Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 39. Grayson
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39. Grayson

Grayson

Guantes puestos y listo.

Llevo cuarenta y ocho horas viviendo en el filo de la navaja. Casi no he dormido. Mi cerebro no para. No pude protegerla y otro hombre le puso las sucias manos encima.

Quiero acabar con todos y cada uno de esos cabrones hoy.

Pero no puedo.

Con la cabeza así, es imposible. Voy a ser padre. ¿Qué niño se merece un padre como yo?

Lo único que puedo decir con total seguridad es que quiero hacerlo. Más que nada en el mundo. Lo que me está matando es no poder protegerlos.

No importa cuántas veces me diga Maddie que está bien y que el bebé también, que la salvé; no sirve para calmar mi sed de sangre, esta furia que tengo dentro de mí, a punto de explotar.

Me he pasado las noches viéndola dar vueltas en la cama, empapada en sudor mientras duerme. Seguro que está reviviendo ese momento.

Cuando Keller me ha llamado esta mañana para pedirme que le ayude a entrenar a unos nuevos boxeadores, no lo he dudado un segundo. El boxeo fue en el pasado una de mis válvulas de escape para mi ira. Puede que ahora me sirva otra vez. Algo tengo que hacer.

Paso entre las cuerdas para entrenar con uno de los alumnos más prometedores del gimnasio dentro del ring.

—¿Estás bien, Grayson? —grita Keller.

—Sí —aseguro. Y, dirigiéndome al boxeador, digo—: A por ello. Venga, enséñame lo que tienes. ¿Quieres ser el próximo Keller? Demuéstrame que tienes lo que hace falta —lo provoco mientras correteo por el centro del ring, con los guantes en alto, listo para atacar.

Imito su postura y anticipo su primer golpe. Empieza con un gancho de izquierda.

—Muy mal —me burlo.

Él gruñe y prueba con un golpe de derecha, que me impacta en la mandíbula. La cabeza me gira bruscamente y siento el dolor en toda la cara.

Me recupero rápido y ataco con una andanada de puñetazos rápidos. Él se retira, pero yo no cedo terreno. Cuando le pego con todas mis fuerzas, se tambalea hacia atrás.

—Grayson, ¿qué coño estás haciendo? —grita Keller desde fuera del ring.

Ahora mismo lo que único que veo es al cabrón despreciable que intentó violar a Maddie.

La ira me hierve en las venas. Cojo ese cuerpo debilucho y lo arrojo sobre la lona. La sangre me atruena en los oídos.

—¡Basta! —grita de nuevo Keller, me aparta y me da un empujón en el pecho.

Lo miro, parpadeo una vez y él me da un buen golpe en la sien, que prácticamente me hace ver las estrellas.

—Vete a que te dé un poco el aire y luego ven a verme al despacho. ¡Ya! —ordena.

Me sangra una ceja. Mierda.

Hay un silencio total en la sala. No se oye nada.

Pero ¿qué coño estoy haciendo?

Keller se arrodilla al lado del alumno y se ocupa de él.

—¡Que te largues!

Tiro los guantes al suelo, voy al despacho como una tromba y cierro de un portazo.

—Siéntate. —Keller señala el sofá del despacho.

—Lo siento, joder.

—No quiero que te disculpes, sino que me digas qué ocurre. Podrías haber matado a ese chico. Con todo el mundo mirando. Quieren ser como nosotros. Estamos aquí para entrenarlos y tú vas y haces esto. Así que suéltalo de una vez.

Saca una botella sin abrir de whisky y la pone sobre la mesa. A continuación, aparecen dos vasos de cristal. Los llena hasta la mitad y me pasa uno.

—Tómate esto primero. Tienes muy mala pinta.

Cojo el vaso y le doy un trago largo.

—Atacaron a Maddie el fin de semana pasado en el casino. —Me duele incluso decirlo en voz alta.

—¿A qué te refieres con que la atacaron?

—Uno de los Falcone intentó violarla.

Noto la bilis subiéndome por la garganta cuando las imágenes se reproducen de nuevo en mi mente.

—Joder. ¿Está bien?

Me crujo los nudillos e inspiro profundamente.

—Lo está llevando bien. Aunque creo que se está haciendo la fuerte para no preocuparme. Estoy pendiente de ella.

Keller asiente, reflexivo.

—¿Y tú? ¿Estás bien? —pregunta estudiándome.

—No —respondo con total sinceridad. Joder, qué bien sienta verbalizarlo—. Ni mucho menos. Maddie está embarazada. Les he fallado a los dos. ¿Cómo voy a ser padre? No creo que pueda, Keller.

Tengo los ojos llenos de lágrimas. Agacho la cabeza y la apoyo en las manos.

La he cagado. No pude evitar que mi mujer se tirara a mi mejor amigo, ¿qué me hace pensar que puedo ser un buen marido o un buen padre? No estoy hecho para esto.

Oigo las patas de la silla arrastrándose por el suelo de madera y él sale de detrás de la mesa para venir a mi lado.

—Mírame, Grayson. Tienes que recomponerte, joder. Esas dudas solo están en tu cabeza. Nadie puede proteger a Maddie y a vuestro bebé mejor que tú. Ni una sola persona en el planeta. Ella está bien, ¿no? Y supongo que el tío ese está muerto.

Asiento.

—No te olvides de eso que me dices siempre: no puedes ganar un combate si no estás centrado.

La regla número uno, Grayson. Tu regla. Ahora tienes que aplicártela a ti.

No necesitas que yo te diga que vas a ser un padre increíble.

Pero no vas a poder serlo si huyes de los problemas, o si dejas que te pueda la rabia.

Eres mejor que todo eso y los dos lo sabemos.

No hay excusa para lo que he hecho en el ring. Estoy dejando que la furia se apodere de mí.

—Vete a casa con tu mujer y demuéstrale lo contento que estás con todo esto. Sé el hombre que necesita ahora mismo. No sirve de nada que estés aquí intentando matar a nuestros aspirantes a boxeadores.

Tiene razón.

Mi cabeza es peligrosa. Siempre lo ha sido. Pero puedo controlarla. Soy capaz de hacer cualquier cosa con Maddie a mi lado.

—Gracias, Keller. Lo necesitaba.

—Felicidades, por cierto. Ser padre es el mejor trabajo del mundo, te lo prometo.

Pero qué blandengue está hecho.

Me da un apretón con la mano.

—Pero si vuelves a perder la cabeza así, te dejo KO sin pensármelo dos veces, ¿entendido? —Me mira con una ceja levantada y yo me echo a reír.

—Tú inténtalo.