Capítulo 2
Después de pasar el día anterior descansando y dejándose mimar por los duques, la duquesa viuda y Samantha, Kathleen recuperó su energía habitual y su malestar desapareció por completo.
Al menos el físico. Los nervios seguían allí, carcomiéndola por dentro.
Tantas atenciones la incomodaban. Así que, cuando Samantha le propuso mostrarle la mansión, las dos solas, aceptó encantada.
Al recorrer los pasillos de Bellrose House, Kathleen fue más consciente que nunca de lo distinta que era de su amiga.
No solo por su riqueza y estatus, sino por las decenas de retratos familiares que colgaban de las paredes: figuras solitarias o rodeadas de parientes, cuyas vestimentas indicaban la época en que habían vivido.
—¿Son todos antepasados tuyos? —preguntó Kathleen, impresionada por aquellos rostros.
Ella ni siquiera conocía el de su propio padre.
—Sí, aunque no te dejes intimidar por sus poses solemnes —repuso Samantha—. La verdad es que todos descendemos de un pirata.
—¿Un pirata? —repitió Kathleen, parpadeando.
—Bueno, Anthony Richmond, el primer duque de Bellrose, fue en realidad un corsario al servicio de Inglaterra.
Le concedieron el título por sus servicios durante la guerra de Sucesión española.
Rescató de los franceses a una joven vinculada a la casa de Hannover y acabó casándose con ella —agregó en tono confidente.
—Suena romántico.
—¿Verdad que sí? Si algo define a nuestra familia es que todos los Richmond han acabado casándose por amor, aunque en algunos casos hayan tenido que hacerlo con personas plebeyas.
—¿Eso no se consideraría un escándalo entre la aristocracia?
—Los Richmond no tememos al escándalo; nos guiamos por el corazón —aseguró Samantha con la contundencia de quien ha escuchado esa frase miles de veces—. No en vano nuestro lema familiar es Audeo. Es latín y significa «me atrevo» —aclaró con orgullo.
Mientras su amiga le relataba varias de las escandalosas historias de amor de los Richmond, Kathleen fue contemplando los retratos.
Finalmente, se detuvo ante el más grande de todos.
En él estaban retratados los duques actuales, rodeados de sus hijos, a quienes miraban con orgullo y ternura.
Formaban una estampa encantadora. Atraída por la calidez que desprendía, lo observó con detenimiento.
—Lo pintaron cuando yo tenía cuatro años —comentó Samantha—. Estaba un poco rechoncha, ¿verdad? —agregó con una mueca.
—Eres guapísima, rechoncha o no —respondió Kathleen, y no lo decía por halagarla.
Era cierto que, de pequeña, Samantha estaba algo más rellenita, pero eso no le restaba belleza. Al igual que sus hermanos, tenía el cabello azabache y los ojos grises del duque, aunque había heredado el rostro en forma de corazón de su madre y la hermosa simetría de sus facciones.
En cambio, Sarah, la media hermana de Samantha, no se parecía en nada al resto de la familia: tenía el cabello y los ojos castaños. Era bonita, aunque no poseía la deslumbrante belleza de los otros Richmond.
Sus ojos se detuvieron entonces en el rostro de Nicholas. En aquel retrato debía de tener unos diez años —se llevaba seis con Samantha— y parecía un niño feliz. De hecho, lucía una sonrisa muy hermosa que le iluminaba el rostro.
—Antes mi hermano no dejaba de sonreír, pero desde hace un par de años está cada vez más serio —comentó Samantha al fijarse en la dirección de su mirada—. Y más aburrido —añadió con un mohín—. Siempre está estudiando o dice que tiene cosas que hacer. Ya no quiere jugar conmigo.
—Supongo que hacerse mayor es difícil —musitó Kathleen, recordando lo agobiada que se veía su madre de vez en cuando.
Aunque, claro, ¿qué agobios podía tener el hijo de un duque con el mundo a sus pies?
Como hacía muy buen día, después de que Samantha le enseñara parte de la casa, las dos niñas decidieron explorar los jardines de la mansión y acabaron en la perrera, situada junto a las caballerizas.
Los Richmond eran aficionados a la caza, y uno de los perros que utilizaban para ese fin había tenido cinco cachorros. Eran beagles de cuatro meses, muy activos y juguetones.
—Los están empezando a adiestrar. Ya obedecen e incluso recogen un palo si se lo lanzas —explicó Samantha.
De pronto, el estómago le rugió y se ruborizó—.
Tengo hambre. Voy a la cocina a ver si quedan algunas de las galletas de chocolate de la abuela y las traigo, ¿vale?
Tú quédate aquí jugando con los cachorros.
Kathleen sonrió al ver cómo su amiga trotaba hacia la casa.
A Samantha le encantaban los dulces y tenía predilección por las galletas de chocolate que preparaba la duquesa viuda.
Siempre que la anciana visitaba la Academia Carlston, le llevaba unas cuantas y Samantha las compartía con Kathleen. Estaban exquisitas.
Los cachorros no paraban de corretear alrededor de Kathleen, enredándose entre sus piernas. Entonces vio un palo y decidió comprobar si realmente eran capaces de recogerlo.
