49. Maddie
Maddie
La puerta se abre bruscamente y yo me sobresalto. Retrocedo en la cama hasta que mi espalda choca con los listones metálicos del cabecero.
Frankie entra corriendo, con la cara rojísima. Está casi sin aliento.
—Recoge tus cosas. Tenemos que sacarte de aquí.
—¿Qué? ¿Por qué?
Se acerca a los pies de la cama. Joder, parece agotado. Lleva un poco crecida la barba negra, por lo general perfectamente recortada. Tiene parte de la camisa abierta y le faltan botones.
Deja una maleta sobre la cama, abre la cremallera y se pone a correr por el cuarto, como si estuviera poseído, para recoger mis escasas posesiones.
—No es seguro. Si te pasa algo, Grayson me matará, y necesito que esté de mi lado por ahora.
—No entiendo nada de lo que dices.
—No es lo crees, ¿vale? Seguro que Grayson te lo explicará más adelante. Solo necesitas saber que estoy haciendo esto para protegerte. Es lo que he estado haciendo todo el tiempo. —Noto tristeza en su tono, a pesar de su dura fachada.
Pero me está mintiendo. Y, lo que es peor, también está engañando a Grayson y a Luca.
Cuando lo guarda todo, cierra la cremallera y se dirige a la puerta principal agrietada, que tiene cientos de cerrojos. La puerta de mi prisión.
—¡Vamos, Maddie!
—¿Adónde me llevas ahora?
—Con un antiguo amigo mío, Theo, a Londres.
—No pienso salir del país, Frankie. —Me abrazo el cuerpo. Solo he podido soportar esto porque estaba cerca de Grayson.
—No te lo estaba preguntando. No hagas que te lleve a rastras, por favor. No quiero hacerlo. —Su expresión se suaviza—. Solo son unos días más. Volverás pronto al lugar al que perteneces, y estarás a salvo. Te lo prometo.
Con un suspiro, bajo las piernas de la cama y me calzo las botas de motera.
Me da un gorro de lana y me dice:
—Póntelo.
Cuando termino de prepararme, baja corriendo las escaleras y abre la salida de incendios. El sol se cuela por el umbral.
Dios, cómo he echado de menos el aire libre.
Solo unos días más de este infierno.
Con la cabeza alta, me dirijo hacia el Mercedes negro. Frankie me abre la puerta de atrás y yo me meto en el asiento de cuero color crema. El conductor, Theo, supongo, me mira por el espejo retrovisor.
—Siento todo esto, Maddie. Espero que algún día lo entiendas. Quién sabe, tal vez incluso lleguemos a ser amigos. —Suena casi sincero.
Yo contengo una carcajada.
Grayson no lo permitirá, imposible. Lo único que puedo hacer es sonreír.
Me da una tarjeta de crédito.
—Llévate esto. Cuando sea seguro, informaré a Theo. Haz lo que te apetezca. Quédate unos días en Londres, vete a hacer turismo y gasta lo que quieras. No me importa.
—¿Es tu forma de disculparte por haberme secuestrado?
Apoya la mano en el techo del coche.
—Me caes bien, Maddie. Entiendo por qué Grayson está obsesionado contigo. Eres de las buenas.
—Adiós, Frankie. Y no te atrevas a hacerle daño a mi Grayson.
Él sonríe, cierra la puerta y nos vamos.
Jugueteo con la American Express negra que me ha dado, pero el nombre que hay escrito en letras doradas me llama la atención.
«Francis Falcone».
Cabrón mentiroso.