Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 42. Maddie
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42. Maddie

Maddie

Conduzco hasta el hospital a toda velocidad. No dejan de caerme lágrimas por la cara. Es el trayecto más largo de mi vida. No sé cómo he logrado no tener un accidente con su precioso coche.

Tengo el corazón en la garganta todo el tiempo.

Grayson sigue presionando la herida con la servilleta que he cogido de la mesa, pero no para de salir sangre, que resbala por sus abdominales.

—Grayson, cariño, quédate conmigo.

Él solo me responde con un gruñido.

—No se te ocurra morirte aquí. Me acabas de ofrecer estar conmigo para siempre. No nos lo arrebates ahora.

—Te quiero, cielo —dice con una voz tan ahogada que me cuesta reconocerla.

—No nos hagas esto, por favor.

No dejo de sollozar. Le doy un apretón en el muslo.

—Quédate conmigo, por favor. Te lo suplico. ¡Grayson! —El pánico en mi voz es evidente.

Su respiración es trabajosa y no me responde.

—¡Grayson!

Nada.

Llego al hospital, piso bruscamente el freno y salgo a toda prisa del vehículo.

—¡Que alguien me ayude! ¡Han disparado a mi novio!

Vienen corriendo tres hombres. Uno apaga un cigarrillo.

—Está en el coche.

Respiro hondo, temblando, cuando veo que se acerca alguien con una camilla. Tumban su cuerpo inmóvil en la camilla y van corriendo a la entrada.

Abro de nuevo el coche, agarro su teléfono y la cajita negra que he recogido del suelo del restaurante, y después cierro de nuevo. Los sigo a través de las puertas de cristal.

—Señorita, espere aquí. Lo van a llevar directamente al quirófano.

Veo un baño en el otro extremo de la sala de espera. Voy corriendo y cierro la puerta. Dejo el teléfono y la cajita en el suelo de azulejos, levanto la tapa de la taza y vomito todo lo que tengo en el estómago. Cuando termino, tiro de la cadena y me siento en el suelo.

Se va a recuperar.

Su teléfono suena a mi lado. Veo el nombre de Luca en la pantalla.

—¿Lo has hecho? —dice su voz por el auricular.

No sé si se refiere a lo de pedirme matrimonio.

—L-Luca, le han disparado.

Se oye un ruido.

—¿Dónde estás, Maddie? —pregunta.

—En el hospital St. Luke’s-Roosevelt.

—Te veo allí dentro de quince minutos. No lo pierdas de vista.

—Lo han llevado al quirófano, Luca. Yo estoy encerrada en el baño.

—¡Mierda! Vale, Maddie. Voy para allá. Quédate donde estás. Tengo que ponerte a salvo. No abras la puerta. Yo iré a buscarte cuando llegue.

—Luca, ¿y si se muere?

Intento introducir algo de aire en los pulmones, pero no lo consigo.

—Maddie, va a salir de esta. Grayson no se va a rendir sin luchar. Hará todo lo que pueda para volver con vosotros dos. Te veo enseguida.

Cuelgo, dejo el teléfono de nuevo en el suelo y espero.

Un golpe en la puerta del baño me sobresalta.

—Maddie, soy yo.

No sé por qué, pero saber que Luca está ahí para ocuparse de nosotros me calma.

Me pongo de pie, recojo la cajita y el teléfono, quito el pestillo y me encuentro sus ojos verdes inyectados en sangre fijos en mí.

Abro la puerta, me abalanzo sobre él y lo abrazo. Él se pone tenso, pero pronto se relaja y me abraza también. Grayson no está aquí para volverse loco por que me esté tocando. Y necesito un abrazo, joder. Me aferro con fuerza a su cuerpo musculoso y aprieto los párpados.

—Tranquila, todo se arreglará, Maddie —me dice en voz baja.

Tiene el corazón acelerado, a pesar de que su voz suena tranquila.

—Nos van a llevar a su habitación. Va a tener que estar en el quirófano un rato, pero podemos esperarlo allí.

Asiento contra su pecho. No quiero soltarlo.

