30. Grayson
Grayson
—¿Qué me pongo? —me pregunta al salir del baño, secándose el pelo con una toalla y con el cuerpo envuelto en otra.
Las gotas de agua resplandecen sobre su piel de porcelana. Mi pene cobra vida, a pesar de que acabo de estar dentro de ella hace nada.
Se oye un golpe en la puerta.
—Voy yo —digo, y voy a abrir. Es mi primera sorpresita para ella.
Solo llevo una toalla cuando abro. Me encuentro a un hombre mayor, que me da una botella de champán y dos cajitas negras.
—¿Quién es? —pregunta Maddie.
El hombre asiente y cierra la puerta antes de que me dé tiempo a darle propina. Cojo las cajitas y guardo una discretamente en mi maleta, pero no suelto la otra. Estoy deseando verle la cara cuando la abra. Vuelvo al dormitorio.
Me acerco y me quedo detrás de ella, mirándola a través del espejo. Maddie sonríe al verme y apaga el secador. Tengo las manos tras la espalda. Ella se gira en el taburete del tocador y alza la cabeza para mirarme. Joder, cómo puede ser tan perfecta.
—Extiende la mano y cierra los ojos —le digo.
Ella levanta una ceja, pero hace lo que le pido.
—Más te vale que no sea para metérmela en la boca.
—¿Por qué no?
—Es broma. —Abre la boca todo lo que puede, tanto que incluso le veo las amígdalas, y tengo que contenerme para no aprovechar su oferta—. Venga.
Le pongo la cajita entre los dientes. Abre los ojos como platos por la sorpresa. La coge, quita la tapa y se encuentra con un collar hecho a mano con incrustaciones de diamantes y un colgante en forma de sol.
Se le llenan los ojos de lágrimas y roza el colgante con el índice de una mano que no deja de temblarle.
—Dios mío, Grayson. Es una preciosidad. —Sorbe por la nariz—. Es demasiado bonito para ponérmelo. Seguro que lo pierdo.
—Entonces te compraré otro. Ver esa sonrisa en tu cara hace que merezca la pena.
Le caen lágrimas por las mejillas cuando saca la joya de la caja y me la da. Le aparto a un lado en pelo y ella se gira y me da la espalda.
Le pongo el collar. La cadena de oro le queda estupenda sobre la piel clara. Me inclino y le doy un beso en la nuca. Después me agacho a su lado.
Ella gira en el asiento otra vez.
—Esto no es por dinero, lo sabes, ¿verdad? Quiero que lo tengas claro. No necesito que me hagas regalos para que siga contigo. Solo te quiero a ti. —Se queda callada un momento—. Y a tu polla enorme.
—Joder, no sé cuál de los dos es peor.
—Estamos hechos el uno para el otro —bromea, abriendo las piernas y volviendo a girarse.
Me paso la mano por la cara y resoplo. No hay ni un minuto del día en que no me imagine dentro de ella. Pero sé, en el fondo de mi corazón, que esto va mucho más allá del sexo. Me encanta acurrucarme con ella, besarla, reírme con ella, sacarla de quicio. Quiero hacerlo todo con ella. La amo, joder.
—Pórtate bien y vístete. Tenemos que irnos. Me da a mí que esto te va a parecer mejor que el sexo.
Ella suelta una exclamación, horrorizada.
—No me digas que me porte bien si no tienes intención de follarme a continuación, Grayson. Sabes que oírte decir eso me pone a mil.
«Madre de Dios».
Vuelve a encender el secador.
Será mejor que me vista en el otro cuarto, porque, si no, no voy a poder resistirme a la tentación. Y no quiero que se pierda esta sorpresa por nada del mundo.