Detrás de la máscara
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Prólogo
A pesar de ser temprano, el aire no era fresco.
Allí, en el cementerio de Tower Hamlets, era tan denso que se pegaba a la piel y olía a tierra y a muerte.
El sol empezaba a asomar en el cielo cuando los sepultureros bajaron el ataúd, mientras varios cuervos seguían con atención todos sus movimientos.
No había flores. Tampoco lápida. Solo una fosa abierta en la que ya descansaban otros cuerpos. Algunos, incluso, sin nombre.
Kathleen Anne Sweeney se despidió en silencio de su madre. Sabía que aquel día llegaría, aunque no esperaba que sucediera tan pronto.
Anne, su madre, era de constitución delicada y enfermaba con frecuencia.
Hacía un par de semanas, unas fiebres la habían debilitado mucho; parecía mejorar, pero, de repente, mientras terminaba uno de sus encargos de costura, empezó a ahogarse, se le pusieron los labios morados y tosió sangre.
Murió aquella misma noche. De eso hacía dos días.
Kathleen no lloró, tal vez porque estaba demasiado aterrada para hacerlo.
Con solo ocho años, se había quedado sola en el mundo.
Sabía dónde acabaría una huérfana como ella: en South Grove Workhouse, un asilo para pobres.
El reverendo Briggs le había dicho que era un buen lugar; ella, sin embargo, había escuchado historias escalofriantes sobre aquella clase de sitios.
Si no quería ir allí, su única opción era escapar y vivir en las calles, aunque ese podía ser un destino aún peor para una niña sola.
—Polvo eres y al polvo volverás…
Las palabras del cura la hicieron estremecer.
Apretó contra su pecho el fardo con sus escasas pertenencias: un cepillo para el pelo que su amiga Patty le había regalado —mucho se temía que fuera robado—; un camisón que ya le quedaba pequeño; un vestido que su madre le había confeccionado con retales de varios encargos; una muñeca de trapo, también obra de su madre, con la que dormía cada noche, y el dedal con el que cosía.
El reverendo Briggs terminó la oración con voz cansada y miró a Kathleen con pesar.
Era un buen hombre y, según su madre, de esos había pocos.
Había sido el único que les prestó ayuda cuando Anne enfermó: les llevó comida y se preocupó por su bienestar.
Además, había permanecido junto a Anne en sus últimos instantes, velando por su alma y asegurándole que cuidaría de Kathleen.
Le había dado cobijo durante aquellos dos días, según él, a la espera de una intervención divina que la librara del asilo.
A Kathleen se le llenaron los ojos de lágrimas, pero las contuvo con entereza. Su madre le había dicho que debía ser valiente. Ser valiente, descubrió, era no dejarse arrastrar por la desesperación cuando lo había perdido todo.
Algo a su espalda captó la atención del reverendo.
Su rostro se llenó de sorpresa. La niña se giró con curiosidad y dejó escapar una exclamación ahogada al ver a una dama de una hermosura casi angelical.
Llevaba un vestido verde oscuro que hacía resaltar su brillante cabello cobrizo y tenía la piel tan perfecta que parecía de porcelana.
Resultaba casi una aberración ver caminar a una mujer tan bella y elegante por aquel cementerio.
—Ni siquiera se ha dignado a venir vestida de luto —refunfuñó el reverendo Briggs.
—¿La conoce? —preguntó Kathleen.
—Es la hermana pequeña de tu madre. Anne me pidió que le enviara una nota en caso de que falleciese. Aunque, siendo sincero, no pensé que vendría.
La niña volvió a fijarse en la mujer. ¿Aquella señora era su tía?
Era difícil de creer. Trató de encontrar algún parecido con su madre, pero no lo consiguió.
Aunque ambas eran pelirrojas, los tonos eran distintos.
No había nada en ella que le recordase al rostro amoroso que nunca más volvería a ver.
La dama se acercó con gesto de disgusto; al ver a Kathleen, su expresión cambió y sus ojos adquirieron un brillo duro y calculador.
«Tal vez aquella mujer no fuese tan angelical después de todo», pensó Kathleen.
—Heather Sweeney, nunca creí que volvería a verte pisando Whitechapel —comentó el reverendo Briggs.
—Ahora soy la señora Lovejoy —repuso ella, seca—. ¿Es la hija de Anne? —añadió mientras la examinaba de la cabeza a los pies.
Kathleen advirtió en la expresión de la mujer cierto desagrado ante su vestido ajado, aunque también interés cuando sus ojos se detuvieron en su pequeño rostro con forma de corazón. Le alzó la barbilla sin demasiado cuidado para observarla mejor.
—Es hermosa. Sin duda será toda una belleza —declaró, aunque no había rastro de ternura en su voz.
—De ahí mi preocupación por ella —dijo el reverendo Briggs—. Ya sabes cómo terminan las niñas bonitas por aquí, y en South Grove Workhouse, por desgracia, tampoco podré protegerla.
La dama sabía muy bien lo que les ocurría a las niñas bonitas allí, en Whitechapel, porque su rostro se crispó apenas un instante.
—Sería como echar perlas a los cerdos, ¿no? —musitó.