—Frankie, tráenos dos cafés, por favor —dice Luca—. Ya conoces a Frankie —continúa dirigiéndose a mí—. Él se ocupará de ti.

Asiento de nuevo contra su pecho, aunque hay algo dentro de mí que me grita que no confíe en él.

—Vamos. —Me agarra por los hombros y se aparta un poco—. ¿Estás lista?

Asiento. Él me coge la mano y abre las puertas dobles de una patada.

Me lleva por un pasillo gris. Ese horrible olor a desinfectante me invade la nariz. En la habitación 14 hay dos sillas de cuero, una mesita blanca y unos monitores. Solo se oye el segundero del reloj.

—Lo siento mucho, Maddie —dice Luca en cuanto Frankie sale de la habitación para hacer guardia junto a la puerta. Se me había olvidado por completo que estamos en plena guerra entre clanes mafiosos.

—No es culpa tuya, Luca. No le has disparado tú.

Sé que a Grayson le encanta trabajar para Luca. No es muy normal, pero así es él.

—Debería haber sabido que tomarían represalias. —Suspira y le da un sorbo al café.

—¿Represalias?

—Secuestramos a la hija mayor de Marco. Esa chica malcriada está en mi casa ahora mismo, dándome todo tipo de quebraderos de cabeza.

No sé qué decir.

—Pero mataron a Nico, ¿no?

Veo tristeza en su cara. Se pasa la mano por el pelo oscuro y se arrellana en la silla.

—Tengo que tomar el control de esta organización. Soy un puto desastre.

—Oye, no digas eso. —Le cojo la mano—. Grayson te respeta. No trabajaría para ti si no fuera así. No es posible que todo salga según los planes todo el tiempo. Lo de hoy ha sido mala suerte. Si Grayson no hubiera estado tan centrado en mí, esto no habría ocurrido.

Luca me mira la mano.

—¿Dónde está el anillo?

Se me llenan los ojos de lágrimas y niego con la cabeza.

—Le dije que no, Luca. Y puede que ese sea el último recuerdo que tenga de mí. —Le suelto la mano para taparme la cara con ella.

—Maddie, escúchame. Grayson te quiere, lo ha hecho desde la primera vez que te vio. No lo olvides nunca. ¿Por qué le has dicho que no? Creía que siempre habías soñado con casarte. —Cruza las piernas y me mira muy fijamente.

—Lo soñaba. Bueno, sigo haciéndolo, pero no quería que Grayson se sintiera presionado para casarse conmigo por... ya sabes... —Bajo la vista a mi vientre.

—Él se muere por casarse contigo, Maddie. No lo estaba haciendo solo por ti. Él lo deseaba también.

Se me rompe el corazón al oírle decir eso. ¿Cómo he podido entenderlo todo tan mal?

—La he cagado.

Luca se levanta, coge la cajita que está en la mesa y me la da.

—¿Quieres casarte con él?

—Sí.

—Entonces ponte el anillo. Cuando se despierte y te vea con él en la mano, se olvidará del dolor.

Abro la cajita y me quedo mirando el precioso anillo que resplandece ahí dentro.

Es perfecto. Bueno, es demasiado, pero Grayson es así.

Me lo pongo en el dedo anular. Alzo la mano para que le dé la luz y contemplo cómo brilla.

—¿Quién sabe? Igual se le olvida que le has dicho que no. —Luca se ríe por lo bajo y me guiña un ojo.

El tiempo pasa. Me tomo el café. No puedo apartar los ojos del anillo. Luca, sentado a mi lado, no para de escribir en el teléfono. Miro el reloj: la una de la madrugada. Lleva ya dos horas en el quirófano.

—Oye, Maddie, tengo que irme. Va a llegar un cargamento y tengo que asegurarme de que todo vaya bien. Te dejo aquí a Frankie. Si necesitas algo, pídeselo a él. Volveré por la mañana. Si hay alguna novedad, cuéntamelo.

Asiento. Él se guarda el móvil en el bolsillo, se acerca y me da un beso en la coronilla.

—Llámame si necesitas algo.

—Gracias, Luca.