48. Grayson
Grayson
Introduzco el código de la puerta de la mansión gótica de Luca, en las afueras de Nueva York, y recorro el camino de gravilla.
Estoy trabajando con Enzo y coordinando las operaciones en Europa.
Pero, por la noche, mis demonios andan sueltos.
Frankie ha estado investigando los movimientos de los Falcone, para que podamos saber dónde atacarlos cuando llegue la noche.
No me gusta decirlo, pero lo hace muy bien. No se ha equivocado ni una vez.
He dejado a Keller encargado de terminar el entrenamiento de los nuevos. Durante las últimas seis semanas hemos avanzado mucho, y creo que ya están preparados para lanzarse de cabeza al caos.
Anoche entramos en una de las principales naves industriales de los Falcone. Sacamos la droga y quemamos el edificio. Ver las llamas consumir la nave hizo que se me calentara un poco el corazón helado.
He acabado con cuatro de los asesores de Marco. Uno por uno, en sus propias casas. Me siento a esperar a que vuelvan tras sus partidas de póquer nocturnas. La sorpresa que se dibuja en sus caras cuando abren la puerta y me encuentran repantingado en su sofá es impagable.
Ninguno de ellos me ha dado información sobre el paradero de Maddie. De hecho, ni siquiera saben de qué les hablo. Aprieto aún más el volante.
Hay algo en esto que no me cuadra.
Salgo del coche. Luca, en pleno pánico, abre la puerta de la casa.
—¿Qué pasa?
—Entra.
Frankie está junto a la gran escalinata, vestido de forma impecable con un traje azul marino y corbata.
Lo saludo con un gesto de la cabeza y miro a Luca.
—¿Qué? —pregunto sin molestarme en ocultar mi irritación.
Desde que Maddie desapareció, no tengo ni la más mínima paciencia con nadie.
—Rosa está muerta.
Mierda.
Frankie se tensa a mi lado y yo me giro hacia él con la cabeza ladeada. Su mandíbula se tensa, pero no me mira.
«Qué raro».
—¿Y?
—Era lo que le íbamos a ofrecer a los Falcone a cambio de Maddie.
Frankie se revuelve a mi lado, incómodo. Pero ¿qué coño le pasa hoy?
—¿Qué problema tienes? —pregunto con los dientes apretados.
Frankie se acaricia la barba.
—Ninguno. ¿Quieres que me lleve el cuerpo, jefe?
—Sí. Ve a por lo necesario al almacén y luego vuelve. Grayson, ven conmigo.
Luca pasa por mi lado y se dirige a las escaleras. Lo sigo sin dejar de pensar en el extraño comportamiento de Frankie.
Entramos en su despacho y cierro la puerta. Luca se sienta en el sofá de cuero negro, delante del escritorio de roble oscuro. Hay papeles cubriendo toda la mesa. Veo imágenes de las cámaras de seguridad, de la noche en que Maddie se fue del hospital.
—¿Quieres que le envíe mis condolencias a Marco? —pregunto con una sonrisa, pero Luca me atraviesa con la mirada. Me siento—. ¿Qué hacemos ahora, jefe?
De repente se abre la puerta del despacho tan bruscamente que se estrella contra la pared. Yo giro la cabeza.
—¡Luca, no consigo que funcione la cafetera! —exclama una voz femenina. Al verla tengo que parpadear varias veces.
Rosa Falcone. Vivita y coleando.
Levanto una ceja cuando se acerca, con una bata negra de seda abierta que deja ver su ropa interior de encaje.
Aparto los ojos de ella al percibir la irritación de Luca.
Él no para de mirarla, pero no sé si es porque quiere evitarme o porque no puede pensar en otra cosa que no sea en comérsela con los ojos y se ha olvidado de que estoy aquí.
Carraspeo y él gira la cabeza para mirarme. Rosa le rodea el cuello con los brazos. Vaya, esto se pone interesante. Ella le susurra algo al oído.
