40. Maddie
Maddie
Después de la noche del casino, que fue el sábado, hemos estado el resto de la semana trasladando mis cosas a su ático.
La verdad es que le vendría bien un toque de color.
No quiero pasarme la vida mirando paredes negras y grises.
No estoy segura de que le gusten mucho mis cojines color nude y las fotos nuestras, en Londres y en la boda de Sienna, que he colgado en la pared.
Por fin empieza a parecer una casa en la que vive alguien.
Yo he procurado mantener la mente ocupada.
La sorpresa del embarazo ha podido con el shock de que alguien intentara violarme y de que mi novio le volara la cabeza delante de mí.
Las dos cosas me han quitado el sueño durante varias noches.
Estoy haciendo todo lo posible por ser fuerte y parecerlo.
Se nota que Grayson está lleno de ira, a punto de explotar.
Me ha contado lo que ocurrió en el gimnasio, con Keller, al principio de la semana.
Me duele saber que lo estaba pasando tan mal y no podía decírmelo.
Cuando le dije que no era culpa suya era en serio. Y también que me había salvado. No hay muchos hombres en este planeta que sean capaces de matar a alguien por haberle puesto las manos encima a su chica. Y Grayson lo hizo sin dudar un segundo.
Solo estoy embarazada de unas pocas semanas, seis como mucho.
Así que hemos decidido no contarlo hasta que pase por lo menos un mes más.
Estoy aterrada por si algo sale mal. Los dos lo deseamos muchísimo.
No puedo evitar la sensación de que la vida no me va a dejar tener ese final feliz que siempre he buscado.
Le sonrío a Grayson, que lleva una caja marrón llena de ropa a la habitación de invitados. O, como ahora la llama, mi vestidor.
—Pero ¿cuántos vestidos tienes? —grita desde el cuarto, soltando la caja en el suelo.
Me apoyo en la encimera de la cocina.
Todavía no ha encontrado mi colección de juguetes. Está en una de esas cajas y me muero de ganas de verle la cara.
Mi teléfono, que tengo al lado, empieza a vibrar.
Descuelgo conteniendo la respiración. Voy al salón y me siento en el sofá.
—Hola, hija. ¿Vas a venir a la cena esta noche?
Grayson me observa atentamente desde el pasillo. Se acerca y se sienta a mi lado.
—Sí. Y voy a llevar a alguien a quien quiero que conozcáis —le digo a mi madre, hecha un manojo de nervios.
—¡Ay, por fin! Estoy deseando conocerlo. ¿Lo has oído, Robert? ¡Maddie tiene novio!
Pongo los ojos en blanco.
—Os veo luego —me despido y cuelgo.
Dios, ya estoy muerta de miedo por hacer esto.
—Entonces me vas a presentar formalmente a sus señorías esta noche. Qué sorpresa.
Me vuelvo para mirarlo.
—¿Y si no aprueban a tu novio asesino? ¿Qué vas a hacer? —Lo dice con voz despreocupada, pero en el fondo está muy serio.
—No sé. Lo más seguro es que te deje —contesto mordiéndome el labio.
—¿Ah, sí? —Acerca su boca a la mía—. Puedes intentarlo, pero no te vas a librar de mí fácilmente. —Me muerde el labio y me acaricia el muslo con un dedo, haciendo que la piel me hormiguee a su paso—. Vamos, cielo. Tenemos que arreglarnos. Y necesito al menos media hora en la ducha contigo.
Interrumpe el beso a regañadientes y me deja excitada. Dios, es frustrante, pero tiene razón. No podemos llegar tarde a ver a la insufrible de mi madre.
Me tiende la mano, yo entrelazo los dedos con los suyos y él me ayuda a levantarme del sofá.
La media hora inicial ha acabado siendo una hora. Nunca he estado tan limpia. Creo que es consciente de lo nerviosa que estoy cuando vamos de camino, porque no me ha soltado la mano desde que hemos entrado en el coche.
No dejo de mover la pierna bajo la mesa mientras esperamos a mis padres.
Grayson me agarra el muslo con su fuerte mano y me obliga a parar. Yo exhalo despacio y lo miro.
—Todo va a salir bien, cielo. Es solo una cena con tus padres. Me voy a portar impecablemente hoy, te lo prometo —susurra, y me aparta un mechón de pelo para colocármelo detrás de la oreja—. Bueno, a no ser que alguien entre con un arma en el comedor. Si pasa eso, puede que tengamos un problema.
No puedo evitar echarme a reír.
—Aunque no me importaría repetir lo que ocurrió después de eso. —Su voz grave está llena de deseo y yo solo puedo apretar las piernas.
Él se ríe por lo bajo, se acerca a mi mejilla y me da un beso.
Oigo la voz de mi madre anunciándole su llegada a la camarera. Estiro mucho la espalda.
Mi padre me alborota el pelo.
—¡Oye! —exclamo, y él se ríe.
Mi madre pasa por mi lado.
Se sientan frente a nosotros. Grayson se levanta y le tiende una mano a mi padre, que le da un firme apretón.
