Prólogo #2
Kathleen no era tonta. En un barrio como Whitechapel, los tontos no duraban mucho.
Su madre se ganaba la vida cosiendo, pero no siempre tenía encargos suficientes para salir adelante.
Kathleen sabía lo que se había visto obligada a hacer, de vez en cuando, para poder poner un plato en la mesa.
Sin embargo, no se lo reprochaba. Lo había hecho por ella.
Como su madre siempre le decía: «Cuando de verdad amas a alguien, eres capaz de todo por protegerlo».
Y, si de una cosa estaba segura, era de que su madre la había amado.
—Tú prometes ser una belleza notable, como yo —continuó su tía—. Tan solo hay que poner un poco de carne en esos huesos, darte modales y una buena educación —apuntó, lanzándole una mirada calculadora.
—¿Y así seré una dama?
—Nunca serás una verdadera dama, porque eres bastarda y naciste en el arroyo —corrigió su tía sin molestarse en dulcificar las palabras—, pero al menos podrás pasar por una si aprendes lo necesario.
Las apariencias son lo más importante en este mundo.
Si consigo introducirte en los círculos adecuados, con tu belleza seguro que pescas un buen marido.
¿Y quién sabe? A lo mejor incluso acabas viviendo en Kensington —agregó, con un brillo de codicia en la mirada que inquietó a Kathleen.
Ella no sabía nada de maridos. Ni siquiera de padres. Su madre nunca había estado casada, y lo único que le había contado de su progenitor fue que era un marinero de paso que le hizo muchas promesas y se fue sin cumplir ninguna.
—Aunque la belleza no es más que un arma y no debes depender completamente de ella —prosiguió la mujer—. La inteligencia es fundamental. Dime, Kathleen, ¿sabes leer y escribir?
—Sí, mamá me obligaba a ir a la escuela parroquial.
—Bien, eso te facilitará las cosas.
En algún momento del camino debió de quedarse dormida, porque su tía la despertó con un suave zarandeo. Kathleen miró a su alrededor, somnolienta y confundida.
—Estamos llegando —aclaró Heather.
Kathleen se asomó por la ventanilla. Habían dejado atrás todo rastro de la ciudad y viajaban por un paisaje bucólico.
Nunca había visto un sol tan brillante, un cielo tan azul ni un verde tan intenso como el de la campiña inglesa en un hermoso día de verano.
Respiró profundamente, intentando reconocer alguno de los olores que le eran familiares.
Nada. En cambio, aspiró con fruición los nuevos aromas que le ofrecía la naturaleza, sin saber cómo identificarlos.
—¿Seguimos en Londres?
—No, estamos en las afueras de Englefield Green, en el condado de Surrey, al oeste de Londres —explicó Heather.
El carruaje enfiló un camino bordeado de frondosos chopos. La luz se filtraba a través de las hojas, creando un hermoso caleidoscopio de colores mientras avanzaban. Al final del sendero, un inmenso edificio de piedra gris y tres plantas de altura las aguardaba con solemnidad.
—Es impresionante, ¿verdad? —preguntó Heather.
—Mucho.
—Es un bello ejemplo de arquitectura isabelina. ¿Ves las formas clásicas? ¿Las líneas puras? ¿La simetría en las proporciones? —indicó su tía, señalando la fachada.
—Vaya, es verdad. Tiene mucha simetría —convino Kathleen, observando el edificio con atención.
La mujer asintió satisfecha.
—Tía Heather, ¿puedo hacerte una pregunta? —se atrevió a decir Kathleen, pasados unos instantes. Esperó a que su tía asintiera—. ¿Qué significa «simetría»?
—Significa que te va a venir muy bien estudiar en este lugar —musitó su tía, poniendo los ojos en blanco.
El carruaje se detuvo al pie de la escalinata de entrada.
—Escucha, Kathleen: este internado para señoritas es uno de los más exclusivos del país. Vas a poder codearte con las hijas de la flor y nata de la sociedad inglesa, y no creo que te beneficie que se sepa que eres una rata de alcantarilla venida de Whitechapel —expuso con frialdad.
Kathleen se sintió humillada ante la crudeza del comentario, pero permaneció en silencio y dejó que su tía continuara.
—Por eso, lo mejor es que mantengas tu procedencia en completo secreto —advirtió muy seria—.
En caso contrario, ni siquiera se dignarían a hablar contigo.
La alta sociedad es muy elitista. Si te preguntan sobre tus orígenes, di que vienes de una familia de banqueros de Estados Unidos, que tus padres fallecieron y has tenido que venir a vivir conmigo.
Los banqueros siempre son respetados y los huérfanos dan pena.
Seguro que así te integras a la perfección.
A partir de ahora, te llamarás Kathleen Anne Swan. ¿Lo has entendido?
Kathleen asintió con un nudo en el estómago.
—Buena chica —la alabó, palmeándole la cabeza como si fuese un cachorrillo complaciente.
—Pero ¿cómo van a aceptarme aquí si es un lugar tan exclusivo?
