43. Maddie
Maddie
Han pasado tres horas y sigo sin saber nada de Grayson.
Sigo aquí sola. Frankie me ha traído otro café, pero no se ha atrevido a mirarme.
He llamado a Sienna después de que se fuera Luca.
Ha dicho que quería venir a estar conmigo y no he podido convencerla de lo contrario.
Es de madrugada y habrá que ver cómo lo lleva Keller.
No se lo va a tomar bien, porque quiere a Grayson como a un hermano.
El anillo de compromiso me pesa en el dedo. Siento una oleada de tristeza cuando pienso que tal vez no llegue a vérmelo puesto. Creía que ya no me quedaban más lágrimas, pero ahora vuelven a caerme por la mejilla, así que me equivocaba.
Una necesidad urgente de ir al baño me distrae de esos pensamientos. Cuando me levanto, noto un fuerte calambre en el vientre, un dolor similar al de la regla, pero peor, porque se me extiende a las lumbares y a las piernas. Doy un respingo y apoyo la palma en la pared.
Mierda, duele mucho.
Un momento después me recupero un poco de lo que fuera que me ha pasado, me aparto de la pared y voy como puedo hasta la puerta.
Me tambaleo y me estrello contra ella cuando el dolor aparece de nuevo, esta vez mucho peor, tanto que veo estrellas delante de mis ojos.
Trato de encontrar el picaporte al tacto.
Necesito ayuda. Me está pasando algo malo.
Entro en pánico. Abro la puerta y entonces siento de nuevo ese dolor. Me doblo por la mitad. Frankie se agacha delante de mí.
—¿Estás bien? —pregunta.
—No. Me duele —grito, abrazándome el vientre en un intento por calmar el dolor—. ¡Ve a buscar a alguien! —le pido, retorciéndome.
Frankie me mira horrorizado.
Sale corriendo por el pasillo y yo cierro los ojos. Los voy a perder a los dos. Todo lo que he amado me va a abandonar. «Por favor, pequeñín, aguanta. Tu mamá te necesita ahora más que nunca».
Frankie vuelve con una doctora que tiene el pelo recogido en un moño tenso.
—Señorita Peters, venga conmigo.
Frankie asiente, así que yo me aparto de la pared y me levanto. El dolor cesa un momento. Él me ofrece el brazo para que me apoye. Yo se lo cojo y me lleva por el pasillo a una habitación que está a la derecha.
Vamos hasta la cama y yo me subo. El cabecero está levantado, así que me apoyo en él. Estoy muerta de miedo. La habitación da vuelvas a mi alrededor.
La doctora cierra la puerta y se acerca a la cama con un portapapeles en la mano. Tiene una sonrisa tranquilizadora y eso me calma un poco. Nada que ver con el guardaespaldas de la mandíbula tensa que me acompaña.
—¿De cuántas semanas está?
—De unas diez ya. Tengo la cita de las doce semanas dentro de quince días.
—¿Puede levantarse el vestido para que le vea el vientre? Quiero hacerle una ecografía. ¿Es el padre? —pregunta señalando a Frankie.
—No —decimos los dos al unísono.
Frankie debe de sentir lo incómodo que es esto, porque decide salir de la habitación.
—¿Ha tenido algún sangrado? —me pregunta la doctora.
—He sangrado un poco antes de salir esta noche. Lo he mirado en internet y ponía que podía ser un manchado leve. Era muy poco.
Sé que estoy hablando sin parar. ¿Y si he hecho algo mal? No he querido decírselo a Grayson.
—Voy a por el ecógrafo y así podremos ver cómo va todo, ¿le parece bien?
Asiento y sale.
Frankie entra rápidamente.
—Es hora de irse, Maddie.
—¿Qué? No puedo irme.
Me fulmina con la mirada. Yo me encojo en la cama, intentando apartarme de él.
Él lleva la mano a su espalda, después extiende el brazo y veo que me apunta con una pistola a la cabeza.
—¿Q-qué estás haciendo?
Se pasa una mano por la barba oscura.
—Si vienes conmigo ahora, vivirás; si no, te mato ahora mismo.
Mi mente no para.
—Pero si trabajas para Luca —replico.
—Yo no trabajo para nadie.
«Mierda».
—Luca y Grayson te matarán.
Si me toca, Grayson lo encontrará y lo mandará directo al infierno.
«Pero Grayson no puede ayudarte ahora, Maddie».
—Ahora mismo Grayson no puede hacer nada. Necesito quitarte de en medio para que funcione mi plan.
Nada de esto tiene sentido.
—Pero ¿qué plan? ¿De qué coño hablas?
Da un paso hacia mí y yo me encojo un poco para intentar alejarme de él.
—No te acerques a mí —grito.
Viene corriendo y me tapa la boca con la mano. Tratando de respirar, le golpeo los brazos musculosos para que me libere.
—Calla, Maddie. Ya me dijo Grayson que eras peleona, y tenía razón.
No podías ponérmelo fácil, ¿no? Estoy haciendo esto para salvaros a los dos —añade, porque yo no dejo de resistirme—.
