Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 52. Grayson
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52. Grayson

Grayson

Veo pasar a toda velocidad las luces de la ciudad mientras nos acercamos al Embankment a la altura del puente de Waterloo.

El chófer me estaba esperando en el aeropuerto de Gatwick.

No paro de mover la pierna; todo el estrés de las últimas semanas se está disipando.

Todos los asesinatos y las lágrimas ya quedan atrás.

Lo único que me importa en la vida es ella.

Juro que, en cuanto vuelva a tenerla en mis brazos, no la voy a dejar ir.

No puedo volver a soportar este dolor.

No me he atrevido a preguntarle por el bebé. Solo espero que, por el bien de todos, los dos estén bien. No podría soportar la idea de que a Maddie le hubiera pasado algo, y mucho menos que nuestro hijo no estuviera sano y salvo.

Yo nunca había querido tener hijos, hasta que llegó ella.

Ahora lo quiero todo.

Quiero dejarla embarazada todas las veces que me lo permita. Una vez le dije que no podía ofrecerle la vida familiar que tanto deseaba. Pero me equivocaba. Puedo y voy a hacerlo, pienso darle todo lo que ha soñado.

El coche se detiene. Veo las luces rojas del London Eye. Esta es la última vez que voy a estar sin ella. Salgo del coche y noto el aire frío que me envuelve. Se me pone la carne de gallina cuando me acerco al acceso. La busco entre la multitud.

Mi mundo se para cuando aparece ante mis ojos su pelo rubio, que se agita con la brisa. Me está dando la espalda, con las manos apoyadas en el muro que da al Támesis.

Joder, no puedo esperar ni un segundo más.

Echo a correr en su dirección, con el corazón en la boca todo el tiempo. Reduzco la velocidad cuando llego a su lado y la abrazo por detrás. Su aroma a melocotón me calma al instante. Casi me había olvidado de lo bien que huele.

—¿Me has echado de menos? —susurro, enterrando la nariz en su pelo.

Ella da un respingo. Bajo las manos que tengo en sus costillas hasta su vientre un poco abultado, redondo y perfecto. Me las cubre con las suyas, que están frías.

Nuestro bebé.

Los he recuperado a los dos.

Se gira entre mis brazos y me rodea el cuello con los suyos. En cuanto nuestras miradas se encuentran, es como si hubiéramos vuelto a encajar. Todas las piezas desperdigadas han vuelto a su lugar.

Mi corazón al fin late de nuevo.

Le pongo las manos en el culo y la beso, entregándole todo lo que tengo. Vuelco en él todas estas semanas de dolor y sufrimiento. Me separo de ella a regañadientes y apoyo la frente en la suya.

Le sujeto la cara entre las manos y se la examino, y también el cuerpo, buscando lesiones.

Ella se echa a reír. Ese sonido me calienta las entrañas.

Me fijo en su mano izquierda. El anillo de compromiso brilla gracias a las luces de la ciudad.

Se la cojo y me la llevo a los labios para darle un beso al anillo.

—Sí —susurra—. Si me aceptas.

Le levanto la barbilla con el pulgar para que me mire a los ojos.

—No hay nada que desee más, Maddie. Me casaría contigo ahora mismo. Quiero que seas mía de todas las formas posibles.

Ella sonríe contra mis labios. Yo le acaricio la mandíbula y después bajo por el cuerpo, hasta detenerme en su vientre. Apoyo la palma debajo de su ombligo. A simple vista no se ve la curva, pero sí se nota.

—Gracias —digo con voz ahogada y cierro los ojos.

—Este de aquí dentro es muy fuerte. No te voy a mentir, hemos tenido un par de momentos en que he pasado miedo. Pero Frankie me ha traído un médico particular para revisarme todas las semanas.

Tenso la mandíbula al oírla mencionar a ese tío con esa familiaridad.

—Me ha cuidado. Bueno, a los dos —insiste.

Asiento e inspiro hondo. No quiero que mi ira asome su fea cabeza en este momento. Quiero centrarme en el amor de mi vida.

—Ya me lo contarás todo luego.

Asiente.

—¿Me llevas a casa?

—Eso es lo que he querido hacer desde que me desperté en esa cama de hospital. ¿Estás preparada para volver y pasar el resto de tu vida conmigo? ¿Una vida de sexo con el mismísimo demonio?

—Necesito que me folles, Grayson. No te haces una idea de lo cachonda que estoy ahora mismo. Estas hormonas enloquecidas y el olor de tu aftershave hacen que tenga ganas de desnudarte aquí mismo. Así que sí, lo estoy deseando.

Esta mujer está hecha para mí.

No hay duda de que nuestro destino en este planeta era encontrarnos. No hay nada ni parecido a esto.

—Vámonos. —Le doy otro beso en los labios.

Entrelazo los dedos con los suyos y volvemos al Bentley, que nos está esperando.

Yo le abro la puerta del coche. Cuando se agacha para entrar, gruño porque me roza el muslo con el culo.

Le doy un azote y ella gira la cabeza bruscamente.

Levanto las dos cejas, cierro su puerta y rodeo el coche para sentarme a su lado.

—¿Qué te parece si hacemos uso de esa habitación que tenemos en el Shard y cogemos el vuelo de vuelta mañana por la mañana? —le susurro al oído. Noto el calor de su mejilla contra la mía.

Me lo tomaré como un sí.