36. Maddie
Maddie
Me quedo sin aliento al verlo. Es un dios del sexo de los pies a la cabeza con su esmoquin negro hecho a medida y esa pajarita.
Lleva el pelo rubio peinado con una pequeña cresta en la parte superior y la barba muy bien arreglada, marcándole esa mandíbula increíble que tiene.
Solo mirarlo me pone cachonda. Noto que me sube el calor por el escote.
Es todo lo que se esperaría de un sicario de la mafia rico y poderoso.
Me acerco a él con las sandalias de tiras plateadas en la mano. Él se muerde el labio inferior cuando me examina de arriba abajo. El fuego que hay en esa mirada hace que se me tense la entrepierna. Estoy a punto de pedirle que nos quedemos en casa.
—Estás impresionante.
Le sonrío.
—Y tú eres como un dios del sexo hecho carne, señor. —Le guiño un ojo y él suelta una exclamación cuando le rozo al pasar por su lado para dejarme caer en el sofá.
El vestido me llega justo por encima de las rodillas y es tan ceñido que no me puedo mover.
Voy a ser como un pingüino toda la noche.
Pero merece la pena. El escote corazón me hace unas tetas increíbles, y el corpiño ajustado oculta la hinchazón premenstrual que tengo.
Intento ponerme los zapatos subiendo la pierna para alcanzarme la mano.
Resoplo, frustrada, y trato de agacharme, pero no hay forma. Me tiro en el sofá con un suspiro.
Él se pone de rodillas sin decir nada.
Me coge el pie derecho y se lo apoya en el muslo. Me abrocha la sandalia y yo siento un cosquilleo en la pierna al notar su contacto.
—Me gusta verte así de rodillas delante de mí —bromeo.
—Tú eres la única persona que va a decirme eso en la vida. —Me da un beso suave en el tobillo antes de hacer lo mismo con el otro pie.
Me emocionan esos gestos de cariño.
Se levanta y me tiende su enorme mano. Yo se la cojo y me ayuda a incorporarme. Alzo la cabeza para mirarlo. Grayson me acaricia la mejilla con los nudillos y yo me derrito. Le abrazo el cuello y él me pone las manos en el culo.
—Siete años, Maddie. Ese es el tiempo que había pasado desde mi último beso.
Hasta que tú entraste como una tromba en mi vida y uniste esos labios perfectos con los míos.
—Se ríe entre dientes—. Joder, cómo me alegro de que lo hicieras.
Te prometo que vas a ser la última mujer a la que bese, pase lo que pase.
Se me llenan los ojos de lágrimas. He soñado toda mi vida con encontrar a alguien que me quiera con esta pasión.
Lo amo con todo mi ser. Pero sé que le he entregado mi amor a un hombre que solo puede amarme con restricciones, que no puede prometerme nada para siempre.
Bajo la vista al suelo. Me pone el dedo bajo la barbilla y me levanta la cabeza para que lo mire.
—¿En qué piensas, cielo?
Me examina la cara con el ceño fruncido y veo preocupación en su rostro. Sabía quién era y lo que podía ofrecerme antes de empezar esto con él. Qué tonta soy por creer siempre en los cuentos de hadas y dejar que me roben el corazón. Por desear en el fondo que el villano se convierta en príncipe.
—En nada. —Me tiembla la voz.
Él me agarra por los hombros y se aparta un poco.
—No me mientas. Sabes que no tienes por qué hacerlo. Estás preocupada. ¿Por qué?
—No quiero que esto termine —contesto con total sinceridad.
Él hace una mueca de dolor al oírme.
—Cielo, eres tú quien tiene todo el poder aquí.
Yo seré tuyo hasta el día en que me muera.
Total y absolutamente tuyo —asegura, y a mí se me escapa un sollozo.
Me limpia una lágrima con el dedo y me mira con una sonrisa triste—.
Te quiero. Creo que te he querido desde la primera vez que te vi.
Este no es el cuento de hadas con el que has fantaseado toda tu vida, pero debes saber algo: yo te voy a tratar como una princesa todos los días.
Te voy a querer como te mereces. Solo tienes que aceptar que te has enamorado de la bestia, no del príncipe.
Yo no soy ese príncipe, no puedo serlo, ni tampoco quiero fingir serlo.
Pero te prometo que el amor y la vida que te voy a dar te lo van a compensar con creces.
Me creo hasta la última palabra que ha dicho.
Estoy enamorada de la bestia, del monstruo. Lo último que se me ha pasado por la cabeza desde que empecé a salir con Grayson ha sido una boda y un cuento de hadas. Él ocupa toda mi vida.
Quiero todo lo que pueda darme. Voy a aprovecharlo. Dejar que este hombre me ame el resto de mi vida. ¿Qué otra cosa podría necesitar?
—¿Me lo prometes?
—Te lo juro.
—Te quiero, Grayson. Si te tengo a ti, no necesito nada más.
—¿Me prometes que yo soy suficiente para ti? —pregunta nervioso.
Ese hombre tan poderoso no está seguro de si es suficiente...
—Créeme. Eres mucho más que suficiente.
Recorremos la alfombra roja del casino cogidos del brazo. Lo primero que me llama la atención son las fuertes luces parpadeantes de las máquinas tragaperras.
Vamos a la barra, pero Grayson tiene la vista clavada en el otro extremo de la sala.
Está en modo soldado ahora mismo. Me lleva del brazo, pero su mente está desconectada de mí.
