21. Grayson
Grayson
Mi mente no para mientras sigo conduciendo en círculos. El enfado empieza a desaparecer. Me rasco la mandíbula, cubierta por la barba, y reproduzco mentalmente la conversación.
«Joder».
«Joder, joder, joder...».
Soy un imbécil integral.
Le doy varios puñetazos al volante y piso el freno a fondo. El coche que tengo detrás se pone a tocar el claxon como un loco.
—¡Que te den! —grito, y doy media vuelta lo más rápido que puedo.
El Audi sale disparado a toda velocidad hacia el sitio donde la he dejado.
«Solo han pasado unos pocos minutos. Seguro que está bien».
Me paro en seco justo en el sitio donde la he dejado, pero no veo a esa belleza rubia por ninguna parte.
«Mierda».
Abro la guantera y saco el arma. Aunque le tenga que pegar un tiro a alguien, nadie se va a inmutar siquiera. Eso aquí ocurre todos los días. El aire frío me congela la cara. Inhalo con fuerza y el fuerte olor a marihuana me embota los sentidos.
Mantengo el arma junto al costado. No quiero llamar demasiado la atención.
Avanzo por la acera. Solo he dado unos pasos y ya me he encontrado a dos mendigos envueltos en sacos de dormir.
—¡Déjeme en paz! —grita una voz femenina.
Busco el lugar de donde ha llegado el sonido. Siguiéndolo, giro a la derecha y miro al otro lado de la calle. Hay un callejón oscuro. Voy corriendo, pero reduzco el paso para acercarme con cuidado.
—¡Dame el puto teléfono! —grita otra voz.
Cuando doblo la esquina, veo los zapatos plateados de tacón de aguja de Maddie que resplandecen con la luz.
El hombre, vestido completamente de negro y con un pasamontañas para taparse la cara, está intentando robarle el bolso.
Con el arma por delante, me acerco a ellos sin hacer ruido, para no asustarlo. No tengo ni idea de si va armado.
Me llevo un dedo a los labios cuando Maddie me ve de reojo. Ella aparta la vista justo cuando le pego el cañón de la pistola a la nuca a ese gilipollas.
—Apártate de ella. ¡Ya! —Se oye claramente la violencia en mi tono.
Cuando veo un destello plateado (un cuchillo) saliendo de su bolsillo trasero, reacciono por instinto y aprieto el gatillo. Acabo de volarle la cabeza. Mis oídos se resienten por el ruido del disparo, seguido inmediatamente por los gritos de Maddie.