27. Maddie
Maddie
El pelo me azota la cara por el viento. Estoy plantada en la acera, mirando la entrada del gimnasio. Mierda, lo voy a hacer de verdad.
Reúno el valor y abro la puerta. Noto el olor característico del lugar, a sudor y cuero. Oigo gruñidos y el eco de los golpes. La puerta se cierra detrás de mí y de repente cesa cualquier movimiento y todo el mundo me mira.
Hay músculos por todas partes.
—¡Todos a lo vuestro! —grita Grayson, y la gente retoma los puñetazos al instante.
Se inclina sobre las cuerdas rojas del ring de boxeo que hay en el centro de la sala. Tiene el pelo empapado de sudor y los bíceps tensos le brillan.
Y está... desnudo. Bueno, al menos de cintura para arriba. Todos sus músculos definidos destacan aún más por el sudor.
—Ven aquí, cielo.
Pasa por debajo de las cuerdas, baja la escalerilla y se acerca. Yo levanto la cabeza cuando llega a mi lado. Jugueteo con la manga de la chaqueta y me quedo mirando los brillantes guantes de boxeo rojos que tiene a un costado.
—Cuánto te he echado de menos, joder —susurra.
—Yo también.
Cuando me abraza, me envuelve con los brazos y me aprieta la cara contra su pecho duro y pegajoso con tanta fuerza que casi no puedo respirar.
—Lo siento. Te prometo que nunca jamás volveré a hacer nada que te haga daño. —Le tiembla la voz. Está sufriendo tanto como yo.
Pero no, no debería haberme dejado allí tirada. Aunque yo tampoco debería haber utilizado sus inseguridades contra él como lo hice. Si les hubiera hablado a sus padres de mí así, habría querido matarlo con mis propias manos.
—Yo también siento haberte hecho daño. —Suspiro y apoyo la cabeza contra su pecho, donde oigo el latido errático de su corazón bajo mi oreja.
—No tienes que disculparte por nada, cariño. Ha sido todo culpa mía. ¿Me dejas compensártelo?
—¿Qué tienes en mente?
—Es una sorpresa. Y te prometo que es una buena. Tengo que terminar esta sesión y soy todo tuyo. —Me da un beso en la punta de la nariz.
Yo le pongo las manos en las mejillas y tiro de él hacia mí para darle un beso de verdad.
Los silbidos resuenan en la sala. Él sonríe contra mis labios.
—Tenéis toda la noche para comeros lo que haga falta, Grayson, pero ahora ven aquí arriba para que te dé unos cuantos golpes. Todavía me quedan diez minutos de sesión —exclama Luca.
—Los dos sabemos que no me vas ni a tocar. Espera un momento.
—No te voy a dejar mal delante de tu chica —responde Luca con un guiño.
La risa de Grayson hace que vuelva a mirarlo.
—¿Te importa esperar a que deje KO a ese capullo? —me pregunta—. Después te enseño tu sorpresa.
La curiosidad me llena de mariposas el estómago.
—¿Me das una pista? ¿Por favor?
—Mueve el culo, tío —insiste Luca.
Grayson pone los ojos en blanco.
—Paciencia, cariño —murmura—. Siéntate por ahí y mírame boxear.
—Entendido, señor. —Le guiño un ojo y le doy una palmadita en el pecho.
Me da la espalda y vuelve al ring. Yo voy a donde están las colchonetas, a mi izquierda, al lado de un saco de boxeo que hay colgado del techo. Me siento en el suelo, con las piernas estiradas y la espalda apoyada en la pared.
—Venga, enséñame de qué estás hecho —provoca Grayson a Luca.
Este lanza un puñetazo y Grayson lo esquiva.
—¿En serio, Luca? Qué chapuza. Venga, pégame —le incita Grayson.
Luca prueba con un gancho de izquierda directo a la mejilla de Grayson. Cuando el guante impacta, la cabeza de mi chico sale despedida hacia atrás. La sacude y le sonríe a Luca.
—Mejor, pero te falta fuerza.
Así transcurren diez minutos. Grayson y Luca se agachan y apoyan las manos en las rodillas, con las respiraciones trabajosas. Grayson tiene la frente perlada de sudor.
—Me voy. Te veo la semana que viene —le dice a Luca y pasa entre las cuerdas. Viene hacia mí y se quita los guantes—. ¿Preparada? —Me tiende una mano cubierta de vendas.
Se la cojo y me ayuda a ponerme de pie.
Salimos por una puerta de madera que hay en la parte de atrás del gimnasio.
En la pared se ven fotos enmarcadas de Keller y Grayson cuando el primero ganó el título mundial.
Una sonrisa asoma a mis labios al recordar ese día.
Fue la primera vez que vi a Grayson desde «el beso».
Estuvo evitándome todo lo que pudo. Hasta la boda.
En el centro del espacio hay una enorme mesa de roble cubierta de papeles. Frunzo el ceño cuando veo allí dos maletas pequeñas, una rosa claro y otra negra.
Grayson se coloca a mi espalda y me abraza por detrás, apoyándome las manos en el vientre y la cabeza en el hombro.
—¿Cuál era ese sitio al que siempre habías querido ir?
—¿Rusia? —miento.
—Prueba otra vez.
—¿Londres? —Intento contener la emoción, pero me sale la pregunta con voz aguda.
—Voy a ofrecerte la mejor cita de tu vida, cielo.
—¡No puede ser! —chillo—. Gracias, gracias, gracias. —Le cubro el cuello de besos—. ¿Cuándo nos vamos?
—Ya.
—¡Pero si no he hecho el equipaje!
—Ya me he ocupado de eso. Todo lo que necesitas está en esa maleta.
—¿Cómo?
—Soy un hombre con muchos recursos, cariño.
—Entonces vete a la ducha. Tenemos que ir a coger un avión. —Le empujo el hombro.
—Es un jet privado, Maddie.
Me coge en volandas y yo le rodeo la cintura con las piernas. Me besa y su lengua invade mi boca. Yo gimo en la suya. Noto su erección frotándose contra mis bragas y provocándome corrientes eléctricas que van directas a mi entrepierna.
—Joder, cielo. No quiero volver a pasar una semana sin ti —afirma con voz ronca.
—Yo tampoco.
La puerta tiembla cuando me empotra contra ella.
—¿Estás preparada para unirte al club de la gente que ha practicado sexo en un avión en pleno vuelo, cariño?
—Claro que sí.