46. Grayson
Grayson
Dos semanas después
Estoy rodeado de oscuridad cuando me bebo el whisky de un trago para que me caliente las entrañas. El gimnasio por fin está vacío, así que ya puedo ponerme de nuevo a darle vueltas a las cosas.
Dejo el vaso sobre la mesa de madera de mi despacho con un golpe seco.
«Cielo, ¿dónde estás?».
Con cada minuto que pasa sin encontrarla, más me sumo en la oscuridad.
Nada.
Ni rastro de ella.
Es como si se hubiera desvanecido.
Se me llenan los ojos de lágrimas mientras miro al techo fijamente.
Nunca en mi vida me he sentido tan desesperanzado.
Tan perdido. Creo que no he salido de este gimnasio desde que Luca obligó a los médicos a darme el alta, de una forma nada sutil.
Todavía no he recuperado las fuerzas del todo, pero eso no me impide convertir a mis boxeadores en guerreros sedientos de sangre.
Keller ha venido todos los días, sin faltar ni uno.
Entre los dos estamos formando para Luca un ejército temible.
Enzo se está colando en todos los sistemas de seguridad a su alcance.
No hay ningún registro de que haya usado su pasaporte, ni ningún registro en un historial médico. Tampoco ha usado sus tarjetas.
Frankie ha estado persiguiendo a los Falcone porque yo se lo he pedido.
Se pasa por el gimnasio todos los días para informarme y ver cómo me estoy recuperando, por orden de Luca.
Estoy deseando volver al caos y quemar esta puta ciudad hasta los cimientos.
Pero Frankie y Luca tienen razón: no puedo salir y ponerme en peligro.
Necesito estar en plenas facultades para acabar con todos de una vez.
Si me matan, no podré encontrar a Maddie. Ni protegerla.
Alguien ha borrado las cámaras de seguridad del hospital. Aunque cuento con la ayuda de Enzo y su equipo, no tienen nada con lo que trabajar.
Perderla ha sido como dejar de tener la capacidad de respirar. Me ahogo. Ahora mismo daría cualquier cosa, hasta mi vida, por saber que está a salvo.
Y no puedo ni pensar en el bebé. Si lo hago, perderé la cabeza y haré alguna estupidez, seguro. Me mantengo ocupado, revisando imágenes de cámaras con Enzo y planeando ataques con Frankie. Tengo la sensación de que algo no está bien.
La gente no desaparece así sin más, y los Falcone no son lo bastante inteligentes para planear eso. No sé qué es lo que no encaja, pero hay algo. Me paso la mano por el pelo, cojo el vaso y lo arrojo contra la pared.
Mi teléfono, que está en la mesa, pita. Lo agarro y miro el último mensaje de Luca.
Luca : Todavía no he llegado a un acuerdo con los Capri. Estoy organizando un operativo alternativo para buscar en Londres. Vuelvo mañana. No hagas ninguna gilipollez antes de que regrese.
Me hace advertencias del estilo todos los días. Por eso me ha puesto a Frankie de niñera. Los Capri son muy famosos, la organización mafiosa más grande de Europa. Son un bloque, casi indestructibles. Tenerlos de nuestro lado cambiaría mucho las cosas.
Se abre la puerta y aparece un Frankie desaliñado. Tiene la camisa blanca desabrochada y manchada de rojo. Echa un vistazo a los añicos del vaso a sus pies.
—Deja de volcar tu furia con los vasos. Vamos a matar a unos cuantos Falcone. —Me mira con una ceja levanta, saca una Glock de la funda y me la tiende con la culata por delante.
«Sí, coño».
—¿Adónde vamos primero?
—Marco va a abrir una nueva pizzería la semana que viene. Sería una verdadera pena que se le incendiara ahora la cocina.
—Si hay unos cuantos de sus hombres dentro, me apunto.
Cojo el arma.
—Me alegra que hayas vuelto. —Me da una palmadita en el hombro y yo lo fulmino con la mirada. Joder, ¿por qué todavía tengo el cuerpo como si me hubiera atropellado un autobús?
—Y yo de estar en activo otra vez. Pero como me des otra vez así, te la devuelvo, ¿está claro?
—Perdón, jefe. Se me había olvidado que eres un soldado herido.
Capullo.
Siento la adrenalina correrme por las venas cuando cruzamos las puertas de cristal del gimnasio.
Ya es hora de recuperar mi vida.
Y también mi luz.