Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 24. Maddie
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24. Maddie

Maddie

Me despierto sobresaltada. Estoy tapada hasta el cuello con el edredón. No recuerdo mucho más de anoche después de que Grayson me preparara el baño.

Noto una punzada de dolor en el pecho. Ya me siento vacía sin él. No voy a encontrar otro hombre como él, que me satisfaga por completo. Me quedé colgada de él después de un beso nada más. Pero no puedo perdonarle lo que me ha hecho.

Una cosa es tener una discusión, pero dejarme tirada en medio de una zona conflictiva llena de bandas es pasarse de la raya, y mucho. Voy al baño. Hago una mueca al ver mi reflejo. Me lavo los dientes y me aplico un poco de crema hidratante.

Luego voy a la cocina, enciendo la cafetera y me quedo mirando el líquido oscuro que va llenando la taza. Anoche no comí nada. Me va a dar algo si no ingiero algo pronto. Me pongo de puntillas, abro el armario de arriba y meto la mano para buscar el azúcar moreno.

Tiene que estar por aquí.

Mis dedos tocan algo metálico. ¿Qué coño es?

Consigo agarrarlo con los dedos y me quedo mirando la pistola pequeña y plateada que tengo en la mano. Se me cae, rebota en la encimera y yo doy un salto atrás.

«Pero ¿qué coño...?».

Giro la cabeza bruscamente cuando oigo carraspear a Grayson.

Será cabrón...

—¡Fuera! —grito, y le señalo la puerta.

Veo dolor en su cara mientras sacude la cabeza. Se acerca y yo cojo la pistola de la encimera y le apunto al pecho.

Me tiembla la mano cuando él viene a mi lado.

—Está cargada —aviso, y me tiembla la voz.

Él sonríe y me mira desde arriba.

—Lo sé. La he cargado yo. —Coge el cañón y lo aprieta contra su pecho.

—Vete —susurro.

—No. Solo vas a poder librarte de mí si me matas. Así que, si eso es lo que quieres, hazlo. Me lo merezco. Soy un puto monstruo. Tengo el corazón negro, pero es todo tuyo. Hasta el día en que vaya al infierno, e incluso después de eso, voy a ser tuyo. Así que venga, dispárame, joder.

—No deberíamos haber empezado esto —contesto con la voz quebrada. Las manos me tiemblan como hojas.

—Te equivocas, Maddie. No me puedo arrepentir de esto.

Sé que no te merezco, pero tienes que saber que quiero dártelo todo.

Siento mucho lo de anoche. Nunca más volveré a hacerte daño.

Lo único que sé es que no puedo vivir sin ti.

Te quiero a ti. Entera. Y puedo intentar ser el hombre que te mereces.

Te lo prometo. Pero... no me dejes, cielo, por favor.

Sus palabras se me clavan en el pecho. Abro la mano y él me quita la pistola. Estoy tan confundida ahora mismo que no puedo evitar echarme a reír. Me agacho y me apoyo las manos en las rodillas para recuperar el aliento.

—Eres un imbécil, Grayson. ¿Por qué has dejado la pistola ahí, sabiendo que estoy cabreadísima contigo?

—No esperaba que me apuntaras con ella. Pero todo lo que he dicho es cierto, Maddie. —Sostiene el arma entre los dos. Abro la boca, sorprendida—. No volveré a hacerte daño. Hasta el día en que me muera. Y si eres tú quien me mata, me parece bien.

Me roza la clavícula con la boca del cañón. El frío metal hace que se me ponga la piel de gallina.

—La verdad es que me ha puesto cachondo —reconoce con voz áspera y baja el arma hacia mis pechos.

No puedo dejar de mirar esa máquina de matar cargada que se desliza por mi piel. Tira de la cinturilla de mis pantalones cortos para apartarla de mi cuerpo.

—Y se me ocurre algo que hacer con esta pistola que me pondría aún más.

A juzgar por su reacción de anoche, estoy segura de que no me va a hacer nada malo.

—Abre las piernas, preciosa —susurra.

Cuando estoy en sus manos, soy como una muñeca, así que hago lo que me pide.

El cañón helado me roza la piel caliente entre los muslos y Grayson lo sube y baja despacio. Se agacha para morderme el lóbulo de la oreja. Yo inspiro bruscamente, con miedo a moverme, pero muy excitada al mismo tiempo.

—No voy a poder volver a usar una pistola sin recordarte a ti así.

El frío en mi sexo, mezclado con la pura adrenalina, me acelera la sangre. Mi cuerpo se relaja cuando aparta el arma. Entonces se la lleva a la boca, sin apartar sus ojos de los míos, y recorre el cañón con la lengua.

—Delicioso —murmura.

La pistola repiquetea cuando la deja en la encimera. Yo me quedó ahí plantada, mirándolo con la boca abierta. «Madre de Dios».

—Bésame. —Las palabras salen de mis labios antes de que me dé tiempo a pensar lo que estoy diciendo.

Él frunce el ceño.

Necesito un último beso. Hay poquísimas probabilidades de que vaya a encontrar un hombre que me produzca el mismo placer que Grayson.

—Por favor —suplico, y me humedezco los labios, tentándole.

Sus labios se pegan a los míos y la entrepierna no deja de latirme. Joder, se le da bien. Mi lengua encuentra la suya y le rodeo el cuello con los brazos para acercarlo y hacer el beso más profundo. Él gime dentro de mi boca y eso provoca corrientes eléctricas en mi cuerpo.

—Si no paramos ahora, voy a subirte a la encimera y a meter la cabeza entre tus piernas para desayunar.