Maddie, cálmate. No te voy a hacer ningún daño.
Solo necesito que vengas conmigo. Si te quedas aquí, Marco vendrá a por ti para intercambiarte por su hija.
Necesito a Grayson. Tiene que estar furioso y con ganas de arrasar la ciudad.
No, esto no puede estar pasando. No puedo dejar a Grayson.
—Si te quito la mano, ¿me aseguras que no gritarás?
Asiento. Aparta la mano y yo boqueo para introducir aire en mis pulmones y me llevo las manos al cuello.
—No puedo dejarlo —digo entre sollozos.
—Es temporal. Es la única forma de manteneros a salvo a los dos. Grayson no puede protegerte ahora mismo. Tienes que escribirle una carta en la que rompas con él. Necesito mantenerlo controlado, y no lo conseguiré si cree que te ha pasado algo.
—¿Qué? No, no puedo hacerle eso. No me obligues. ¿Y qué ocurre con mi bebé?
Saca un trozo de papel doblado y un rotulador negro y me los da. Se los cojo de entre los dedos tatuados. Me tiemblan las manos.
Quiero clavarle algo en el ojo y salir corriendo. Pero sé que ahí fuera el mundo está lleno de peligros y no tengo a Grayson para protegerme. Además, este lunático me está apuntando con un arma.
—Que sea creíble, Maddie. Necesito que tenga toda la atención centrada en lo que vamos a hacer.
Querido Grayson:
Quiero que sepas que te voy a querer siempre.
Eres el hombre de mis sueños. Que te traten como a una princesa, como haces tú, es el sueño de cualquier mujer.
Pero no puedo seguir contigo.
No puedo vivir una vida en que estés constantemente arriesgando la tuya por mí.
Ya no aguanto más esta oscuridad. No es lo que quiero para nuestro hijo.
No me busques, por favor.
No quiero romperte el corazón. Hacer esto me destroza el mío, pero es lo mejor.
No estábamos hechos para estar juntos, pero me alegro de haber compartido estos meses.
Voy a recordar con cariño todos los momentos que hemos vivido juntos.
Lo siento.
Maddie
Doblo el papel por la mitad. Frankie me tiende la mano para que se lo dé.
—Quiero dejárselo en su habitación.
—Vale —gruñe—. Tenemos que darnos prisa, Maddie.
Me bajo de la cama y lo acompaño. Cuando llegamos a la habitación de Grayson, abro la puerta y se me para el corazón al verlo ahí, tumbado, con un tubo en la boca y monitores pitando por todas partes. Al menos está vivo.
—Necesito despedirme.
—Cinco minutos. Luca volverá dentro de diez.
Contengo la respiración, entro y me siento al lado de su cama.
Está muy quieto, parece tranquilo. Le cojo la mano.
—Grayson, no sé si me oyes, pero quiero decirte que me voy a casar contigo. Tengo el anillo puesto ya, así que no hay marcha atrás. No pares de buscarme, te lo suplico.
Mis lágrimas le caen en el brazo. Le dejo la carta en la mesita y pongo el teléfono encima.
—Volveré a verte. Pronto, espero.
Tengo que ser fuerte, por Grayson y por el bebé.
Alzo la cabeza y se me ocurre que tengo una oportunidad de escapar.
Miro por la ventana de la puerta y veo que Frankie consulta el reloj y después echa un vistazo por el pasillo que lleva a la entrada.
Abro la puerta sin hacer ruido, con los ojos fijos en el letrero rojo de salida que hay a la izquierda. Creía que los hospitales siempre estaban llenos de gente... ¿Dónde demonios está todo el mundo? ¿Y adónde ha ido la doctora que me estaba atendiendo?
Inspiro hondo, abro la puerta de par en par y salgo corriendo lo más rápido que puedo hacia la salida de incendios.
—Maddie... —lo oigo gruñir.
Sus pesados pasos se oyen cada vez más alto detrás de mí. Empujo la barra y cruzo la puerta. Me giro y se la cierro en la cara a un Frankie hecho una furia.
—¡Socorro! —grito.
La puerta se abre y me golpea con tanta fuerza que acabo rodando por la gravilla y aterrizo sobre el trasero. Me escuecen las manos; me las he rozado contra el suelo.
—¡Mierda! —exclamo al ver a Frankie cerniéndose sobre mí.
—Muy bien, pues como quieras —dice entre dientes. Se agacha, me levanta y me cuelga sobre su hombro.
Le golpeo la espalda con las manos heridas lo más fuerte que puedo y agito las piernas sin parar.
—¡Suéltame, capullo!
—¡Cállate!
Cruzamos el aparcamiento en medio de una oscuridad total hasta que veo parpadear las luces de su Mercedes negro.
—No me hagas esto, Frankie.
—Es la única forma de manteneros con vida a Grayson y a ti. Entra en el coche y no vuelvas a salir corriendo. Si lo haces, solo necesito hacer una llamada para que Grayson acabe muerto en esa cama de hospital, ¿lo has entendido?
Asiento y contengo las lágrimas.