Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 32. Maddie
60%

32. Maddie

Maddie

Tras un fin de semana sin parar en Londres, estoy exhausta. Anoche dormimos diez horas del tirón. Ni siquiera sé qué hora es. Grayson está desnudo, mirando su teléfono. Yo me acurruco a su lado y le acaricio los abdominales.

Conseguimos ir a ver el Palacio de Buckingham y cruzar el Puente de la Torre. Nos tomamos un helado en un banco de Hyde Park, contemplando a los cisnes que comían el pan que les daban unos niños. Me pareció raro, pero supongo que es algo británico. Yo no le acercaría una mano a un cisne ni loca.

Nos hicimos un selfi delante del palacio y se lo envié a Sienna. Evidentemente, se puso contentísima de que se nos viera tan felices. Ahora mismo no sé quién está más encantada de las dos.

Oigo reír a Grayson y eso me devuelve a la realidad. Mi cerebro funciona a toda velocidad. Me dijo durante el viaje que era tauro, así que su cumpleaños tiene que ser el mes que viene.

—Oye, ¿cuántos años tienes? —le pregunto sin dejar de acariciarme el estómago.

—Treinta y cinco. ¿Algún problema? —replica arqueando una ceja.

—Vale, nueve años, está bien. ¿Debería empezar a llamarte «papi»? —Hago todo lo que puedo para mantener la expresión seria.

Él rueda para ponerse encima de mí y me obliga a abrir las piernas con su cuerpo. Noto que su pene se endurece contra mi ropa interior. Su mirada es muy intensa y arde con deseo.

—Puedes llamarme como te dé la gana. Siempre y cuando lo grites mientras subes y bajas, montada encima de mí, me da igual.

—Creo que por ahora me voy a quedar con «señor» —contesto con una sonrisa tímida.

Suena su teléfono, que está en la mesita. Resopla ante la interrupción, apoya todo su peso en un brazo. Yo me quedo embelesada observando las venas que sobresalen en sus antebrazos tatuados. Una voz masculina habla al otro lado de la línea. Grayson levanta las dos cejas y me mira.

—Vale, no la esperaba, pero que suba. Dile que se quede en la cocina —contesta, cuelga y deja el teléfono a un lado.

Hundo los hombros.

—Parece que vas a conocer a mi madre hoy, cielo. —Sonríe.

Yo me quedo pálida.

«Mierda».

Intento zafarme de sus brazos, pero él me agarra las muñecas con una mano y me las coloca sobre la cabeza.

—Le vas a encantar, te lo prometo. Y ella sabe que no le conviene entrar en mi dormitorio cuando viene a casa.

—Vale —respondo.

Él sonríe, se acerca y me besa con pasión. Yo no puedo evitar gemir.

—Grayson, tenemos que vestirnos —le recuerdo intentando que me suelte las manos, pero él me sujeta con más fuerza.

—No va a entrar aquí. —Me quita la ropa interior rápidamente y empuja su erección contra mi entrepierna—. Además, no puedo salir con la polla así de dura.

Me ruborizo cuando él desliza el pene arriba y abajo. Todo mi cuerpo se enciende.

—¿Puedes no hacer ruido? —susurra, mordiéndome el cuello.

—Lo intentaré.

—Que bien te portas. —Me besa con ganas y entra en mi interior mojado y caliente.

Yo dejo salir el aire entre los dientes. Mis paredes se estiran para acomodarlo. Le rodeo la cintura con las piernas para que profundice más.

—Joder, cielo —masculla.

Justo en ese momento la puerta del dormitorio se abre y en el umbral aparece una mujer, que se queda horrorizada. Grayson tiene la cabeza enterrada en mi cuello.

No es posible que sea su madre.

—Grayson —susurro, y me muerdo el labio inferior mientras él sigue embistiéndome. Yo no puedo apartar los ojos de la mujer de la puerta—. Hay una mujer en nuestro dormitorio.

Él para inmediatamente y se vuelve hacia la puerta. La mujer tiene el ceño fruncido y se le está enrojeciendo el pecho.

—¿Me puedes explicar por qué te estás follando a mi marido? —El tono agudo de su voz me hace poner los ojos en blanco.

A mí se me escapa una risita. Pero ¿quién se cree que es la tía esta?

Con una exclamación de horror fingida, suelto:

—¡Grayson, pero cómo has podido!

Grayson, con cara de confusión, se gira de nuevo hacia mí. Yo le guiño un ojo antes de fulminar con la mirada a esa tipa, que supongo que será su exmujer.