—Encantado de volver a verlo, señor Peters.
—Ah, sí. Grayson, ¿verdad? —saluda mi padre con una sonrisa.
Vale. «Uno menos, solo queda la otra».
Grayson le ofrece la mano también a ella, que la escudriña escéptica. Nos mira a los dos alternativamente con cara de desaprobación.
—Mamá, te presento a Grayson. Mi novio —intervengo.
—Sí, ya nos conocíamos —dice con una risita sarcástica.
—Carol —advierte mi padre, que me dedica una sonrisa de disculpa.
La camarera interrumpe el silencio.
Grayson tiene la mano apoyada en mi muslo. Se la cojo y se la aprieto para intentar tranquilizarme. «Qué mujer, en serio».
—¿Puedo traerles algo de beber? —pregunta la camarera.
—Agua, por favor —pido yo.
Cuando la camarera se va, mi madre centra su atención en mí.
—¿Cuánto tiempo hace que estáis juntos?
—Cuatro meses, pero nos conocemos desde hace más de un año —responde Grayson.
Ella pone los ojos en blanco.
—Venga, mamá, dilo ya. Cuéntanos lo que piensas de verdad. Ya estoy harta de tus miradas y tus comentarios.
Grayson me da unos golpecitos en la pierna con un dedo. Yo le doy la mano y me preparo para la respuesta.
—No sé a qué te refieres. Si este es el tipo de hombre con el que quieres estar, es tu decisión, por muy mala que sea.
No sabía que te gustaban los matones. Bueno, seguro que no está dispuesto a tener nada a largo plazo, solo te está utilizando para «ya sabes qué» —afirma mirándome de arriba abajo, como si fuera una puta barata.
Grayson se tensa a mi lado y ahora le aprieto la mano yo. Si algo sé con seguridad, es que no se lo piensa dos veces a la hora de defenderme.
—No dejes que te afecte lo que dice. Te quiero, cielo —me susurra.
He soportado años de menosprecios, de que me haga sentir que soy una decepción para ella, de que me obligue a buscar una historia de cuento de hadas, pero resulta que ahora tengo todo lo que necesito sentado a mi lado.
Mi madre coge la carta y se esconde detrás de ella. Yo se la arranco de las manos.
—Estoy embarazada —le suelto.
—Felicidades, cariño —dice mi padre con una enorme sonrisa en la cara.
Mi madre suelta una carcajada como de bruja malvada.
—No me digas que lo vas a tener —contesta horrorizada.
Siento una enorme tristeza, pero enseguida la sustituye el enfado.
—Pero ¿cómo te atreves?
Grayson acerca la silla y me rodea los hombros con un brazo.
—No, ya estoy harta. Me das asco. ¿Eso es lo que vas a decir sobre tu primer nieto?
¿Cómo puedes seguir tratándome así? No lo aguanto más.
He soportado tu horrible comportamiento, tus comentarios hirientes y tus faltas de respeto durante años.
Pero no voy a seguir intentando complacerte, mamá.
Esta soy yo y este es el hombre al que he decidido amar.
Yo no quiero tu sueño de vida perfecta. Quiero el mío, y si eso no es suficiente para ti, ya sabes dónde está la puerta.
No pienso dejar que trates así a mi hijo.
Intentaré ser con él todo lo que tú no has sido.
Así que gracias por enseñarme cómo no debe ser una madre.
—No me hables así, Maddison.
Doy un golpe en la mesa con una mano temblorosa y me levanto. Grayson se pone de pie también y me rodea la cintura con el brazo para sostenerme.
—Grayson, llévame a casa, por favor. —Me empiezan a caer las lágrimas que me esforzaba por contener.
Él saca la cartera del bolsillo y tira sobre la mesa un fajo de billetes. Mi madre mira el dinero con los ojos como platos.
—Pueden tomar lo que quieran, invito yo. Y le sugiero que no se acerque a mi familia. Nadie va a tratar a Maddie así. Pienso proteger a nuestro hijo y a ella por encima de todo. Y ya ha visto de lo que soy capaz.
Su discurso la deja sin palabras.
Vuelve a ponerme la mano en la parte baja de la espalda y salimos del restaurante.
Una vez en la acera, siento que las cadenas que me han estado atando toda mi vida se han roto.
Me siento libre por primera vez en mi vida.
Me llevo las manos al vientre y dejo de contener las lágrimas.
Él me aprieta contra su cuerpo musculoso, yo entierro la cabeza en su pecho, y el olor fuerte de su aftershave me ayuda a calmarme.
Oigo el latido de su corazón bajo mi oreja.
—Tranquila, cielo. Estoy muy orgulloso de ti por plantarle cara, por luchar por ser la persona que eres en realidad. No te merezco, ni tampoco la vida que me estás regalando. Pero gracias. —Se le quiebra la voz—. Te quiero, cielo. Muchísimo.
Aparto la cara de su pecho y lo miro. Tiene los ojos llenos de lágrimas.
—Yo te quiero más. Venga, llévame a casa.