Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 28. Grayson
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28. Grayson

Grayson

El entusiasmo que irradia es contagioso. Lo que ocurrió el fin de semana fue la revelación que necesitaba. Ahora sé que no puedo perderla.

Cuando salgo a correr todos los días a la hora de comer, me paso por su estudio.

Aunque no pudiera estar con ella, necesitaría verla.

Es mi droga. Mi corazón le pertenece. Estoy seguro de ello desde la primera vez que me amenazó con clavarme el tacón en el ojo, el año pasado.

Pero ahora sé lo que tengo que hacer. Tengo que ser mejor para ella. Darle todo lo que se merece.

Soy adicto a ella. A su fuerza, a su personalidad alegre, a su impertinencia. A todo. Y voy a hacer lo que esté en mi mano por mantenerla a mi lado. Aunque para eso necesite fingir delante de sus padres para que no se metan con ella.

No he sentido esto por nadie nunca. Solo hemos estado una semana sin tener contacto y por poco pierdo la cabeza.

No me podía concentrar en nada que no fuera recuperarla y no dejarla ir nunca más.

Esta mujer se lo merece todo, por eso estamos aquí, a más de diez mil metros sobre el suelo, de camino a pasar el fin de semana rodeado de las brillantes luces de Londres.

Ella está bebiendo champán y leyendo en su Kindle. No sé cuántas veces he visto la palabra «polla» en esa pantalla. No va a tardar en ver una en la vida real. Estoy esperando pacientemente a que la azafata deje de pasearse por la cabina.

Maddie me clava las uñas largas y pintadas de rosa en el antebrazo justo antes de decirle «educadamente» a la azafata que se largue ya. Ella me mira horrorizada, pero yo solo me encojo de hombros. No me voy a disculpar por que Maddie se ponga posesiva conmigo. Es muy sexy.

La azafata por fin se va a la cabina de mando. He visto cómo la miraba el piloto antes; seguro que están ocupados un rato. Pienso aprovechar mi oportunidad.

—¡Oye! ¡Que estaba leyendo! —se queja Maddie cuando le quito el lector de libros electrónico.

Le beso un lado del cuello y ella ladea la cabeza hacia la ventanilla. Le lamo la piel suave y subo hasta la mandíbula. Se le escapa un gemido.

—No hace falta que leas sobre pollas cuando tienes una dura esperándote aquí mismo.

Le acaricio las piernas desnudas hasta el dobladillo del vestido negro ajustado. Meto los dedos por debajo, esperando encontrar un tanga de encaje. Ella separa los muslos, solo un poco, para que tenga el acceso libre a su sexo descubierto.

—Vaya, ¿hoy no te has puesto bragas para mí? —pregunto con voz áspera.

Ella niega con la cabeza. Tengo ya una colección considerable de ropa interior en el coche. Le muerdo el cuello y noto su perfume floral en la lengua.

—Siéntate en mi regazo —susurro.

—¿Aquí?

—No era una sugerencia, cariño. Encima de mí. Ya.

Ella se humedece los labios, se sube un poco el vestido, solo lo justo para que le siga tapando el culo por detrás mientras ya tengo una vista completa de su sexo mojado.

Toda la sangre se me concentra en el pene.

Se encarama a mi regazo, con una pierna a cada lado, apoyada en el asiento de cuero.

Me rodea el cuello con los brazos y sus tetas me quedan justo delante de los ojos.

Cuelo la mano por debajo y le introduzco tres dedos.

Con la otra le bajo el vestido para dejarle las tetas al aire.

Le envuelvo un pezón con la boca y se lo chupo mientras meto y saco los dedos.

Sus caderas me siguen el ritmo. Ella jadea y yo no dejo de chupar y morder.

Sus gemidos me excitan aún más. Se inclina hacia delante, yo saco los dedos y los cambio de sitio para poder acariciarle el contorno del ano con el índice e introducir el dedo corazón y el anular de nuevo en su interior.

Ella forma una o perfecta con los labios cuando el índice entra despacio.

—¡Jooodeeer! —gruñe.

Yo le tapo la boca con la palma de la mano para acallar sus gemidos. Bajo el ritmo y ella me fulmina con la mirada. Le sonrío y saco los dedos.

—Si no te la meto en los siguientes veinte segundos, voy a explotar —mascullo con los dientes apretados.

Sus manos van directas al cierre de los vaqueros, me desabrochan el cinturón y por fin liberan mi pene durísimo.

A continuación, se sujeta en mis hombros para levantarse y situarse justo encima de mi miembro, para un momento después ir bajando sobre él.

Las paredes de su interior me envuelven y me aprietan y ella suelta una exclamación cuando llega hasta la base.

—Joder, joder, joder. ¡Me vas a matar, mujer! —gruño cuando ella se eleva de nuevo y se deja caer. Casi se me salen los ojos de las órbitas. Noto sus paredes cerrándose sobre mí todo el tiempo.

Le pellizco el clítoris y ella echa la cabeza para atrás.

—Bésame —pido con esfuerzo. Me está costando contenerme.

Sin esperar ni un segundo, me atrapa los labios con pasión y gime dentro de mi boca sin parar de subir y bajar. Yo levanto las caderas siguiendo su ritmo. Nuestros dientes chocan. La agarro por la nuca y la empujo para que se pegue aún más a mí. Tengo todos los músculos del cuerpo tensos.

—¡Ya! —grito.

Ella suelta un gemido largo, así que la beso otra vez para que no se la oiga. Y entonces me sacudo violentamente y me derramo en su interior.

Dios.

Pasan unos segundos. Tiene la frente apoyada contra la mía mientras recuperamos el aliento.

—¿Qué le ha parecido el servicio a bordo, señorita Peters? —pregunto mientras le acaricio el labio inferior hinchado.

—Hmm, perfecto. ¿Cuántas horas de vuelo nos quedan? —Sonríe y tira de mi mano para que la saque de debajo de su cuerpo.

—Unas tres horas.

—Pues, señor Ward, creo que voy a necesitar su boca en mi entrepierna antes de eso. ¿Qué le parece dentro de una hora?

—Puedes utilizar mi boca siempre que quieras, cielo.

Se levanta de mi regazo y se deja caer en su asiento. Yo me inclino, recojo el Kindle y se lo devuelvo.

—¿Mejor que el porno literario?

—Dios, mucho mejor. —Se echa a reír, apoya la cabeza en mi hombro y enciende la pantalla.

Yo dejo descansar la cabeza sobre la suya, cierro los ojos y le rodeo la espalda con un brazo para que pueda acurrucarse contra mí.

—Oye, levántalo un poco, que yo también quiero leer —pido.

—Tengo que reconocer que creo que tú utilizas mejor la boca que este tío.

—¿Ah, sí? En ese caso, no pienso esperar una hora para demostrártelo.

Su cuerpo vibra contra el mío y aparece en su pecho ese enrojecimiento que tanto me gusta.

Creo que este va a ser el mejor vuelo de mi vida.