Grayson
Es como pulsar un interruptor. Le doy un azote en el culo y ella se deja llevar, su cuerpo tiembla y su interior me aprieta con todas sus fuerzas.
Sus gritos de placer resuenan en el aire y yo me derramo dentro de ella.
Hasta la última gota queda en su interior.
—Eres lo mejor para mí —aseguro apartándole el pelo de la cara.
Me quedo dentro de ella, todavía latiendo, pero la abrazo y la aprieto contra mi pecho, donde puede oír las palpitaciones erráticas de mi corazón.
Cierro los ojos cuando ella levanta la cabeza y me da un beso suave en el cuello, junto al tatuaje del sol que me he hecho por ella.
—Te quiero, Grayson.
Dios, me encanta esa voz ronca postorgásmica.
—Y yo a ti, cielo. Más que a mi vida.
Mientras le acaricio la espalda, ella se vuelve a tumbar contra mí y me pasa la mano por la barba.
—Noto cómo se te está despertando de nuevo la polla, y eso me está poniendo cachonda otra vez —susurra, y se muerde el labio con actitud seductora.
—Cariño, a mí siempre se me pone dura contigo —confirmo, bajando las manos por su espalda y agarrándole el culo.
Ella me empuja el pecho y yo me tumbo, estirando las piernas para que se pueda poner cómodamente a horcajadas sobre mí.
—¿Quieres quedarte encima?
Ella asiente despacio y se coloca el pelo tras el hombro.
Joder, es una belleza. La luz de mi vida.
—Como una buena amazona. Tenemos que fabricar un bebé, así que te quiero dentro de mí al menos el ochenta por ciento de este viaje. Puedes dormir hundido dentro de mí si te apetece.
Noto que se me está poniendo muy dura en su interior hasta que casi me duele.
—Joder, Maddie. Sabes que eso me encanta.
Me guiña un ojo, con un brillo travieso en los ojos, y me dedica una sonrisa deslumbrante y llena de amor.
—Tú me lo das todo y yo quiero hacer lo mismo por ti. —Se inclina y me roba un beso. Antes de que se aparte, le pongo la mano en la nuca y la mantengo en el sitio.
—Enséñame lo que quieres darme. Y después te voy a llevar otra vez a la cabaña.
Mueve despacio las caderas y un gemido suave se escapa de sus labios, un sonido a la vez sensual y torturado.
—¿Y luego? —pregunta jadeando.
—Te voy a empotrar contra los azulejos del baño debajo de la ducha y me voy a asegurar de que te quedas bien limpia, hasta el último centímetro.
—Trato hecho. Pero primero déjame conseguir lo que quiero de mi marido.
Una vez duchados y con la maleta deshecha, estoy deseando hacerlo otra vez.
Pero al final nos quedamos dormidos. Cuando me despierto y ruedo en la cama, me encuentro su lado vacío, pero todavía caliente.
¿Adónde ha ido mi preciosa mujer?
Aparto el edredón y voy al salón, donde la encuentro resoplando, irritada, intentando encender el fuego.
Dios, me encanta verla cabreada. Aunque sea por tonterías, se le enrojecen las mejillas y dilata las fosas nasales.
Reviso la habitación; no puedo desconectar de mi entrenamiento militar. Tengo todas las puertas y ventanas localizadas.
Y una ruta de escape planeada.
Estamos a salvo aquí, pero proteger a Maddie siempre va a ser mi prioridad; a pesar de que han pasado tantos años desde que estuve a punto de perderla, mi mente no lo olvida. Es un dolor que nunca se va.
Ella aplaude, da un saltito y deja caer el atizador en el suelo de madera cuando por fin la llama prende bien.
—¡Ay, mierda! —exclama, y yo me río bajito, lo cual llama su atención—. Podrías haber venido a salvar a esta damisela en apuros —dice girándose para mirarme, con una mano en la cadera.
Cruzo el espacio que nos separa y la abrazo con fuerza. Noto el calor de su cuerpo contra el mío y oigo que su respiración se acelera.
—No tengo nada de príncipe, ya lo sabes —susurro contra sus labios.
—No. Eres mi villano perfecto. ¿Y sabes lo que eso significa?
Sí que lo sé.
—Dímelo, cielo —pido bajando la voz y plantándole una mano en el culo.
Ella se pone de puntillas y me deja sin aliento cuando susurra junto a mi mandíbula:
—Una mujer muy sabia dijo una vez que los villanos follan mejor.
La levanto y ella me rodea la cintura con las piernas. Yo la empujo contra la pared.
—Pues tenemos toda la vida para demostrar que eso es cierto, cariño —aseguro, y la beso.
Ella se aparta, con una sonrisa seductora en la cara que hace que se le arruguen las comisuras de los ojos.
—Te quiero, Grayson. Ahora y siempre. Al hombre que fuiste y al que eres ahora. Adoro todas las versiones de ti.
Le acaricio la mejilla con el corazón martilleándome en el pecho.
—Y yo te voy a amar hasta el día en que me muera. Vivo por ti y por nuestra familia. Todo lo que hago es por vosotros. Y, con suerte, por el que vendrá en camino. Y tú eres y siempre serás la luz de mi vida, cielo.