Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 41. Grayson
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41. Grayson

Grayson

Maddie se tira todo el trayecto hasta La Brasserie mirando por la ventanilla. Lleva muy callada las dos últimas semanas, desde la discusión con su madre. Sé que lo está pasando mal. Se merece algo mejor.

Así que se me ha ocurrido la mejor forma de hacer que lo deje atrás, algo que la va a mantener ocupada.

Algo que volverá a hacerla sonreír.

Una boda.

La nuestra.

Antes de Maddie, habría jurado que nunca me volvería a casar. Creo que por eso intenté poner un muro entre ella y yo. En el fondo algo me decía que ella era la persona indicada para mí. No quería abrirle mi corazón a nadie después de que Amelia y Casper me lo destrozaran.

Ahora Maddie es todo mi corazón, que late solo para ella.

Lo supe en cuanto nuestros labios se tocaron. Por eso encargué el anillo de compromiso en Londres. Quiero esto más que nada en el mundo, vivir el resto de mi vida con ella a mi lado.

Apago el motor y la miro.

—Sabes que puedes contarme todo lo que esté dándote vueltas en esa cabecita, ¿verdad? —Le acaricio la mandíbula con el pulgar.

—Lo sé —suspira, y me dedica una sonrisa triste—.

Según internet, lo más probable es que sean solo las hormonas.

Estoy cabreada con mi madre. Y más enfadada todavía conmigo misma por no darme cuenta de cómo me ha manipulado durante toda mi vida.

Ojalá no hubiera pasado tantos años intentando vivir esa idea retorcida de vida que ella tiene.

—¿Estás contenta? ¿Yo te hago feliz?

—Dios mío, Grayson, ¿feliz? Nunca lo he sido más. Ni tampoco he estado tan enamorada. No puedo explicarte lo agradecida que estoy de haberte encontrado. Nunca habría reunido el valor para hacer esto sin ti.

Se quita el cinturón y pasa por encima de la caja de cambios para colocarse en mi regazo.

—Siento estar tan tristona. Aunque es un poco culpa tuya. —Se mira el vientre.

Estoy deseando verla con la barriga de embarazada. Ese deseo primitivo que surge de saber que eso se lo he hecho yo, que lleva dentro a mi hijo, es lo más sexy del mundo.

—No me importa que estés así. Me estás dando una vida totalmente distinta. Solo quiero que seas feliz, cariño. Siempre haré todo lo que esté en mi mano para ahuyentar tus demonios. Siempre, ¿vale?

Ella se revuelve encima de mí, frotándose un poco con mi miembro, y ese movimiento hace que la sangre se me acumule ahí enseguida.

—Vamos a comer, que me muero de hambre. Y ya sabes que voy a acabar tomándote a ti de aperitivo si vuelves a apretarte contra mí así.

Ella sonríe y sube y baja las cejas.

—Vale, pero solo si me prometes que me vas a dejar acaparar tu lengua después. —Se inclina y abre la puerta.

En cuanto abro la puerta de madera de ese acogedor restaurante al que ella ha decidido traerme, sé que algo va mal. Es instintivo.

El comedor se queda en silencio cuando Maddie cruza la puerta que yo le mantengo abierta. Sus zapatos de tacón repiquetean sobre el suelo de madera. Sin pensar, me acerco y la coloco junto a mi costado.

—Bienvenidos a La Brasserie. ¿A qué nombre está la reserva? —pregunta la camarera, subiéndose las gafas por el puente de la nariz.

—Ward.

Sus ojos se iluminan y me dedica una sonrisa cómplice.

—Ah, señor Ward, sí. Síganme. Los acompaño hasta su mesa.

Maddie me mira preocupada. Tal vez me parece que pasa algo raro porque estoy nervioso. Suelto una risita y sacudo la cabeza.

La camarera nos lleva a una mesa para dos que está en el rincón más alejado del restaurante.

Veo una mesa en la que hay cuatro italianos, que no me han quitado ojo desde que he entrado.

La nuestra tiene un mantel blanco cubierto de pétalos de rosa roja con una vela cilíndrica encendida en el centro.

Le saco la silla de madera a Maddie. Ella tira del vestido negro corto y se lo baja un poco antes de sentarse.

Yo rodeo la mesa y me siento en la esquina de la sala.

Una camarera rubia y joven viene corriendo con una sonrisa y nos trae dos copas de champán.

—Pero no hemos pedido... —empieza a decir Maddie, cogiendo la copa para devolvérsela a la camarera.

—Es un detalle de la casa, señora —responde en voz baja.

—Gracias.

Maddie me acerca su copa.

—Yo no puedo.

—¿Significa esto que voy a poder beber el doble durante los próximos siete meses?

—Ni se te ocurra. —Entorna los ojos, pero está ocultando una sonrisita.

Le doy un trago al champán y la miro fijamente a los ojos. Ella sacude la cabeza y aparece esa sonrisa resplandeciente en sus labios. Ilumina cualquier habitación solo con su presencia.

Gira la cabeza para echar un vistazo al comedor. No recuerdo la última vez que estuve tan nervioso. Como está distraída, busco la cajita en el bolsillo del traje.

Carraspeo y vuelve a centrar su atención en mí. No se ha fijado en la cajita que tengo en las manos. Sus ojos brillan mientras me mira.

