23. Grayson
Grayson
El corazón se me queda atravesado en la garganta cuando la oigo deslizarse al suelo al otro lado de la puerta. Cada sollozo se me clava en el pecho.
Nunca antes me he sentido culpable por todas las cosas horrendas que he hecho. Pero esto me está matando. Yo soy la última persona que quiere cerca ahora mismo. Lo sé. Está furiosa y dolida. Si otras veces que la he cabreado tenía ganas de clavarme algo, ahora seguro que quiere asesinarme.
Sus gritos se vuelven más desesperados, casi histéricos.
Está perdiendo el control. Conozco bien esa sensación.
Ese momento en que la realidad empieza a dejar paso a una oscuridad que se va colando y consumiendo todo tu cuerpo.
Cuando entras en ese abismo, es muy difícil, muchísimo, volver a salir de ahí.
Por eso ahora vivo en el infierno. He aprendido a arreglármelas bien ahí.
Maddie tiene razón: soy un monstruo. Pero no voy a permitir que la oscuridad se trague a la luz de mi vida.
—Cielo, déjame entrar.
Nada.
Pego la oreja a la puerta para escuchar mejor. Hago una mueca de dolor cuando oigo que sus sollozos se van volviendo más altos. Parece que le cuesta respirar. Oigo un silbido cada vez que intenta tomar aire.
Joder.
Oigo movimiento y después su mano sobre el suelo de baldosas. Bien, se está apartando.
Inspiro bruscamente.
—¡Ayúdame!
—¡Apártate de la puerta, cielo!
Levanto el pie izquierdo y le doy una patada a la puerta con todas mis fuerzas. Se abre y se estrella contra la pared. Maddie está tirada en el suelo. Su pecho sube y baja a toda velocidad.
Joder.
Voy corriendo hacia ella y me pongo de rodillas. Su aliento cálido me roza la cara. Vale, respira. Le aparto unos mechones de pelo empapados del rostro y le levanto la cabeza del suelo despacio.
—Vamos, cariño, vuelve conmigo —le susurro al oído mientras le acaricio la mejilla helada.
Su cuerpo se estremece contra el mío. Está congelada. Le apoyo la cabeza en mi regazo, la agarro por las axilas, pego su cuerpo al mío y la acuno como si fuera un bebé. Me preocupa que no se haya despertado aún. Miro el reloj. Le doy treinta segundos y, si no, llamo a una ambulancia.
—Cariño, despierta. Vuelve conmigo. —Se me llenan los ojos de lágrimas. Pero ¿qué coño le he hecho?
Me pongo de pie, sin soltarla.
—Grayson... —dice en un leve susurro.
—Hola, cielo.
La llevo al dormitorio y la tumbo en su cama. El colchón se hunde cuando me siento en el borde, junto a ella. Tiene rímel por toda la cara. No se mueve, solo se queda mirándome.
—¿Qué tal te encuentras? —pregunto en voz baja, porque no quiero alterarla.
—Bien.
—¿Te llevo al hospital? ¿Qué te ha pasado?
—Un ataque de pánico, nada más. Nunca he tenido uno así, tan fuerte como para desmayarme. —Su cara está recuperando el color.
Le acerco dos dedos al cuello para comprobarle el pulso. El latido es firme, un poco rápido, pero nada preocupante.
—¿Quieres que te traiga algo? ¿Agua?
Ella niega con la cabeza.
—Necesito que te vayas. Y no me refiero a que te vayas de mi casa, sino de mi vida. Fuera lo que fuera esto, se ha terminado.
Me muerdo el labio inferior con tanta fuerza que noto el sabor de la sangre en la lengua. No quiero dejarla así, pero, si se va a poner peor si me quedo, tendré que irme.
—No puedo dejarte esta noche, Maddie, sobre todo después de lo que ha pasado. Voy a prepararte un baño y a acostarte. Yo dormiré en la otra habitación. Y me habré ido para cuando te despiertes. Solo necesito asegurarme de que estás bien.
Ella suspira y asiente, mirando más allá de mí.
Se está alejando y no puedo hacer nada para evitarlo.