Capítulo 1
Dos años después…
Kathleen Anne Swan estaba aprendiendo muchas cosas en la Academia Carlston para Señoritas: a expresarse en francés, a traducir sencillos pasajes en latín, a sumar columnas interminables de cifras, a distinguir a los dioses y héroes de la mitología clásica, a situar en un mapa los reinos de Europa, a comprender las grandes épocas de la historia, a reconocer las constelaciones, a recitar pasajes de Shakespeare sin que se le trabara la lengua, a pintar con acuarelas, a elegir los cubiertos adecuados en la mesa y a caminar erguida.
También había aprendido que una dama no corría por los pasillos, no hablaba con la boca llena, no señalaba con el dedo, no se limpiaba las manos en la falda, no se guardaba comida en los bolsillos y no podía, bajo ninguna circunstancia, dar un puñetazo a otra niña, aunque esta le hubiese tirado de las trenzas o fuese diciendo cosas desagradables sobre una compañera.
Eso último le había costado bastante.
La adaptación no fue fácil. Durante el primer mes que pasó allí, antes de que empezara el curso escolar, la señora Carlston le encargó ropa y zapatos nuevos, y se dedicó a pulir sus modales y a mejorar su dicción para borrar cualquier rastro de su vida pasada en Whitechapel.
También la ayudó a completar la coartada que Heather había ideado sobre sus orígenes.
Le hizo memorizar datos hasta que ella misma casi llegó a creérselos: que había vivido en Boston hasta entonces; que su padre, Marcus Swan, era un acaudalado banquero; que sus padres habían muerto en un accidente de carruaje y que, al encontrarse sola en el mundo, no había tenido más remedio que trasladarse a Inglaterra para quedar bajo la tutela del único familiar que le quedaba: la hermana de su madre, la señora Heather Lovejoy, una rica viuda residente en Londres.
Gracias a la señora Carlston, Kathleen logró aclimatarse a la vida en el internado. En poco tiempo, la mujer se convirtió en una segunda madre para ella. Era severa y estricta, pero también la trataba con cariño y paciencia, y era una educadora excepcional.
Dirigía una escuela femenina de carácter progresista.
En otros centros para señoritas solo se educaba a las niñas para ser esposas y madres ejemplares y para saber llevar un hogar.
En cambio, en la Academia Carlston se cultivaba la mente de las alumnas al mismo nivel que en los colegios masculinos, otorgándoles incluso la posibilidad de acceder a estudios universitarios.
Otra de las singularidades de la Academia Carlston era que no hacía distinción entre las niñas de estirpes aristocráticas y las procedentes de familias de nuevos ricos.
De hecho, la señora Carlston procuraba la integración de ambos mundos, empezando por la elección de las parejas que compartirían cuarto.
Las habitaciones eran dobles y solían estar ocupadas por una niña de procedencia aristocrática y otra de origen más modesto, elegidas por la directora con cuidado.
Fue así como Kathleen acabó compartiendo habitación con lady Samantha Evangeline Amber Richmond, la hija del todopoderoso duque de Bellrose.
—No pongas esa cara, Kat —comentó Samantha, sentada frente a ella en la cama con las piernas cruzadas bajo las faldas, en una postura que habría horrorizado a la señora Carlston—. Parece que te haya dado una mala noticia.
—Es solo sorpresa —repuso Kathleen con una mueca—. No esperaba que me invitaras a pasar las vacaciones de verano contigo en Bellrose House.
Desde que la había conocido, Samantha no había dejado de sorprenderla.
Al principio se había mostrado tímida y cautelosa, pero, en cuanto ganó confianza con Kathleen, resultó ser una niña cariñosa, divertida e impetuosa.
Con todo, lo que más le había asombrado era que, pese a ser la hija de uno de los hombres más poderosos de Inglaterra, se comportaba con ella como si fueran iguales y nunca la había menospreciado.
No hacía alarde de su estatus, de su fortuna ni de su belleza, aunque era una niña deslumbrante.
—¿Tus padres están de acuerdo? —preguntó Kathleen, dudosa.
—De hecho, han sido ellos quienes me lo han sugerido —reveló Samantha con una sonrisa—. Te adoran.