Joder, estoy sudando.

Me levanto y las patas de la silla chirrían contra el suelo de madera. Maddie me observa confundida. Yo bordeo la mesa e hinco la rodilla en el suelo.

Abro la cajita delante de ella y le enseño un diamante negro enorme rodeado de diamantes naturales más pequeños, que también están engastados en todo el perímetro del anillo de oro.

Lo he encargado especialmente para ella y es un reflejo perfecto de nuestra relación. Ella es la dueña de mi negro corazón.

Suelta una exclamación y se tapa la boca. Se le llenan los ojos de lágrimas.

—Cielo, sé que he dicho alguna vez que no te lo podía dar todo, pero quiero hacerlo.

Deseo darte la vida que te mereces. No soy lo que te habías imaginado, pero no creo que puedas encontrar a nadie en este planeta que te quiera tanto y tan profundamente como yo.

Quiero que seas mía de todas las formas posibles.

Hacer las cosas bien para nuestro hijo. Y lo que más deseo en el mundo es que seas mi esposa.

—Se me quiebra la voz, así que respiro hondo para tranquilizarme un poco—.

Maddie, ¿me harías el honor de ser mi mujer? ¿Quieres casarte conmigo?

Durante unos segundos solo se queda mirándome alucinada. A mí me parece una eternidad.

—Cielo, di algo.

Acerca la mano y cierra la cajita que tengo en la mano.

—Grayson, sabes que te quiero más que a nada, ¿verdad? No necesito esto. Contigo y con el pequeñín tengo todo lo que necesito. Sé que no querías volver a casarte. Y yo, tras esa conversación con mi madre, me he dado cuenta de que no necesito una boda. Solo a ti.

No sé cómo explicarle cuánto deseo esto.

—Grayson, mírame.

Cuando levanto la vista, percibo un movimiento en la mesa que hay al otro lado del comedor.

El tiempo se detiene cuando los tres primeros hombres pasan junto a nuestra mesa en dirección al baño.

Instintivamente, agarro la pistola que tengo en la parte de atrás de los pantalones.

El último hombre se queda a medio camino entre su mesa y el baño, a unos cinco metros de mí.

De repente se gira para mirarme con una sonrisa sádica, saca el arma y la apunta a la parte de atrás de la cabeza de Maddie.

«Joder, no».

Todavía con una rodilla en tierra, desenfundo el arma y pongo mi cuerpo como escudo delante de la silla de Maddie.

Daré mi vida por protegerla si es necesario.

La puerta del baño se abre a mi derecha. Cambio de postura, pero no dejo de encañonar al hombre que tengo delante. Antes de que él pueda disparar, yo apunto y aprieto el gatillo. La bala le atraviesa la sien. Maddie grita detrás de mí. El hombre cae redondo al suelo.

No oigo el otro disparo, pero mi cuerpo reverbera por el impacto. Me tambaleo, doy un paso hacia atrás y tropiezo con la silla de Maddie. Noto un dolor en el pecho tan intenso que se me nubla la vista.

Joder.

Intento apuntar al otro hombre, pero el cabronazo ya no está. Cuando miro hacia los baños, veo una figura que sale corriendo por la puerta, pero, antes de tener tiempo de apuntarle, el comedor se sume en el caos: hay gritos por todas partes y gente corriendo.

—¡Grayson!

No puedo morir aquí. No puedo dejarla indefensa.

Con la mano libre me toco la camisa. Un líquido caliente se desliza entre mis dedos. Joder. La sala empieza a dar vueltas y el dolor ocupa todos mis pensamientos.

«No. Necesito sacarla de aquí».

Con todas las fuerzas que me quedan, me agarro a la silla. Sé que esto no pinta bien. Siento que todo el calor abandona mi cuerpo. Pero me mantengo en pie, a duras penas. Tengo el tiempo justo para sacarla de aquí.

—Maddie, tenemos que irnos —digo con voz ahogada.

Ella me da una servilleta de algodón y yo la aprieto sobre la herida.

Me rodea la cintura con un brazo. Oírla sollozar me desgarra por dentro. Avanzo apretando los dientes e intentando con todas mis fuerzas no apoyar mi peso sobre ella. Cuando salimos a la calle, veo luces azules que parpadean.

—Por el callejón —ordeno con dificultad.

Giramos bruscamente a la izquierda y yo hago una mueca de dolor. Es el trayecto más largo de mi vida. Parece que me estuviera acercando al infierno con cada paso. Maddie no deja de decirme que todo va a salir bien, pero el pánico que oigo en su voz no me tranquiliza mucho.

Cuando llegamos al coche, resoplo y apoyo una mano en el techo del Audi.

Maddie rebusca en los bolsillos de la chaqueta hasta que oigo el tintineo de las llaves.

Abre la puerta del acompañante y me ayuda a entrar.

En cuanto estoy dentro del coche, reclino el asiento y me abro la camisa empapada de sangre de un tirón.

Intento palpar la bala. No ha salido por el otro lado, así que está por ahí, incrustada en alguna parte.

—Grayson, te vas a recuperar.

Supongo que, si tengo que morir, al menos voy a tener a la luz de mi vida a mi lado.

—Quédate conmigo, Grayson.

—Te quiero, cielo.