el que habían llegado al centro.
Corrió. Torció a la derecha por un pasillo.
Luego, a la izquierda. Volvió a girar. La luz parecía disminuir por momentos a medida que las nubes negras se cernían amenazantes.
Un relámpago hizo resplandecer el cielo y, unos segundos después, un trueno retumbó a lo lejos.
Justo cuando creía que iba por el camino correcto, se encontró ante un pasillo sin salida y tuvo que desandar unos metros para meterse por otro.
La lluvia empezó con pequeñas gotas que fueron ganando fuerza hasta convertirse en un verdadero aguacero que le empapó la ropa. Los pasillos del laberinto pronto se convirtieron en un lodazal.
Rayos que iluminaban el cielo durante un segundo. Truenos que hacían retumbar la tierra. Uno fue tan potente que Kathleen gritó, asustada. Corrió cegada por el miedo, desorientada por la sucesión de pasillos aparentemente sin salida, y acabó cayendo de bruces en un charco.
Por un momento se quedó allí, rendida y llorosa. Perdida. Sola. Eran las mismas emociones que había sentido tras la muerte de su madre. Entonces unas manos fuertes y cálidas la tomaron con cuidado y la pusieron en pie.
—Te he encontrado, mocosa.
Reconoció la voz del marqués y, por extraño que pareciera, cuando la cogió en brazos y la apretó contra su pecho, por primera vez desde la muerte de su madre se sintió segura. Tal vez por eso, aferrándose a aquella esquiva sensación, pasó los brazos por su cuello y se abrazó a él con fuerza.
—Tranquila, ya estás a salvo —murmuró él junto a su oído.
Algo en su tono la reconfortó—. Cuando Samantha ha visto que no salías, se ha asustado.
Más aún cuando ha empezado la tormenta —prosiguió—.
Justo estaba regresando de un paseo a caballo cuando la he oído gritar pidiendo ayuda.
No sé por qué, enseguida he sabido que te había pasado algo.
Estoy empezando a darme cuenta de que tienes un don para causarme problemas, mocosa —añadió en tono de reproche, aunque Kathleen pudo detectar cierta ternura en la forma en que pronunció aquella palabra.
—Lo siento —susurró con pesar.
—Al menos sé que, estando tú por aquí, este verano será entretenido —vaticinó Nicholas.