Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 29. Maddie
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29. Maddie

Maddie

En cuanto hemos aterrizado en Londres, nos ha recogido una limusina negra en la puerta del aeropuerto de Heathrow. No tengo ni idea de dónde nos vamos a alojar ni de lo que ha planeado, pero me da igual.

La limusina nos lleva por las calles bulliciosas de Londres y me da la sensación de que nos detenemos en todos los semáforos que hay por el camino.

Tampoco es que me importe, porque estoy encantada mirando por la ventana.

Grayson no para de escribir en el móvil con una mano; la otra la tiene entrelazada con la mía.

Londres está bastante gris esta mañana...

Bueno, según mi teléfono es por la tarde.

No domino la diferencia horaria; me duele la cabeza solo de intentar calcularla.

Las calles están llenísimas de gente. Parece una versión un poco más pequeña de Nueva York. La enorme noria me llama la atención. Sienna me ha dicho muchas veces lo impresionantes que son las vistas desde ahí arriba al atardecer. Cojo el teléfono, le hago una foto y se la envío.

—Oye, Grayson...

—Dime, cariño. —Deja el teléfono en el regazo.

—¿Podemos ir al London Eye?

—Vamos a ver todas las atracciones turísticas que podamos en cuarenta y ocho horas. Bueno, las que podamos encajar entre polvo y polvo mirando la silueta de la ciudad, más bien. —Me guiña un ojo y yo tengo que morderme la lengua para no chillar por la emoción.

—Gracias por traerme. La mejor cita de mi vida.

—¿Qué es lo primero que quieres hacer?

—Ver el Palacio de Buckingham. Y el Puente de la Torre iluminado por la noche. Ah, y también ir de compras por Oxford Street. —Hago una mueca.

—Seguro que Sienna te ha dado una lista bien larga.

—Es posible que le haya mandado un mensaje preguntándole...

—¿Y qué te parece que, lo que no consigamos hacer en este viaje, lo dejemos para el próximo?

«El próximo».

El estómago me da un vuelco solo de pensarlo.

—Trato hecho.

El coche se para delante de una entrada con una alfombra roja. Hay varios coches llamativos aparcados en la calle.

—Pero qué sitio más increíble, Grayson.

—Solo lo mejor para mi chica —responde, bajándose de la limusina.

El chófer, vestido de negro y con la cara muy seria, me sostiene la puerta, y Grayson aparece para tenderme la mano y ayudarme a salir.

Dos hombres con uniforme negro y unas gorras un poco raras cogen el equipaje del maletero. Grayson saca la cartera y le da un fajo de billetes al chófer, que lo agradece con un gesto de la cabeza.

—¿Preparada, cariño?

Asiento, porque es lo único que se me ocurre.

Cuando cruzamos las puertas giratorias de cristal del Shangri-La, me siento abrumada por tanto glamur y belleza.

Yo no encajo aquí. Mis botas moteras chirrían al pisar el suelo de mármol gris reluciente.

En el aire se nota el aroma de la bergamota en la recepción, que está cuidada hasta el último detalle, con adornos dorados en el mármol.

Grayson hace el check-in mientras yo espero un poco por detrás. Después me coge la mano, me sonríe para calmarme y me lleva al ascensor. De camino pasamos delante de enormes jarrones con flores rojas e impresionantes lámparas de araña que cuelgan del techo.

Encontramos el ascensor vacío. Yo me acurruco contra él al entrar.

Sube hasta el piso treinta y nueve. Suelto una exclamación cuando se abre la puerta y veo la suite.

Está decorada con tonos neutros y un papel de pared con motivos florales.

Grayson me lleva adentro y enseguida me quedo embelesada con las vistas de Londres.

No puedo apartar los ojos del Puente de la Torre.

Hay un sofá de color crema con cojines marrones y un juego de té diminuto de porcelana china en la mesita de centro.

Nuestro equipaje ya está colocado junto a la cama. Dejándome llevar por la emoción, me tiro en ella y reboto sobre el colchón, rodeada por el lujoso edredón. Me tiendo bocarriba con los brazos y las piernas abiertas, como una estrella de mar.

—Grayson, ven. Esta cama es la más cómoda en la que me he tumbado.

El colchón se hunde cuando deja caer su enorme cuerpo a mi lado. Apoyo la barbilla en la mano y me giro para mirarlo. Tiene el pelo rubio alborotado, y la fuerte mandíbula menos tensa de lo habitual. Joder, y qué guapo está vestido todo de negro.

—Tenemos que estar en un sitio dentro de una hora.

—¿Qué vamos a hacer?

—Si te lo digo, no será sorpresa. —Me acaricia la mejilla con el pulgar—. Eres preciosa, Maddie.

Bajo la vista. Supongo que, cuando te has criado con una madre que se pasa la vida señalándote tus defectos, no estás acostumbrada a otra cosa.

Él me levanta la barbilla con el dedo índice.

—Eres la mujer más hermosa de este planeta. Y no quiero que me ocultes esa belleza, cielo. Lúcela.

—Lo intentaré.

—Muy bien. Yo no te mentiría.

Nos damos un beso lento y sensual. Me pone la mano en la mandíbula y lo hace más profundo. Yo le coloco la pierna sobre el muslo.

Le beso el labio inferior y noto su gruñido dentro de la boca.

—Mía —dice con voz áspera y acerca su frente a la mía.

—Tuya —respondo con una sonrisa.

Él me coge por la muñeca y pone mi mano sobre su corazón, que noto que late con fuerza bajo las costillas.

—Y esto es tuyo.

—Gracias por confiármelo —susurro.

No quiero presionarlo demasiado; sé que tiene cicatrices muy profundas. Lo que ha dicho ya es confirmación suficiente de que los dos sentimos lo mismo.

—Vamos a ducharnos antes de irnos —propone.

Se incorpora para sentarse, pero yo le agarro la muñeca donde tiene el Rolex. Él me mira con una ceja levantada. Le llevo la mano hacia mi muslo y abro las piernas.

—A la ducha. Ya.

Me bajo de la cama a regañadientes, me quito el vestido y lo dejo tirado en el suelo. Grayson, que ya está desnudo, observa todos mis movimientos. Me quedo plantada delante de él, me muerdo el labio inferior y digo:

—Yo primero.

Y él viene corriendo detrás de mí.