Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 22. Maddie
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22. Maddie

Maddie

—Eres un puto monstruo, Grayson. ¡Te odio! —Mi voz se ha vuelto muy aguda y no dejo de temblar.

Él pasa por encima del cadáver del hombre y me abraza. Yo le empujo el pecho con todas mis fuerzas, pero no sirve de nada. Él no se mueve, ni me suelta. No me va a soltar nunca.

—Tienes razón, cielo. Soy un monstruo. Pero soy el tuyo —contesta—. Lo siento mucho —añade, y cierra los ojos, como si no pudiera mirarme.

Sé que no se está disculpando por haber matado a ese hombre.

—Si lo sientes, sácame de aquí y llévame a casa. —Tengo los brazos pegados a los costados y los puños apretados.

Él suspira y me suelta. Yo paso por debajo de su brazo y salgo corriendo. Él me alcanza y me agarra del brazo. Sin decir nada más, vamos hasta su coche y me abre la puerta. Entro y él se sienta tras el volante. Yo miro por la ventanilla. Solo oigo su respiración acelerada y me pone de los nervios.

Hacemos el trayecto en silencio. Se me eriza la piel cada vez que me echa un vistazo. Doy un respingo cuando me acaricia el muslo.

—Quita. Esa. Mano. —Pronuncio cada palabra con desprecio y sin mirarlo.

Me hierve la sangre al notar su contacto. No puedo soportar el ruido de su respiración ni un minuto más, así que subo el volumen de la música al máximo.

Aparca delante de mi apartamento y abro la puerta antes incluso de que haya parado el coche del todo. Salgo y estoy a punto de tropezarme con la acera.

—Joder —exclamo, me recompongo y salgo corriendo hacia el edificio sin mirarlo ni una vez.

Subo las escaleras a toda prisa. Me arden los pulmones cuando llego a mi apartamento. Voy a sacar las llaves del bolso y...

No, no, no.

Mierda.

No tengo el bolso. Estrello las manos contra la puerta del apartamento y apoyo la frente en la madera. Todavía no he recuperado el aliento. Me caen las lágrimas por la cara como una cascada. Todo el miedo y la ira se mezclan en una violenta explosión de emociones.

De repente noto un cambio en el aire detrás de mí. Se me pone el vello de punta. Está aquí.

No me queda energía ni para girarme. No quiero que me vea así, hecha un desastre total. No quiero que sepa cuánto daño me ha hecho.

Él me obliga a darme a vuelta y me sujeta por la cintura. Su contacto hace que me arda todo el cuerpo. Sus ojos azules gélidos me observan.

Me inclina y el ruido de la cerradura al abrirse me hace sentir un enorme alivio. Me zafo de sus manos, cojo mis llaves, entro en el apartamento y le cierro la puerta en las narices con un portazo. Con la espalda apoyada en la puerta, me dejo caer al suelo y me abrazo las rodillas.

La habitación me da vueltas mientras me desahogo. Me cuesta respirar entre los sollozos, estoy casi hiperventilando.

La puerta se sacude contra mi espalda.

—Cielo, déjame entrar —grita.

No me muevo. No puedo.

El corazón me late como un loco y tengo un nudo en la garganta. «Joder, ¿me voy a morir?». Siento como si una mano me apretara el pecho con fuerza y me entra el pánico. Empiezo a ver estrellas. Me pongo a cuatro patas, con los pulmones a punto de explotar.

—¡Ayúdame!