Eso era otra cosa que la pasmaba. Los padres de Samantha, los duques de Bellrose, eran muy atentos con Kathleen. Cuando los había conocido, dos años atrás, el duque se había mostrado algo receloso y la había mirado con una severidad que la intimidó.
Nathaniel Nicholas Ambrose Richmond, séptimo duque de Bellrose, era un hombre imponente.
A sus casi cincuenta años, poseía una arrogancia innata, respaldada por uno de los apellidos más influyentes de Inglaterra.
Su figura resultaba igualmente avasalladora: un metro noventa de estatura y complexión atlética.
Tenía el cabello moreno y unos ojos de color gris claro tan afilados como el acero; algunos decían que podían convertir a los hombres en piedra, y parecían completar el aura de poder que lo envolvía.
En cambio, Madeleine Richmond, la duquesa, se había mostrado muy cálida y afectuosa con ella desde el principio.
Era incluso más hermosa que Heather. En su juventud había sido apodada la Rosa Perfecta por la propia reina Victoria, en reconocimiento a su inigualable belleza y a su exquisita elegancia.
Se habían escrito infinidad de versos sobre las ondas doradas de su cabello, el azul celeste de sus ojos y la perfección de sus rasgos.
Y el paso del tiempo no había marchitado aquella hermosura.
En cada visita que los duques hacían a su hija, dedicaban también un rato a Kathleen y, con el tiempo, el duque había dejado de mirarla con recelo y había pasado a mostrarse tan amable con ella como su esposa.
—Mi abuela también está deseando volver a verte. Me ha dicho que podremos ayudarla a hacer galletas.
Kathleen sonrió al imaginar a la duquesa viuda en la cocina. Solía ir de visita con los duques para ver a su nieta y siempre llevaba algún dulce preparado por ella misma. Era una anciana encantadora.
—Ya verás lo bien que lo pasamos en Bellrose House —prosiguió Samantha, y la sonrisa de Kathleen vaciló—. Será… —Samantha se detuvo de golpe y puso los ojos en blanco—. Otra vez estás poniendo cara de susto.
—No es susto; es que me siento un poco abrumada solo de pensar que voy a ir a Bellrose House —reconoció Kathleen.
—¿Por qué? —preguntó Samantha, desconcertada—. Es solo una casa.
—¿Estamos hablando de la misma «casa» en la que dices que te pierdes cada vez que vas? —repuso Kathleen, arqueando una ceja—. ¿La que todas nuestras compañeras aseguran que es una de las más grandes de Inglaterra?
—Bueno, tal vez sea grande, pero no deja de ser una casa con habitaciones —repuso Samantha, con un aspaviento para restarle importancia.
—Trescientas sesenta y cinco habitaciones —señaló Kathleen con voz seca.
—Cuando hablas en ese tono y arqueas la ceja, me recuerdas a mi hermano Nicholas —comentó Samantha con una risita.
Samantha le había hablado mucho de sus dos hermanos, Nicholas y Joshua, y de su media hermana Sarah, fruto del primer matrimonio del duque, pero Kathleen todavía no había conocido a ninguno de ellos.
Sarah se había casado con un laird escocés y vivía en las Highlands.
En cuanto a los dos chicos, ambos estudiaban en Eton.
—¿Nicholas es el que tiene el título de marqués de Dunmore?
—Sí, aunque no te dejes apabullar por él, porque tiende a ser bastante arrogante y estirado. Después de todo, solo tiene un título de cortesía por ser el heredero del ducado.
—¿Que no me deje apabullar por un marqués que va a heredar un ducado?
Por supuesto que no —bufó Kathleen en tono irónico—.
Tampoco voy a dejarme impresionar por una casa de trescientas sesenta y cinco habitaciones ni por tus padres, que, aunque dices que me adoran, no dejan de ser duques… —Se le quebró la voz.
De inmediato, Samantha se inclinó hacia ella para tomarle la mano.
—Me niego a que pases otro verano encerrada aquí cuando puedes venir conmigo y divertirnos juntas —declaró con seriedad. Al ver que Kathleen todavía dudaba, hizo un encantador mohín que dejó al descubierto sus hoyuelos—. Hazlo por mí, Kat. Me aburriré mortalmente si no estás conmigo.
