37. Grayson
Grayson
Noto que aprieta la mano que tiene en mi brazo y me vuelvo para mirarla. Está muy pálida.
—Grayson, no me encuentro bien. —Le tiembla la voz.
La furia que sentía hace un momento se está convirtiendo en pánico. Le dije a Luca que necesitábamos más hombres. Le puse un plan en bandeja. Esto no habría ocurrido si nos hubiera hecho caso.
Ella se tambalea y cae contra mi pecho. La agarro por los hombros para sostenerla. Mierda. Se le cierran los ojos. El pánico me llena el pecho. Tengo que estar tranquilo y concentrado.
—Maddie, cariño, ¿me oyes? —Levanto la voz para que me oiga bien, pero no me responde. La cojo en brazos y acerco su cuerpo inmóvil al mío—. No pasa nada, cielo. Yo me ocupo de ti.
Veo el mundo como borroso mientras corro a la salida de incendios para llegar a mi coche. Busco las llaves en los bolsillos. Cuando abro la puerta del acompañante, su cara se mueve contra mi pecho. Casi me fallan las piernas por el alivio. Está despierta.
Me agacho y la dejo con cuidado en el asiento. Todavía tiene los ojos vidriosos; está consciente, pero no del todo. Le pongo la mano en la mejilla fría y ella acerca la cara, buscando el contacto conmigo.
—Te voy a llevar al hospital. Sigue despierta. No te voy a abandonar, te lo prometo.
Ella asiente débilmente. Le doy un beso en la frente, salgo y rodeo el coche.
Maddie se pasa el trayecto alternando entre el sueño y la consciencia. Le aprieto la mano todo el tiempo, porque necesito asegurarme de que está bien.
La llevo en brazos a urgencias. El olor a desinfectante me invade la nariz en cuanto cruzo la puerta. No oigo el ruido de las conversaciones en la lista de espera porque la sangre me atruena en los oídos. Voy al mostrador.
—Necesito un médico. Mi novia, Maddie Peters, se ha desmayado y no está del todo consciente. Necesita ayuda. Ya.
La mujer de la recepción alza la vista de la pantalla y centra su atención en el cuerpo flácido de Maddie. Veo preocupación en su cara cuando la mira.
—¡Ya! —repito. No tengo tiempo para tonterías.
—Venga conmigo, señor. —Se levanta de la silla y cruza la puerta de cristal.
Yo la sigo por unos pasillos pintados de blanco y muy iluminados. Abre una puerta que hay a la derecha, que da a una habitación diminuta con una cama individual y una silla de plástico.
—Ahora mismo pido que venga un médico.
Asiento, voy hasta la cama y tumbo a Maddie.
—Cariño, ya viene el médico.
Abre los ojos y frunce el ceño.
—¿D-Dónde estoy?
—En el hospital.
—¿Qué ha pasado?
—Te has desmayado. ¿Necesitas algo? —pregunto, y ella niega con la cabeza.
Veo aparecer de nuevo ese destello en sus ojos y yo sonrío.
—¿Un beso? —pide con ternura, y se muerde el carnoso labio inferior.
—Cuando quieras, cielo. No quiero parar de besar tus dulces labios —murmuro, inclinándome hacia ella. Pero oigo la puerta y me quedo parado en seco.
Alguien carraspea en el umbral y Maddie suelta una risita, lo que provoca que su aliento cálido me roce los labios. Le doy un beso rápido y me incorporo para girarme hacia la puerta. Un médico delgado, larguirucho y con el pelo negro está ahí parado, sin saber dónde mirar.
—¿Señorita Peters? —pregunta con voz aguda. No se atreve a mirarme.
—Sí, soy yo —responde Maddie.
Como si eso fuera algún tipo de señal, yo me siento en la diminuta silla de plástico.
El médico se acerca, revisando unos papeles. Pero ¿de verdad tiene la cualificación necesaria para atenderla?
—Quiero hacerle un análisis de sangre, si le parece bien —explica, y se acerca a la cama de Maddie, dándome la espalda.
—Sí, claro, doctor.
—¿Cómo se encuentra?
—Mejor. Me duele mucho la cabeza y tengo náuseas. Pero aparte de eso estoy bien.
Le hace unas cuantas preguntas más y le saca sangre. Maddie aprieta los párpados y aparta la cara. El médico nos dice que esperemos a los resultados antes de irnos. Yo acerco la silla a la cama y le cojo la mano. No quiero soltarla.
Ella mira la sangre que tengo en la camisa. Una clara evidencia de que puede que yo sea la causa de su desmayo. Ha tenido que presenciar algo horrible.
Como si notara mi tormento interior, saca la mano de debajo de la mía y la pone encima.
—No me ha afectado, Grayson. —Yo la miro con una ceja levantada—. Lo que ha pasado antes —aclara—. Me has salvado. Y no lo voy a olvidar.
Se me tensa todo el cuerpo. Le he volado los sesos a alguien delante de ella y me está dando las gracias. Ella no necesita esto. Se merece mucho más. Más de lo que yo podría ofrecerle.
Clavo la vista en la pared blanca que tengo enfrente.
—Grayson, escúchame. Sé quién eres y lo que haces. No te tengo miedo.
No es ni momento ni lugar para esta conversación. No debería sentirme mal por lo que hago por ella. Maddie se ha hecho un lugar en mi negro corazón y desde ahí proyecta su luz sobre mi vida entera. No puedo evitar la sensación de terror que me atenaza el estómago. Es mía y debo cuidarla.
—Bien —respondo con una sonrisita.
Ella me mira sin entender, a punto de decir algo, pero cierra la boca porque no encuentra las palabras. Solo suspira y se acomoda sobre la almohada, sin soltarme la mano.
Nos quedamos esperando así, en silencio.
La puerta se abre y vuelve el médico, que no deja de toquetear el picaporte, como si no hubiera querido entrar de esa forma. No puedo evitar poner los ojos en blanco.
—Señorita Peters, ya tengo los resultados. ¿Quiere que se los dé en privado?
Yo me enderezo y me giro hacia él.
El doctor tiene los ojos clavados en Maddie, pero el temblor de sus dedos delata su miedo. Maddie me aprieta la mano y yo la miro. Veo su pulso bajo la piel del cuello.
—Me voy, si quieres. Tú decides, cielo.
Le cubro su mano con la que tengo libre para tranquilizarla.
—Grayson se queda —dice con un temblor en la voz.
Contengo la respiración mientras espero a ver lo que va a decir el médico.
—Señorita Peters, está usted embarazada. Felicidades.
Maddie suelta una exclamación y a mí se me nubla la vista. La habitación empieza a darme vueltas.
Joder.
Joder, joder, joder.