—Mateo 7:6 —precisó el cura—. Veo que recuerdas mis sermones.
—Por desgracia, recuerdo más cosas de las que he podido olvidar —susurró la mujer.
Volvió a clavar los ojos en Kathleen y, tras una breve pausa, suspiró.
—No se preocupe: yo me haré cargo de ella.
***
Una hora después, Kathleen miraba con asombro por la ventanilla del carruaje en el que viajaba con su tía.
—Señora, ¿qué ciudad es esta?
—Ya te he dicho que debes llamarme tía Heather —la reprendió la mujer, distraída.
Como Kathleen acababa de conocerla, le costaba asimilar que alguien como aquella mujer fuera su pariente.
—Perdón, seño… tía Heather.
Su tía sonrió complacida y el interior del carruaje pareció iluminarse con el gesto.
Nunca había visto a una mujer tan bella y elegante, y eso que se había cruzado con muchas muy refinadas.
Cuando su amiga Patty y ella iban a Covent Garden a vender flores o cerillas, había contemplado a verdaderas damas de esas que tenían títulos aristocráticos, luciendo sus mejores galas y joyas para asistir a la ópera o a alguna obra de teatro.
Sin embargo, para Kathleen, su tía era inigualable.
Parecía brillar con luz propia, con ese cutis tan blanco y aquel cabello cobrizo con toques dorados que reflejaba los rayos del sol a cada movimiento.
Su vestido era de un tejido tan suave que las manos de Kathleen insistían en acariciar la tela a hurtadillas, aunque la mujer le había advertido varias veces que no era correcto.
—Seguimos en Londres —explicó Heather, respondiendo a su pregunta—. Este es el barrio de Kensington.
«Pues no parece Londres», pensó Kathleen, extrañada.
O, al menos, no el Londres que ella conocía.
Ni siquiera Covent Garden podía compararse.
En cuanto a Whitechapel, sus calles olían a orín y a cosas peores.
Era un barrio de callejones oscuros, llenos de basura e inmundicias, donde las cucarachas reinaban a sus anchas.
El mundo de Kathleen estaba plagado de ellas.
Cucarachas enormes como ratas.
Ratas grandes como gatos.
Gatos tan gordos que parecían cerdos.
Personas que olían peor que los cerdos.
Eso describía bastante bien el barrio donde Kathleen había vivido hasta entonces.
La niña sintió una opresión en el pecho al recordarla y, para mitigar el dolor, fijó su atención en la interminable sucesión de mansiones, jardines y parques que desfilaban ante la ventanilla.
La gente paseaba con tranquilidad, disfrutando del sol veraniego.
Las damas, protegidas por primorosas sombrillas, iban escoltadas por elegantes caballeros con sombrero de copa.
Los niños corrían felices, dejando a su paso una estela de risas.
Sin preocupaciones. Sin miedo.
Eso era impensable en el lugar de donde venía.
En Whitechapel reinaba el temor. Miedo a pasar hambre, a vivir con el estómago rugiendo por falta de alimento; miedo a las enfermedades, a las muchas epidemias que asolaban sus calles por la falta de higiene; miedo a la oscuridad, porque en aquellas calles se escondían toda clase de monstruos con forma de hombres que violaban, robaban y mataban sin pensárselo dos veces.
—¿Tú vives aquí?
—Ojalá —suspiró Heather—. Solo los nobles más ricos y poderosos pueden permitirse el lujo de vivir en Kensington.
—¿Falta mucho para llegar a tu casa?
La mujer la miró con horror.
—No vamos a mi casa —respondió con una risita nerviosa—.
Llevo una vida demasiado ajetreada como para hacerme cargo de una niña —explicó, un tanto incómoda—.
Voy a llevarte a una escuela para señoritas, para que aprendas todo lo necesario para moverte en la alta sociedad.
Ese será tu nuevo hogar. —Acarició los rizos de la niña, pensativa, mientras seguía hablando—.
¿Sabes? Te pareces mucho a mí cuando era pequeña, aunque con el pelo rubio y esos ojos de color índigo tan peculiares.
—Pero mis ojos son azul oscuro, no índigo —aclaró Kathleen, confundida.
—Índigo es el nombre de esa tonalidad de azul —explicó Heather, soltando una risa musical, como el tintineo de una campanilla—.
Tu padre debió de ser un hombre muy apuesto.
Por suerte para ti, debes de parecerte a él y no a tu madre.
Anne era una mujer corriente, del montón.
Su pelo color zanahoria y sus ojos marrones eran de lo más ordinario.
Kathleen se revolvió en su asiento. La crítica hacia su madre le dolió, pero temió replicar por si su tía se enfadaba.
Para ella, su madre no había sido ni corriente ni ordinaria.
Todo lo contrario. Había sido una mujer fuerte, cariñosa y amable, que había cuidado de ella lo mejor posible dadas sus circunstancias.
Y habría seguido haciéndolo si no hubiera sucumbido a la enfermedad.
Cuando se encontraba demasiado débil como para salir de casa, Kathleen se había encargado de atenderla.
Siempre se habían cuidado la una a la otra. Hasta el final.