—Hazlo —pido levantando la barbilla. Bajo la mano por sus abdominales marcados y después sigo descendiendo hasta ponerla sobre la erección por encima de los vaqueros—. Aunque creo que voy a desayunar yo primero.

Me pongo de rodillas, le desabrocho los pantalones y le libero el pene. Envuelvo la base con la mano; así parece enorme. Me humedezco los labios y me lo meto en la boca. Su semen salado se desliza por mi garganta.

—Joder —exclama con los dientes apretados—. Métetela toda en la boca, como la putita insaciable que eres —gruñe.

Yo obedezco y me la introduzco más adentro, hasta que choca con el fondo de la garganta. Hago todo lo que puedo para evitar las arcadas. Me caen lágrimas por la cara, pero empujo más la cabeza para recibirlo entero, relajando la garganta para que quepa.

—Eso, pórtate bien.

Él me embiste la boca y me golpea la garganta una y otra vez.

—Joder. Chupa más fuerte.

Tengo la mano apoyada en sus musculosos muslos y le clavo las uñas en la piel. Él se tensa contra mí; sé que le falta muy poco. Me da un tirón del pelo y me hace daño en la cabeza, pero estoy demasiado excitada ahora mismo para que me importe.

De repente me levanta para subirme a la encimera y noto la superficie fría en el culo.

—Necesito estar dentro de ti. Ya.

Me quita de un tirón los pantalones cortos y las bragas y los lanza al suelo. Me abre las piernas, se coloca entre ellas y tira de mí hacia él.

Con los dedos me acaricia el interior del muslo y después la entrepierna.

—Dios, estás mojadísima. ¿Voy a tener que poner una pistola en el cajón de la mesita de noche?

Me pellizca el clítoris y yo grito. Entonces hunde su miembro en mi interior con una embestida brusca. Sus labios atrapan los míos y su lengua me recorre la boca.

—Mía —murmura con una voz primitiva.

Sigue embistiéndome hasta que desconecto de todo. El ruido del choque de su cuerpo contra el mío es lo único que oigo. Me desnuda por arriba, para dejarme los pechos al aire, y se mete un pezón en la boca.

—Joder, Grayson —gimoteo, y echo la cabeza atrás.

—Grita mi nombre más fuerte, cielo —pide mientras me muerde el cuello. También me traza círculos alrededor del clítoris con los dedos, sin dejar de embestirme con ferocidad—. Mírame. —Su voz es autoritaria.

Abro los ojos y lo miro.

—Córrete para mí.

Oírle decir eso me provoca el orgasmo. Mi cuerpo tiembla contra el suyo y grito su nombre.

—Joder, cielo. —Él se derrama dentro de mí.

Sus labios encuentran los míos y yo le pongo las manos en las mejillas. Es un momento muy íntimo.

Grayson apoya su frente contra la mía.

Esto es demasiado. Deseo a este hombre más que nada en el mundo, pero no puedo vivir así.

Voy a echar de menos esto. Y a él.

—Necesito que te vayas —susurro.

Todavía noto su miembro palpitando en mi interior. Esto no es lo que me pide el corazón, pero sí lo que me está pidiendo a gritos el cerebro que haga.

Veo su nuez subir y bajar cuando traga saliva y asiente.

—Te voy a dar tiempo. Pero nada más. Lo que he dicho era muy en serio. Te prometo que te voy a compensar. —Habla con voz suave y me limpia las lágrimas con el pulgar—. No soporto verte llorar, cariño.

Lo miro a los ojos, a pesar de que veo borroso por las lágrimas. Me da un beso suave en la frente. En cuanto se separa, se sube los pantalones.

—Te veo pronto —promete.

Me coge la mano y le da un apretón para tranquilizarme.

Yo estoy conteniéndome. No puedo moverme, ni hablar.

Si lo hago, sé que todas las emociones saldrán de mí a borbotones y él no se irá.

Sale de la cocina. Yo aguanto la respiración hasta que lo oigo salir.

Entonces mi cuerpo pierde toda la fuerza y lo suelto todo.

¿Cómo he llegado a esto en mi vida y por qué me parece que se me ha parado el corazón en cuanto él ha salido por la puerta? Me bajo de la encimera, voy al dormitorio y cojo el teléfono que tengo en la mesita.

Busco el nombre de Sienna y, mordiéndome el labio, la llamo.

—¡Hola, Maddie!

—Hola, Sienna. ¿Tienes un momento?

—Para ti siempre, ya lo sabes. ¿Va todo bien?

Cuando no estás bien y alguien te pregunta si lo estás, duele.

—La verdad es que no, Sienna. Necesito a mi mejor amiga.

—¡Keller! Voy a casa de Maddie. ¿Puedes ocuparte de Darcy, por favor? —grita.

Tiene una conversación en voz baja con su marido y yo mientras tanto me quedo sentada, mordiéndome la piel de alrededor de las uñas.

—Está bien. Me cambio y voy, ¿vale?

—Gracias, Sienna.

Siento un gran alivio. No quiero estar sola.

—No me las des. ¿Es que no te acuerdas de todo lo que hiciste por mí el año pasado? Eres mi mejor amiga, pase lo que pase. No dudes en llamarme en cualquier momento. Aunque no vivamos juntas, estoy aquí para lo que necesites. ¿Me has oído?

Me echo a reír por su tono maternal, pero lo cierto es que es lo que necesito ahora mismo; alguien que me abrace y me diga que todo se va a arreglar.

—Perfectamente.

—Vale, estoy ahí enseguida. Te quiero, Maddie.

—Yo también.

Suspiro, cuelgo y me dejo caer en la cama.

Necesito recuperar la calma.