Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 36. Maddie #2
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36. Maddie #2

—Si no vuelvo dentro de diez minutos, ven a buscarme. Seguro que me estaré peleando con el vestido —digo con una risita. El champán está empezando a hacerme efecto.

Voy al baño. Me distraigo con las luces de las tragaperras y de repente me choco con algo duro y tengo que detenerme en seco.

Extiendo los brazos y giro la cabeza para mirar lo que tengo delante.

«¡Mierda!». Lo que tengo delante es el pecho de un hombre bastante grande.

Un vello denso y oscuro asoma por la camisa abierta. Puaj.

—Ay, Dios, perdone. —Me aparto enseguida.

—No pasa nada, señorita —contesta con un fuerte acento italiano, y vuelve a acercarse a mí.

Yo le dedico una sonrisa falsa y lo esquivo para seguir hacia el baño. Cuando llego, cierro la puerta y me encierro en un cubículo. El corazón me martillea contra las costillas. Inspiro hondo un par de veces.

Ese hombre me ha puesto los pelos de punta.

Empiezo a bajarme la cremallera de este vestido tan ridículamente ceñido y oigo la puerta del baño abrirse y cerrarse de nuevo. Unos pasos pesados se acercan. Yo me quedo muy quieta, conteniendo la respiración.

Me sobresalto cuando el hombre abre bruscamente el cubículo de al lado y hace temblar las paredes del mío.

Joder.

Espero, con los párpados apretados y la sangre atronándome en los oídos.

—Sé que estás aquí, preciosa. —Ese fuerte acento italiano me hace sangrar las orejas.

Me quedo pálida.

Ese loco empieza a aporrear la puerta de mi cubículo. Me aparto, con las piernas temblando, hasta que mi espalda choca con la pared de azulejos que hay junto a la taza. No puedo ir a ninguna parte, no hay escapatoria.

Saco el teléfono del bolso y llamo a Grayson. Como no lo coge, con los ojos llenos de lágrimas abro los mensajes y le escribo.

Yo: ¡¡¡Ayúdame!!!

Casi ni veo las letras.

Yo: Por favor.

Noto el aire frío cuando la puerta se abre de repente. El teléfono se me cae de las manos y rebota en el suelo.

—Podrías haberme dejado entrar, preciosa. —Esa forma de hablarme me da ganas de vomitar.

Viene directo a por mí con una sonrisa sádica, me agarra la muñeca y me arrastra fuera del cubículo.

—¡Me haces daño!

—Bien.

Me coge del brazo y me empuja contra los lavabos, de cara a los espejos.

—¡Suéltame ahora mismo! —grito, pero lo que hace es sujetarme más fuerte, tanto que tiene los nudillos blancos.

Veo en el espejo, con cara de horror, cómo se pasa la mano por el pelo negrísimo.

Después me pone la mano en la nuca y me empuja para que me incline sobre el lavabo.

Intento resistirme con todas mis fuerzas, pero no sirve de nada.

Me abre las piernas con un pie. Se me tuerce un tobillo y noto un intenso dolor.

—Hmm, hueles muy bien —dice, apartándome el pelo para lamerme la columna.

Se me sube la bilis por la garganta y cierro los ojos.

Estoy petrificada, no puedo moverme ni respirar. Me sobresalto cuando me acaricia los pechos por los costados.

—No lo hagas, por favor —suplico.

El ruido de la cremallera de sus pantalones resuena en el baño.

Unos gritos ahogados al otro lado de la puerta del baño me llaman la atención.

Él se gira y yo siento un alivio enorme cuando me suelta.

Veo el pánico claramente en su cara mientras se intenta subir los pantalones.

Antes de que me dé tiempo a incorporarme, la puerta del baño se abre y entra Grayson, hecho una furia, con el arma apuntando al italiano.

Yo suspiro, aún temblando, y me enderezo.

Grayson me mira a los ojos y después el resto del cuerpo, como si quisiera evaluar los daños. Casi siento su alivio cuando ve que todavía estoy completamente vestida.

—Maddie, cariño. Necesito que te metas en un cubículo y cierres la puerta.

Asiento y me meto en el más cercano. Cuando entro, voy a echar el pestillo, pero algo me dice que no lo haga. Quiero asegurarme de que ese hombre no vuelva a hacerle esto a ninguna otra mujer. Despacio, abro un poco la puerta, solo una rendija para poder ver.

—De rodillas —ordena Grayson con autoridad. El hombre obedece—. Vas a morir por haberle puesto la mano encima, pedazo de cabrón.

Yo suelto una exclamación cuando Grayson le apoya el arma en la cabeza.

Aprieta el gatillo y el hombre cae al suelo sangrando por la cabeza.

«Joder».

Abro la puerta y me abalanzo sobre Grayson, con las piernas todavía temblando y con cuidado de no pisar el cadáver del suelo. Él abre los brazos y yo me dejo abrazar. Me estrecha fuerte, mucho, como si le diera miedo soltarme.

Me caen lágrimas por las mejillas.

—¿Está muerto? —pregunto entre hipos.

Asiente.

—¿Te ha hecho daño?

Niego con la cabeza. Él suelta el aire despacio y echa la cabeza atrás.

—Joder —suspira—. Lo siento mucho.

—Pero si esto no me lo has hecho tú. Tú me has salvado.

Ahora soy yo la que tiene que alejarlo de sus demonios. Le cojo la cara entre las manos y la acerco a mí. Él se deja llevar por el beso y su cuerpo se relaja contra el mío. El arma cae al suelo y me rodea la cintura con un brazo.

—Te quiero, Grayson.

—Dios, te quiero mucho, cielo.