Maddie
Dios. Tengo el corazón a mil.
Respiro por la nariz y por la boca. No estoy en baja forma, porque Grayson me ha estado enseñando a boxear en casa.
Corro lo más rápido que me permiten las piernas hacia los árboles. Las hojas crujen bajo mis pies.
Quiero que me atrape. Pero la emoción que ahora mismo me recorre las venas hace que esto merezca la pena.
Sus pasos pesados resuenan detrás de mí y yo sonrío. Me lleno de excitación. Aunque el aire frío me envuelve la piel, ardo de deseo.
Estoy deseando que me ponga las manos encima.
Apoyo la palma en la corteza áspera de un árbol cuando me paro a pensar en qué voy a hacer a continuación. El bosque tiene muchos kilómetros de extensión.
—¿Es que quieres que te pille ya? ¡Corre! —grita Grayson desde detrás de mí, y eso me obliga a ponerme en marcha.
Giro a la izquierda. Las piernas cada vez me pesan más.
Su olor, una mezcla de cuero y humo de leña, me llega antes de verlo. Me roza la cadera con la mano y su contacto me produce un escalofrío que me recorre la espalda, pero enseguida me zafo y sigo corriendo.
Aunque no tarda en alcanzarme de nuevo. Esta vez me agarra con firmeza y los dos caemos al suelo. Yo aterrizo sobre él, que rueda para ponerse encima.
Le empujo el pecho con todas mis fuerzas con un gruñido, y la inercia me tira otra vez sobre la hierba fresca.
Intento escapar, pero él se acerca a mí a cuatro patas, con las palmas ásperas apoyadas en la tierra, me coge por el tobillo y me da un tirón para traerme de vuelta a donde está él.
—Te pillé, cielo. —Me pone la mano en el cuello y me obliga a sentarme.
Nuestros labios se unen, me aprieta el cuello con los dedos y me deja sin aire.
Estoy a punto de explotar.
El ruido de la cremallera de sus pantalones resuena en el bosque. Me baja los tirantes del vestido en un movimiento hábil. Yo echo la cabeza atrás cuando él me recorre la piel ardiendo con la lengua.
Me agarra por las caderas y me levanta para ponerme a horcajadas sobre él. Yo froto las caderas contra su miembro y él me clava los dientes en el cuello, me cubre los pechos con las manos y me los aprieta.
—Joder, cómo me pone esto —gruñe, y me arranca las bragas.
Yo alzo las caderas, le cojo el pene y lo acerco a mi entrada.
—Estás mojadísima para recibirme. Perfecto —susurra.
Cierro los ojos y me dejo caer sobre él, sintiendo cómo me llena.
Me pone una mano en el culo y empieza a embestirme, decidiendo el ritmo.
Fuerte. Profundo. Salvaje.
Nuestros dientes chocan y su lengua baila dentro de mi boca.
Me hace suya.
—Esto es lo que necesita mi chica mala, ¿verdad? —susurra junto a mi oreja.
—¡Sí!
Echo atrás la cabeza y sigo su ritmo hasta que estoy muy cerca del éxtasis.
—Grita todo lo que quieras, cariño. Quiero oírte demostrar lo mucho que te gusta tener dentro la polla de tu marido.
Al instante, mis gemidos se vuelven más fuertes y él me obliga a tumbarme en el suelo. Me acerca el muslo al pecho y me agarra del cuello.
Cada embestida me consume. Me tiembla todo el cuerpo y la sangre me retumba en los oídos.
—Me falta poco, Grayson, por favor.
Me muerde la mandíbula y sus gruñidos intensifican mi necesidad de alcanzar la liberación.
—¿Quieres ese hijo? Pues suplícamelo más. Dime cuánto deseas que te folle.
Inspiro bruscamente.
—Grayson, lo necesito. Necesito que te corras dentro. Que me marques como de tu propiedad. Que dejes hasta la última gota dentro de mí. Por favor, por favor.
Me quedo sin aliento, mi espalda se arquea y él sigue embistiendo hasta llegar a lo más profundo de mi interior.
—Muy bien, has sido muy buena, ¿verdad? Suplicándome que me corra.
—S-sí. Córrete dentro. Dámelo todo.
—Joder, cielo —gruñe.
Chillo cuando me levanta las caderas y me presiona ese punto tan sensible con cada embestida.
—Grita. Quiero oír bien alto quién es el dueño de tu sexo.