Kathleen se mordió el labio, indecisa. Samantha tenía razón: si no aceptaba su propuesta, volvería a pasar el verano encerrada en la Academia Carlston. Heather decía que estaba muy ocupada y apenas la visitaba.
Cuando la sacaba de la escuela, era solo durante una semana en Navidad. En ese tiempo, su tía la acogía en su casa de Londres, la llevaba de compras y a ver espectáculos. Eran pocos días juntas, pero Heather la mimaba y la colmaba de regalos, y Kathleen sentía que, a su manera, la apreciaba.
—Venga, di que sí —insistió Samantha—. Amicae in aeternum —añadió, blandiendo su última arma: el lema que siempre esgrimían para recordar que su amistad era especial.
Al final, Kathleen accedió. Solo esperaba no arrepentirse.
Haría todo lo posible por causar una buena impresión, incluso ante el arrogante y estirado marqués de Dunmore.
***
La primera vez que Kathleen se encontró cara a cara con Nicholas Richmond, le vomitó encima.
En su defensa, podía decir que se sentía exhausta porque los nervios no le habían permitido dormir la noche anterior, y que el viaje de casi cinco horas en carruaje hasta Bellrose House le había revuelto el estómago. Un malestar que se había incrementado al ver la mansión por primera vez.
Bellrose House se alzaba sobre una elevación natural de las Surrey Hills, rodeada por una finca tan extensa que contenía praderas para la caza, un lago bordeado de sauces, un bosque y caminos privados que se perdían entre hayas centenarias.
La mansión era mucho más majestuosa y grande de lo que había imaginado, tal vez porque su mente no concebía tanta inmensidad.
Estaba construida con piedra parda, que el sol volvía casi dorada.
Tenía alas laterales, hileras simétricas de ventanas, chimeneas, terrazas, balaustradas y una amplia escalinata que descendía hacia una cuidada explanada, en cuyo centro se alzaba una gran fuente.
Cuando el carruaje por fin se detuvo ante la entrada, sintió tanta angustia que tuvo que esforzarse por contener una arcada.
—Estás pálida —señaló Samantha, mirándola con preocupación.
Ni siquiera su charla dicharachera durante el trayecto había podido aplacar los nervios de Kathleen.
—Estoy algo mareada —musitó.
—En cuanto bajemos y te dé el aire, te sentirás mejor.
La portezuela se abrió en ese instante y la luz que entró por la abertura las deslumbró unos segundos.
—¿Dónde está mi hermana pequeña preferida? —preguntó una voz joven y masculina desde el exterior.
El rostro de Samantha se iluminó al instante.
—¡Qué tonto eres, Joshua! Soy tu única hermana pequeña; normal que sea tu preferida —respondió mientras se apresuraba a salir.
Ni siquiera aguardó a que el lacayo la ayudara a descender. Se arremangó las faldas y bajó de un salto.
Kathleen la siguió despacio, sintiéndose cada vez más descompuesta.
La carcajada cantarina de su amiga llegó hasta ella mientras un muchacho de una belleza impactante la alzaba y la hacía girar en el aire.
Sin embargo, su atención quedó enseguida presa del otro joven, que los observaba a poca distancia con expresión condescendiente.
Era alto y tenía una presencia solemne y autoritaria.
En aquel instante, él reparó en Kathleen y entrecerró los ojos. Eran del color de la plata y estaban rodeados de espesas pestañas negras, tan hermosos como intimidantes. Ella supo de inmediato quién era: Nicholas.
La miró de arriba abajo y Kathleen se encogió un poco ante el brillo inquisitivo que cruzó su mirada. Nicholas empezó a acercarse, y ella sintió que la saliva se espesaba en su boca, más aún cuando comenzó a hablar.
—Tú debes de ser…
De pronto, Kathleen tuvo una arcada que no pudo contener, y el vómito fue a parar justo sobre el arrogante y estirado marqués de Dunmore.
Escuchó una maldición mascullada entre dientes y a Samantha exclamar su nombre en tono preocupado, pero no levantó la mirada. Se sentía miserable y todo le daba vueltas. Por suerte o por desgracia, se desmayó por primera vez en su vida.