51. Maddie
Maddie
El enorme y corpulento Theo gruñe, cuelga el teléfono y abre la puerta. Estamos en un bonito Airbnb en el centro de Londres. Muy lujoso, con vistas al London Eye.
Me he tomado un té en la mesa del comedor, contemplando cómo flotaba la bolsita y recordando la visita que hice con Grayson a la ciudad. En cierto momento me he puesto tan roja que Theo me ha preguntado si quería que abriera una ventana. Hace un día soleado. El sol veraniego es espectacular.
Theo interrumpe mis pensamientos.
—Ya puedes irte. Estás libre.
Sonrío de oreja a oreja.
—¿De verdad? —pregunto.
Asiente y me sostiene la puerta abierta.
Solo llevo unas horas en la ciudad y ni siquiera he deshecho la maleta marrón que está junto a la puerta, sigue todo dentro. Salgo corriendo y la agarro del asa.
—El jefe ha dicho que gastes lo que quieras y te quedes en Londres el tiempo que te apetezca, pero puedes volver a Nueva York si lo prefieres.
Grayson. Necesito a Grayson.
Salgo por la puerta sin mirar atrás. No puedo arriesgarme a que cambie de opinión.
Soy libre.
Por fin puedo recuperar mi vida.
Y a mi hombre.
Subo al ascensor y pulso el botón para bajar. Tengo las mejillas empapadas por las lágrimas de felicidad. «Malditas hormonas».
El sol me quema la piel pálida. Supongo que eso es lo que pasa cuando llevas seis semanas encerrada. Me pongo la mano sobre el estómago que me ruge y no puedo evitar sonreír.
Paseo arrastrando la maleta, cuyas ruedas resuenan sobre la acera. Esta parte del Embankment está llena de gente. Hay niños corriendo y riéndose de los hombres con maquillaje plateado que fingen ser estatuas. Seguro que alguna de estas personas me presta su móvil.
Veo delante de mí a una mujer que no para de escribir mensajes. Tiene el pelo rubio recogido en una coleta alta y unas enormes gafas de sol que le tapan media cara.
—Perdone, señorita —llamo su atención y me acerco.
Ella levanta la vista del móvil, frunce el ceño y viene hacia mí apresuradamente.
—¡Hola! ¿Está usted bien?
—¿Me podría prestar el teléfono para hacer una llamada rápida? Es que no llevo el mío.
—Claro, tome. —Me pasa el aparato.
—Es una llamada a los Estados Unidos. ¿Puedo pagarle?
Ella sacude una mano y niega con la cabeza.
El teléfono hace un ruido de conexión extraño.
«Cógelo, cógelo».
Contengo la respiración todo el rato y no paro de moverme mientras espero.
Lo coge, por fin.
—¿Grayson? —susurro.
Nada.
Se me cae el alma a los pies. ¿Y si se ha creído que quería romper con él? ¿Y si ahora me odia?
—¿Cielo? —Su voz resuena por el auricular y el corazón me da un vuelco en el pecho.
—Dios mío, Grayson. —Se me quiebra la voz y me caen más lágrimas.
—Joder, Maddie. Cuánto te he echado de menos. Dime que estás bien.
—Sí, sí, te lo prometo. Frankie ha estado cuidando de mí. No lo mates, si es que no lo has hecho ya. No es un mal tío en el fondo.
—Ya hablaremos de eso, cariño. ¿Dónde estás exactamente? Voy a buscarte.
«Gracias a Dios».
—En Londres. Bueno, cerca del London Eye.
—Llegaré dentro de unas horas. Espérame. Voy a reservar una habitación en el Shard de camino al aeropuerto. Ve a descansar. Después encuéntrate conmigo en el London Eye dentro de... ¿unas ocho horas?
Oigo que arranca el coche. No tiene intención de perder el tiempo.
—Tengo la tarjeta de Frankie. Seguro que se me ocurre algo para entretenerme durante unas horas.
—Me decepcionarías si no fuera así.
—Te quiero, Grayson. Nunca he dejado de hacerlo. Nada de lo que ponía la carta era cierto, créeme.
—Cariño, nunca me creí que quisieras dejarme. Llevo cubriendo de sangre la ciudad desde entonces, buscándote. Todos los segundos de cada día. No te voy a dejar ir nunca más, cielo. Te quiero mucho. Sin ti he sobrevivido a duras penas.
Jugueteo con el anillo de compromiso.
—Te veo pronto.
—Más vale que estés preparada para mí. Soy un hombre hambriento, deseando comerte entera.
Suelto una carcajada y sacudo la cabeza. Dios, amo a ese hombre.
—Eso espero.
—Te quiero más que a mi vida, Maddie. Y espero poder demostrártelo cada día de lo que nos quede de vida.
—Me encantaría.
Nos despedimos y cuelgo.
Solo ocho horas más.
Eso es fácil.