—¿Te vas a quedar ahí como un pasmarote o quieres unirte a la fiesta? —Mi tono es condescendiente.

Ella abre la boca, con las mejillas rojísimas, y me mira a mí y después a Grayson. Gracias a Dios estamos bajo el edredón.

Se produce un silencio. Entonces Grayson empieza a reírse a carcajadas, se deja caer sobre mí y entierra la cara en mi cuello. Todo su cuerpo vibra contra el mío, sin salir en ningún momento de mi interior.

Cuando consigue recuperar el aliento, me atraviesa con la mirada. Esos ojos azules como el hielo solo muestran adoración.

—Te quiero, cielo —dice lo bastante alto para que la imbécil que está en la puerta lo oiga.

No quiero mirarla, no puedo. Estoy hipnotizada por este hombre. Ahora mismo no veo nada más.

—Yo también te quiero. Mucho.

Sonríe de oreja a oreja, enseñando sus dientes blancos y perfectos y haciendo que le salgan unas arruguitas en la comisura de los ojos.

Un carraspeo irritante interrumpe el momento. Él vuelve a girarse y desaparece el Grayson feliz para dar paso al monstruo rabioso. Juro que sus ojos parecen oscurecerse cuando la mira.

—Lárgate ahora mismo de mi casa, Amelia. Creo que ya te lo dejé bien claro. No quiero volver a ver tu horrenda cara nunca más. —Su tono está lleno de ira.

Todavía me tiene las muñecas agarradas con fuerza, así que no puedo usar las manos para calmarlo. Lo que hago es apretar más las piernas que le rodean la cintura, lo que consigue que se hunda más profundo dentro de mí.

Ella sigue en el mismo sitio, mirándonos fijamente.

—No me hagas repetirlo, Amelia —advierte.

—Tengo que hablar contigo... en privado —murmura.

—Pues tengo cosas más importantes que hacer ahora mismo. No tengo ni la más mínima intención de dejar a mi novia a medias por tu culpa. Así que sal y cierra la puerta. —Tras echarla, vuelve a centrarse en mí. Al oír cerrarse la puerta, él se relaja visiblemente y cierra los ojos.

—Grayson, mírame.

—Lo siento. Joder, es la última persona a la que quería ver hoy. Te prometo que no es mi mujer y que nunca antes había venido aquí.

Me suelta las muñecas. Tengo los dedos dormidos.

—No pasa nada. Sabes que puedes mostrar tus emociones, ¿verdad?

Sobre todo conmigo. Te hizo daño, Grayson.

Te conozco. Confío en ti. Venga, ve a librarte de esa tía para que salga definitivamente de nuestras vidas.

Y después vuelve y termina de follarme. No creas que voy a permitir que me dejes aquí desnuda y empapada.

A partir de ahora solo pienso estar así contigo.

Él gruñe.

—¡Joder!

Le apoyo las palmas en el pecho y lo empujo.

—Vamos, grandullón, quiero gritar tu nombre, pero no puedo hasta que ella se vaya. Me da vergüenza. —Sonrío burlona.

Él sale de mi interior sin ganas. Yo cojo el edredón y me tapo con él hasta el cuello mientras Grayson se pone unos pantalones de chándal grises.

—¿En serio? ¿Vas a salir ahí enseñándole ese cuerpo estupendo, solo vestido con unos pantalones de chándal? ¿Es que quieres que se te tire encima?

Él me mira con una ceja levantada y se acerca a la cama de nuevo.

—Que te quede clara una cosa: la única mujer que quiero que se me tire encima eres tú. Todo mi cuerpo te pertenece a ti.

Me quedo sin aliento al oír esas palabras tan intensas. Se agacha y me da un beso muy suave en los labios. Yo entrelazo las manos tras su nuca y tiro de él hacia mí.

Interrumpe el beso, coge una camiseta negra que hay en el suelo y se la pone. Tiene el pelo rubio todo despeinado. Me guiña un ojo y va hacia la puerta.

—Tienes cinco minutos. Si no vienes, tendré que acabar yo sola —le aviso cuando cruza el umbral.

—Solo te vas a correr con mi polla dentro y un dedo metido en el culo. Así que te sugiero que me esperes —contesta.

Genial. No sé qué es peor: que nos pille en la cama su madre o su exmujer.

Me tapo la cabeza con el edredón y cierro los ojos, intentando concentrarme en otra cosa que no sea en la entrepierna que no deja de latirme.

Será mejor que Grayson se dé prisa.