25. Maddie
Maddie
Tras una ducha larga con agua casi hirviendo, tengo que reconocer que me siento un poco mejor.
Desde que Grayson salió de mi casa, no he dejado de pensar en él.
He llegado incluso a llorar de risa al recordar que he apuntado con una pistola a un sicario profesional.
Pero ¿qué coño se me estaba pasando por la cabeza?
Luego me he excitado al rememorar lo que ha hecho con el arma después.
No tengo ni idea de cómo están las cosas con él ahora mismo.
Los dos la hemos fastidiado. No somos buenos el uno para el otro.
Me dejo caer en el sofá de cuero y meto las manos dentro de las mangas de la sudadera con capucha.
Enciendo la tele, veo lo que hay en varios canales y al final me quedo con las noticias.
Faltan veinte minutos para que llegue Sienna.
Ni siquiera oigo la puerta, solo noto que Sienna me envuelve en un abrazo amoroso y me quita el teléfono de las manos temblorosas.
—Maddie, ¿estás bien? —Me coge la cara entre las manos y me examina.
Yo sorbo por la nariz y niego con la cabeza.
—Vale. Voy a preparar chocolate con extra de nata montada y después me vas a contar qué es lo que pasa. Acabo de dejar a Grayson en mi casa con Keller y tenía tan mala pinta como tú.
En cuanto oigo su nombre, las lágrimas se intensifican.
Ella me da un pañuelo y me acaricia el pelo.
—Todo se va a arreglar. Te lo prometo.
Unos minutos después aparece una taza de chocolate bajo mi nariz.
—Gracias, Sienna.
Se sienta a mi lado en el sofá, cruza las piernas sobre el cojín y le sopla a la taza.
—Venga, cuenta. Desde el principio.
Inspiro hondo. Durante los siguientes minutos, que a mí me parecen horas, se lo explico todo. Desde el beso del año pasado hasta lo de esta mañana. No me hace falta omitir ningún detalle; Sienna está más que acostumbrada a las cosas de la mafia.
—Maddie, ¿no crees que quizá no se trata tanto de lo que la otra persona pueda ofrecerte, sino de cuánto os queréis?
Es muy obvio que estáis locamente enamorados el uno del otro, aunque lo ocultéis peleándoos.
Tienes a un hombre que quemaría el mundo hasta los cimientos por ti.
Por poder amarte. Bajo toda esa locura, está obsesionado contigo.
Aprieto los párpados para intentar controlar el fuerte dolor de cabeza que me hace latir las sienes.
—Piénsalo. Es tu vida y la decisión es tuya; ni mía, ni de tu madre, ni de tu familia. Solo tuya. Haz caso a tu corazón. Yo solo quiero que seas feliz. Y creo que esa búsqueda del príncipe azul solo te está alejando de lo que quieres de verdad. Del hombre que deseas.
Tiene razón.
Toda esta obsesión es fruto de mi necesidad de contentar a mi madre.
Quería que, por una vez, no me mirara con decepción, que estuviera orgullosa de mí, y la única forma que tenía de conseguirlo era encontrar un marido respetable.
—Ven aquí —me dice mi amiga, abriendo los brazos.
Yo me dejo abrazar y ella me aprieta contra su cuerpo y me acaricia el pelo.
Cuando todo se va a la mierda, al menos siempre me quedará mi mejor amiga.