Él me mira con cara de «ni se te ocurra decir nada», se inclina y le dice algo al oído a ella que hace que se ruborice.
Solo a él se le ocurriría tirarse a la hija de su enemigo.
Ella me observa con una sonrisa tímida, sale del despacho y cierra la puerta. Luca resopla y se pasa las manos por el pelo negro.
—Veo que te estás tirando a tu prisionera. No me esperaba eso de ti. —Me muerdo el interior de la mejilla para no reírme.
—Que te den. No es lo que parece.
—Lo que tú digas, jefe. A mí me da igual. Lo que me importa es por qué le has mentido a Frankie.
Suspira y saca el teléfono del bolsillo.
—Por fin he llegado a un acuerdo con Romano Capri.
Creo que Frankie trabaja para los Falcone.
Tenías razón; había cosas que no encajaban.
Apareció de la nada, buscando trabajar para mí.
Frankie no solo era el guardaespaldas de Romano, sino su mano derecha.
Lo dejó porque tenía que atender un asunto familiar en Nueva York.
Siempre sabe dónde están los nuevos escondites de los Falcone, todas las veces. Y fue el último que vio a Maddie.
Joder.
Tiene razón.
¿Cómo es que no me he dado cuenta? ¿Y qué precio ha pagado Luca por esa información?
—Es listo. Prácticamente lideraba a los Capri en Europa. Su reacción a la noticia de la muerte de Rosa es justo la que esperaba. Se ha negado en todo momento a acercarse a ella. Siempre tenía una excusa para no ir a comprobar cómo estaba.
—¿Crees que era porque lo reconocería?
—Exacto.
—¿Puedo hacer los honores cuando vuelva? —Ese puto cabrón va a tener una muerte lenta y dolorosa—. Te juro que le arrancaré las extremidades, una por una, si se ha atrevido a tocarla.
—Estoy seguro de que lo harás. No sé cómo no le he pegado un tiro ahí mismo. Pero necesitamos recuperar a Maddie antes de matarlo. Estoy esperando la llamada de Enzo. Lo está investigando. Hay algo que he aprendido de ti: que necesitamos información antes de actuar.
El corazón se me llena de esperanza al pensar en que estamos más cerca de encontrar a Maddie.
Luca suelta el teléfono.
—Vamos a encontrarla. Estamos muy cerca.
Me dejo caer en el sofá y me tapo la cara con el brazo.
—Tengo que ir a ver a Rosa. Dame cinco minutos —dice de camino a la puerta.
—¿Solo cinco? Yo habría dicho que eras capaz de aguantar más que eso —respondo contra mi manga.
Luca se echa a reír.
—No se puede estar más de cinco minutos cerca de ella.
Cuando vuelve, su móvil empieza a sonar.
Veo claramente la ira en su cara cuando contesta.
—¿Dónde está ahora? —pregunta con un tono muy violento.
«Estoy preparadísimo para esto».
—No lo pierdas. ¿Marco ya está en el restaurante?
Al oír ese nombre me pongo de pie.
—Frankie es hombre muerto. Va de camino a ver a Marco en el restaurante familiar. ¿Estás listo? —pregunta Luca cuando cuelga.
Abre un baúl gris oscuro que hay en un rincón de la habitación y me encuentro ante un arsenal de armas de fuego y cuchillos. Me quedo mirándolo todo con una enorme sonrisa en la cara.
—Joder, sí. Vamos a por él.
Los dos elegimos nuestras armas favoritas.
—Llama a Keller. Que traiga a algunos de los nuevos para ver qué tal se las arreglan —dice sonriendo.
—Ahora mismo —contesto antes de sacar el teléfono y llamar.
Luca se marcha con paso decidido. Nunca lo he visto tan furioso. Yo lo estoy deseando. Meto el arma en la funda, guardo un cuchillo en el bolsillo y lo sigo.