—Tranquila, conozco a la directora y no habrá problema. Espérame aquí mientras hablo con ella —le indicó Heather. Después descendió con movimientos elegantes y empezó a subir los escalones con porte regio.
Kathleen obedeció sin dudar, demasiado intimidada por la imponente figura que apareció en lo alto de la escalinata.
Era una mujer de unos cuarenta años, alta y delgada como un junco, con el pelo oscuro recogido en un rodete apretado.
Su rostro de facciones afiladas lucía una expresión severa mientras observaba a las recién llegadas.
Iba ataviada con un vestido de corte austero que se mimetizaba a la perfección con el gris del edificio.
Era evidente que no se alegraba de verlas; su ceño fruncido era prueba suficiente de ello.
Tía Heather y la directora intercambiaron unas palabras en voz baja.
Kathleen trató de aguzar el oído con disimulo, pero le fue imposible escuchar nada.
Pasados unos tensos minutos, su tía se giró hacia ella con una sonrisa satisfecha.
Fuera lo que fuese lo que habían tratado, tía Heather había ganado.
—Kathleen, ven aquí, por favor.
La niña bajó del vehículo y subió la escalinata con renuencia.
—Querida, esta es la señora Carlston, la directora de esta prestigiosa escuela. Está encantada de que pases aquí los próximos años —añadió, dirigiendo una mirada de advertencia a la mujer.
—Encantadísima —convino la señora Carlston con una sonrisa tensa.
—Mi tía dice que este va a ser mi nuevo hogar —apuntó la niña con mirada solemne, sin disimular del todo la vulnerabilidad que sentía—, y que aquí me enseñarán a parecer una dama.
La señora Carlston debió de leer algo en su rostro, porque sus ojos se suavizaron.
—Sí, pequeña, este va a ser tu nuevo hogar —aseguró en tono amable—, y sí, aquí te enseñaremos a ser una auténtica dama.
Su voz se tornó gélida cuando se dirigió a Heather:
—Aguardaré dentro para daros intimidad mientras os despedís.
Cuando quedaron a solas, su tía se agachó para ponerse a su altura y la miró muy seria.
—Escucha, Kathleen, y escúchame bien. Te estoy concediendo una gran oportunidad al traerte aquí.
Si te aplicas, puedes adquirir grandes conocimientos.
Y el conocimiento es poder. Créeme: en este mundo de hombres, para que una mujer sea tenida en cuenta, tiene que ser poderosa. Recuérdalo siempre. ¿Lo has entendido?
Kathleen asintió, memorizando aquellas palabras.
—Sé una buena niña y vendré a verte dentro de poco —prometió Heather, palmeándole el hombro a modo de despedida.
Kathleen no esperaba más; después de todo, se acababan de conocer. Aun así, no consiguió evitar la sensación de abandono. Ahora, su tía era la única persona en el mundo a la que parecía importarle algo su vida.
Un pensamiento la asaltó cuando Heather estaba a punto de subir al carruaje.
—Tía Heather, ¿tú eres una mujer poderosa?
—Bastante —respondió su tía, dirigiéndole una mirada calculadora—, pero, con tu ayuda, algún día espero serlo mucho más.
Kathleen trató de encontrar sentido a aquellas palabras mientras veía cómo su tía subía al carruaje sin mirar atrás. No entendía de qué modo una niña como ella podía ayudarla a tener más poder.
—¿Solo traes esa bolsa? —La voz de la señora Carlston la hizo dar un respingo.
Se giró y la vio allí, de pie en el umbral de la puerta.
—Es todo lo que tengo —admitió, encogiéndose de hombros.
La mirada de la mujer la recorrió de la cabeza a los pies de forma analítica, y Kathleen se esforzó por no bajar la vista ante el disgusto que reflejó su expresión.
Sabía lo que aquella mujer podía ver: que estaba demasiado delgada, que su vestido era viejo y que sus zapatos estaban tan desgastados que incluso tenían un par de agujeros.
—La señora Lovejoy ni siquiera se ha dignado a comprarte algo de ropa nueva —refunfuñó, con cierto retintín en el nombre.
Entonces Kathleen entendió que el disgusto no era por ella, sino por su tía. De hecho, el tono de la señora Carlston se suavizó cuando siguió hablando:
—No te preocupes, me encargaré de conseguirte vestidos y zapatos nuevos —le aseguró, dedicándole una sonrisa que dulcificó su semblante—.
Por suerte, el curso escolar acaba de terminar; las alumnas están disfrutando de sus vacaciones estivales y no regresarán hasta dentro de un mes, así que tenemos ese tiempo para borrar cualquier rastro de tu pasado y prepararte para tu nuevo futuro —explicó, tendiéndole la mano—.
Ven conmigo, pequeña. Te enseñaré el lugar que será tu hogar durante los próximos años.
Kathleen aceptó la mano sin vacilar.
Su destino acababa de cambiar de un modo sorprendente, y estaba dispuesta a afrontarlo con valentía.