Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 34. Maddie
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34. Maddie

Maddie

Hemos adoptado una rutina bastante normal.

Tras el episodio de tener que echar a la desgraciada de su exmujer de su casa el mes pasado, hemos sido inseparables.

Cocinamos juntos, nos acurrucamos en el sofá a ver películas...

La mayoría de las noches tiene que levantarse de la cama para ir a «trabajar».

Cree que sigo dormida cada vez que me da un beso leve en la mejilla y me dice que me quiere.

Yo paso el resto de la noche inquieta, hasta que regresa a casa de una pieza.

No sé por qué, pero esta noche ha sido peor que otras. No he hecho más que dar vueltas, sin poder frenar mi mente, imaginándome lo peor. Las dos últimas noches no ha vuelto a casa hasta el amanecer. Entonces se ducha y se mete en la cama.

Estoy preocupada.

Con un resoplido, aparto el edredón y salgo al salón. Cojo el primer libro erótico de la pila que hay junto al sofá. Me siento, me pongo cómoda y abro el último libro picante que me ha prestado Sienna por donde tengo el marcapáginas.

Oigo el pitido del ascensor. Me levanto, dejo el libro y voy hacia allí.

Desde el viaje a Londres, Grayson y yo no hemos pasado ni un día separados. Viene a comer conmigo a diario. Casi siempre estamos en el ático, aunque en el último mes nos hemos quedado a veces en mi casa.

Suelto una exclamación cuando Grayson sale tambaleándose del ascensor. Mis ojos se fijan en el líquido rojo que le resbala por el cuello.

—¡Dios mío, Grayson! —Lo rodeo con un brazo y lo ayudo a llegar hasta el sofá.

—Joder —dice con los dientes apretados.

—¿Qué necesitas? —pregunto, intentando no prestar atención a la sangre.

Me mira a los ojos y su cara se relaja.

—Hay un botiquín debajo del fregadero. ¿Me lo traes, cariño?

Voy corriendo, abro la puerta del armario y saco el botiquín rojo.

—¡Ah, y un trapo! —grita, y después se queja.

Giro de nuevo, cojo un trapo negro que hay en el escurridor y vuelvo a toda velocidad. Acerco el trapo y se lo aprieto sobre la herida.

—¿Y ahora qué?

Busca en el botiquín y saca unos cuantos objetos blancos que deja sobre el asiento de sofá. Abre uno de los paquetes con los dientes.

—Límpiame la herida con esto y dime de qué tamaño es el corte.

Le atiendo la herida despacio, con todo el cuidado posible, pero con los dedos temblorosos.

Cuando la zona está desinfectada, veo un corte horizontal en la parte izquierda del cuello, de unos cinco centímetros.

—No es muy grande, no sé por qué montas tanto escándalo.

—Intentaré ser menos blandengue la próxima vez que me apuñalen.

«La próxima vez».

Mierda, la próxima vez podría ser peor.

Me da una cinta adhesiva con pinta rara.

—Pégala encima del corte. Después véndamelo y ya estaré como nuevo.

Me muerdo el interior de la mejilla al colocar la cinta sobre la herida. Le muestro la palma para que me dé algo para vendarlo. Le coloco un apósito sobre la cinta y pego los laterales.

—Terminado, mi soldado herido —anuncio, frotándome las palmas.

—Hay algo más que puedes hacer por mí para curarme del todo.

—¿El qué?

Estira la mano y la dobla, señalándome que me acerque a él. Entonces me agarra la muñeca y tira de mí para ponerme en su regazo. Mi trasero aterriza bruscamente sobre su muslo. Levanto las piernas para apoyarlas sobre las suyas.

—¿En qué puede ayudarte tu enfermera?

Se señala los labios con el dedo índice. Yo pongo los ojos en blanco. Él se ríe y un instante después me agarra la nuca y tira hacia él para atraparme la boca. Sonrío y le muerdo el labio inferior.

—Gracias —dice con mucha sinceridad.

—Que esto no se vuelva habitual. Creía que tu trabajo se te daba bien —bromeo.

—¿Qué puedo decir? Estaba deseando volver a casa contigo y no vi al tío que me esperaba al lado del coche. Pero al menos yo sigo respirando, así que confía un poco en mí.

Sus palabras caen sobre mí como una tonelada de ladrillos.

Yo soy la razón por la que ha resultado herido. Su obsesión conmigo podría acabar con él.

—Oye... —Me levanta la barbilla—. El problema lo tengo yo, no es culpa tuya. No puedo evitar estar total y absolutamente obsesionado contigo, mujer. No voy a dejar de estarlo. Solo necesito encontrar la forma de sacarte de mi cabeza cuando trabajo.

Lo miro con una sonrisa tensa y me zafo de su abrazo.

—Venga, vamos a dormir. Tengo que despertarme temprano para ir a trabajar. —Le doy un beso suave en los labios.

Me voy al dormitorio, entro en el baño y echo el pestillo.

Mierda.

Apoyo la espalda en la puerta y me voy deslizando hasta el suelo. Me caen lágrimas por la cara.

—¿Me dejas entrar, cariño? —Oigo el eco de su voz profunda que llega desde el dormitorio.

Sorbo por la nariz, me limpio los mocos, me levanto y abro la puerta. No quiero que me vea así. Es patético.

Noto su calor cuando me abraza y me aprieta contra él.

—Tienes que contarme lo que te pasa, cielo. Joder, siento que hayas tenido que curarme. No volverá a ocurrir, ¿vale?

Asiento.

—Mírame.

Levanto la vista hacia su rostro, parpadeando para apartar las lágrimas. Tiene cara de preocupación.

—Maddie, no quiero dejarte nunca, jamás.

Quiero vivir contigo y envejecer juntos.

Falta poco para que todo esto se calme. Estamos a punto de consolidar nuestra posición y eliminar a los Falcone.

Todo será más fácil después. No me ocultes tus sentimientos.

No puedo soportar verte tan triste y saber que la causa soy yo.

Lo interrumpo.

—No estoy triste, estoy preocupada por ti. Solo pensar en que te pueda pasar algo me da náuseas.

—No sé qué hice en alguna otra vida para merecerte, Maddie. —Suspira y acerca su frente a la mía—. Confía en mí. Siempre voy a volver contigo, pase lo que pase.

—¿No va a ser así siempre?

—No. Cuando nos quitemos de en medio a Marco, los Falcone caerán. Después Luca tendrá el camino libre para dominar la ciudad y actuar como el líder que es en realidad. A partir de entonces estaremos todos fuera de peligro.

—Vale. Puede que me sirva saber lo que tienes que hacer. Así mi imaginación no me jugará malas pasadas.

Noto que duda.

—No necesito todos los detalles explícitos. —Le acaricio la mandíbula fuerte.

—Me apuesto algo a que jamás pensaste que tu vida iba a ser así. Nada que ver con un cuento de hadas, ¿eh?

—Es mejor. Estoy enamorada del hombre de mis sueños, que tiene sus cosas, pero que me compensa todo eso de muchas otras formas.

—Solo quiero que seas feliz, cariño. Eso es lo único que me importa. Vamos a la cama. No puedo dormir sin tener a mi Maddie a mi lado.