Sigo su mirada y veo a Luca, vestido con un traje negro.
A su lado hay un hombre enorme, con el pelo oscuro y la piel aceitunada.
Es Frankie. Sus ojos intensos me ponen los pelos de punta.
Da un poco de miedo. Aprieto la mano que tengo en el brazo de Grayson.
—¿Quieres algo de beber, cariño? —pregunta, haciéndome volver a la realidad.
—Champán, por favor.
Grayson se inclina sobre la barra y le pide las bebidas al camarero.
—Toma. —Me pasa la copa alta y yo doy un sorbo.
Sigue examinando la sala, con los ojos cambiando rápidamente de un lado a otro y la mandíbula tensa. Suspiro y me bebo el resto del champán de un trago. No tiene sentido fingir ser alguien que no soy, así que será mejor que me emborrache.
Dejo a Grayson a lo suyo, me inclino sobre la barra, le sonrío al camarero para que me preste atención y, dándole unos golpecitos a la copa que tengo en la mano, le pido otra. Él se ríe, me coge la copa y me la llena hasta arriba.
—Gracias.
Al darme la vuelta, veo que Luca y Frankie no están en el mismo sitio que hace un momento. Deduzco que está a punto de pasar algo malo. Grayson me da la mano y entrelaza sus dedos con los míos.
—Lo siento por esto. Acabaremos enseguida y podremos irnos.
Su cara se relaja durante un segundo cuando me mira, pero enseguida vuelve a ponerse la máscara y me lleva a la mesa de ruleta que tenemos justo delante.
Me saca un taburete tapizado con terciopelo rojo y, cuando me siento, me rodea la cintura. Yo me apoyo contra su vientre duro. No tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Él se agacha desde detrás y pone delante de mí un montón de fichas de póquer amarillas que tendrá unos siete centímetros de alto.
—¿Qué quieres que haga con eso? —pregunto. Cojo una de las fichas y jugueteo con ella.
—Lo que quieras, es todo tuyo. —Se encoge de hombros.
Joder, es una ficha de mil dólares. Y en el montón tiene que haber por lo menos veinte.
—Grayson —digo entre dientes—, no pienso jugarme tu dinero así.
—¿Por qué no? Solo es dinero.
—Demasiado. No sé jugar a esto.
—Esa es la gracia.
Vuelvo a dejar la ficha con las otras y las acerco a mí, pero él me agarra del brazo para impedírmelo.
—Vale, ¿qué te parece que si hacemos una apuesta nosotros?
—Cuéntame más...
—Dividimos el dinero. Tú pones la mitad en el rojo y yo en el negro. Si ganas tú, te quedas con el dinero. Si gano yo, te vienes a vivir conmigo.
—¿Cómo? —exclamo. Las mejillas me arden.
—Ya me has oído. Y si no te gusta el ático, compraré otro sitio para los dos.
Ese sería el mejor regalo de cumpleaños que podría tener.
—Se agacha un poco más y acerca la boca a mi oreja—.
Bueno, el segundo, porque prefiero que te sientes encima de mí y me des de comer tarta. Eso sí que lo estoy deseando.
—Sabes que yo estoy perfectamente conforme con la relación como está ahora, ¿verdad?
—Cariño, nunca hago nada que no quiera hacer. Te quiero a ti. Eres todo lo que no sabía que necesitaba. Mi luz, mi rayo de sol, siempre.
Su mirada intensa se me clava en el corazón.
—Pero primero tengo que ganar. —Me guiña un ojo, se inclina y coge el montón de fichas. Las divide en dos y me da una de las partes.
Yo las cojo con las manos temblorosas.
El crupier pide que hagamos las apuestas.
Yo apoyo los zapatos en la barra del taburete para levantarme, alargo la mano y pongo todas las fichas en el rojo.
Tengo la palma de Grayson apoyada al final de mi espalda cuando él pone las suyas con total tranquilidad en el negro.
El crupier tira la bolita en la ruleta. Yo contengo la respiración y cierro los ojos.
«Negro, por favor, negro».
El tiempo parece detenerse mientras la bolita gira y va parando despacio.
—Dieciséis. Rojo.
Hundo los hombros al oír el número. Debería estar encantada, porque acabo de ganar un montón de dinero.
—Esta vez has ganado tú, cariño.
—Sí —exclamo nerviosa, con una sonrisa tensa para ocultar mi decepción.
A mi lado Grayson resopla, recoge mis ganancias y me las pone delante. Está tan decepcionado como yo.
—Te propongo otra cosa —sugiero. Cojo las fichas y se las doy.
Él me mira sin entender.
—Tú aceptas el dinero a cambio de que yo me vaya a vivir contigo.
—Hecho.
Busca en el bolsillo y saca algo pequeño y plateado. Lo sujeta entre los dientes, me coge el montón de fichas de las manos y lo deja en la mesa. Yo no puedo apartar los ojos de la llave que tiene en la boca. Con una sonrisa, la coge y me la pone en la palma.
Nuestras manos se rozan cuando la cojo y me la guardo en el sujetador.
Apoyo los dedos en el antebrazo de Grayson, me acerco y le susurro al oído:
—Voy al baño un momento. Traeré otra copa cuando vuelva.
Él se pone a ordenar las fichas formando una fila. Yo me bajo del taburete y le acaricio la mandíbula cubierta por la barba.
—Muy bien, cielo —contesta acomodándose en el taburete. Solo eso ya hace que se me despierte la entrepierna.