Lo arrojó a un par de metros, y los cinco animalitos salieron disparados tras él. Después de enredarse unos con otros en su afán por atraparlo, uno de ellos lo apresó entre los dientes y se lo devolvió.
Kathleen soltó una risita al ver que los cachorros se quedaban mirándola expectantes, a la espera de que volviera a lanzárselo. Aquella vez, dispuesta a que llegara más lejos, echó el brazo hacia atrás todo lo que pudo, tomó impulso y lo arrojó con todas sus fuerzas.
Observó con una sonrisa de orgullo cómo el palo salía volando, pero palideció al ver que se dirigía directamente hacia la figura que acababa de aparecer tras un alto seto.
Nicholas Richmond.
Abrió la boca para advertirle, pero fue demasiado tarde: el palo lo golpeó en la cabeza.
El marqués se tambaleó hacia atrás y lanzó un improperio más propio de un estibador del puerto que de un aristócrata. Después alzó la mirada en busca del culpable.
Kathleen pensó en esconderse, pero, antes de poder hacerlo, los ojos acerados del muchacho se clavaron en ella. Los suyos se abrieron con horror al percatarse del hilillo de sangre que empezaba a deslizarse por la frente del marqués.
Su primer impulso fue huir por miedo a las represalias. Sin embargo, llevada por la culpa y la preocupación, se acercó corriendo a Nicholas.
—Yo… no quise… —empezó a decir, balbuceando, pero la expresión del marqués la intimidó y se quedó en blanco.
El muchacho se llevó los dedos a la sien, donde el palo le había abierto una pequeña herida. Hizo una mueca al ver la sangre y la fulminó con la mirada.
—Estoy empezando a pensar que me tienes antipatía, mocosa —masculló con voz seca y una ceja arqueada.
—Lo siento —musitó Kathleen, contrita—. No le tengo antipatía; se lo juro. Samantha siempre me habla muy bien de usted. Dice que es un poco arrogante y estirado, pero…
—¿Mi hermana dice que soy arrogante y estirado?
Kathleen se horrorizó al darse cuenta de que había hablado más de la cuenta.
—Samantha lo adora —se apresuró a aclarar—. Por favor, no le diga que se me ha escapado eso. No quiero que se enfade conmigo.
—¿Temes que no vuelva a invitarte a Bellrose House? —preguntó el marqués, y Kathleen detectó cierto matiz de cinismo en su voz.
—Temo que piense que no le soy leal —respondió, sincera—. Lo de que no me invite a venir aquí me trae sin cuidado. Si acepté venir fue solo por pasar más tiempo con Samantha.
—Hay muchos que matarían por el honor de recibir una invitación a Bellrose House.
—El honor es que Sam me considere su amiga —repuso ella, encogiéndose de hombros.
Nicholas se quedó mirándola con una expresión extraña, mezcla de sorpresa y curiosidad. Después, sin decir nada más, se giró y echó a andar hacia la casa.
—¿Adónde va? —inquirió Kathleen.
—A que me curen la herida —respondió el muchacho sin girarse.
—Yo se la he causado, así que yo se la curaré.
Entonces él sí la miró.
—Mocosa, no soy un muñeco con el que jugar. Mi herida sangra de verdad.
—No es la primera vez que curo una herida de verdad. Mi madre… —Se calló de golpe al percatarse de que iba a hablar de más.
En algunas de las ocasiones en que su madre se había visto obligada a prostituirse, los hombres con los que había estado no habían sido amables, y Anne había regresado a casa con golpes y heridas.
La peor ocasión que Kathleen recordaba había ocurrido cuando tenía siete años. La sobrina del reverendo Briggs, que era enfermera, había tenido que curarla e incluso coserle un corte especialmente feo en uno de los senos.
Kathleen había observado con atención cómo lo hacía y, en ocasiones posteriores, cuando su madre llegaba magullada, la niña la había asistido.
—Tu madre, ¿qué? —indagó el marqués al ver que no terminaba la frase.
—Una vez, mi madre se cortó con un abrecartas mientras abría un sobre, y yo la curé —improvisó Kathleen.
Nicholas la miró de forma penetrante, como si supiese que estaba mintiendo, pero no insistió.
—Está bien, veamos tus dotes de enfermera.
***
Nicholas condujo a la niña a la pequeña enfermería de la mansión. Era una habitación situada junto a la cocina, con un armario en el que se guardaban remedios de toda clase y una camilla en la que reposar.
El doctor Guttmann, amigo y médico de la familia, se ocupaba de supervisar las medicinas que había allí y había dado instrucciones a varios miembros del personal sobre cómo tratar heridas menores. Aunque su mejor alumno, sin duda, era Joshua.
El sueño de su hermano menor era convertirse en médico, y Nicholas estaba convencido de que lo lograría. Tenía inteligencia, pasión y determinación de sobra para ello.
Lo más sensato habría sido llamar a Joshua para que le curase la herida, pero Kathleen le intrigaba y decidió permitirle hacerlo.
Era una niña curiosa. Tenía la misma edad que Samantha, pero había algo en ella que la hacía parecer mayor.