Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 20. Maddie
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20. Maddie

Maddie

El dolor que veo en los ojos de Grayson cuando se aleja hace que entre en pánico.

Ni siquiera sé qué me está contando mi madre ahora mismo. Necesito ir con Grayson y arreglar esto. «Joder, ¿por qué habré dicho eso?».

No quería que Grayson tuviera que soportar un interrogatorio de mi madre.

Todavía no. Creo que ninguno de los dos está preparado para eso.

Se me han escapado las palabras sin pensar.

Con ella, hago las cosas prácticamente por instinto.

Me preocupa demasiado su opinión, y está claro que no importa si le hago daño a alguien para contentarla. Es muy tóxico.

—Oye, mamá —la interrumpo—, te tengo que dejar. Te veo el domingo. —Cuelgo antes de que tenga tiempo de responder.

El portazo de la puerta del dormitorio me sobresalta.

Ya veo que está de mal humor.

Voy hasta allí y me quedo junto a la puerta cuando lo oigo cerrar con fuerza los cajones. Inspiro hondo, giro el picaporte y abro.

—Grayson, perdona por lo que acabo de decir.

Él ni siquiera se vuelve para mirarme, sino que sigue buscando entre sus camisetas.

—¿Grayson?

—No pasa nada. Vístete y te llevo a casa. Creo que nos vendría bien estar un tiempo separados.

Suspiro, me apoyo en el marco de la puerta y lo veo ponerse un jersey negro. Trago saliva para soltar el nudo que tengo en la garganta.

—Vale.

Vuelvo al salón sin ganas y recojo la blusa negra que está tirada en el suelo. Cuando me estoy abrochando el último botón, Grayson pasa como una tromba junto al sofá, va hasta el ascensor y pulsa el botón con fuerza.

—Puedo pedir un taxi, no te preocupes.

—No voy a dejar de llevarte a casa y asegurarme de que llegas bien porque esté cabreado, ¿está claro?

Asiento y cojo el teléfono del sofá y el bolso del suelo. El ascensor pita y las puertas se abren. Yo entro con él y los dos nos quedamos allí de pie, en silencio, mirando las puertas.

Casi puedo oír los engranajes de su cerebro desde el otro lado del ascensor. Doy un respingo cuando las puertas se abren de nuevo al llegar al garaje. El aire frío me hace temblar. Voy con él hasta el Audi, sin levantar los ojos del suelo.

Cuando me siento, él ya ha arrancado el motor y se aferra con fuerza el volante.

Mala señal.

Cuando pasamos la barrera, me vuelvo para mirarlo. Tiene la mandíbula tensa. Le pongo la mano en el muslo y él hace una mueca.

—Lo siento —digo, y quito la mano, pero él me la agarra, entrelaza los dedos con los míos y me da un apretón.

—Si no estás preparada para esto, no pasa nada. Puedo esperar. No tengo mucha paciencia, pero, por ti, prometo intentarlo. Aunque creo que nunca voy a ser el hombre que querrías llevar a casa de tus padres, Maddie.

Antes de conocerlo, bueno, antes de darle ese beso, habría dicho que tiene razón. Nunca me habría planteado tener una relación con él por eso mismo.

Pero ahora no quiero perder esto por culpa de lo que piense esa madre tan criticona que tengo.

Esta noche me ha quedado claro. No puedo volver a verlo sufrir así por mi culpa.

Parece un hombre fuerte y poderoso, pero en el fondo es alguien a quien han hecho mucho daño.

Tengo que ganarme su confianza y demostrarle que el amor todavía existe.

—Estoy preparada. Pero todo lo que tiene que ver con mi madre es difícil. Nadie es lo bastante bueno en su opinión. Me gustas mucho, Grayson. Y no quiero estropearlo antes de que empiece. Ella tiene la extraña capacidad de hacerme dudar de todo lo que hago.

—Dejas que te controle.

Ese comentario me irrita.

—No es cierto —replico.

—¿Ah, no? Vamos, entonces, ¿por qué llevas Dios sabe cuántos años saliendo con tíos sin parar, intentando encontrar a ese príncipe con el que ser feliz para siempre? ¿Crees que vives en un cuento de hadas o qué?

—¡Pero ¿cómo te atreves a decirme eso?! —Aparto la mano bruscamente.

—¿No es verdad?

Me quiere sacar de mis casillas. Y le funciona.

—¿Qué tiene de malo tratar de encontrar el amor, Grayson? Ese alguien con quien pasar el resto de tu vida.

Él se echa a reír.

Será cabrón.

Vale. Si quiere cabrearme, yo también puedo hacer lo mismo.

—Debería haber llevado a Gregory a conocerlos. Al menos él me entiende —digo en voz baja, mirando por la ventanilla a las oscuras calles llenas de grafitis.

—¿Qué coño acabas de decir?

Mi cabeza se proyecta hacia delante cuando él pisa el freno bruscamente y se queda parado en medio de la carretera.

—Pero ¿qué haces?

—Sal de mi coche ahora mismo.

—¿Qué? —pregunto con voz ahogada.

Miro a nuestro alrededor. No tengo ni idea de dónde estamos. Las farolas parpadean y hay un grupo de hombres con capuchas rondando al otro lado de la carretera. No pienso salir ahí fuera.

—Que salgas. No puedo soportar más gilipolleces tuyas esta noche. Ya lo pillo, solo soy alguien para echar un polvo. No soy lo bastante bueno para la princesita Maddie. Pues anda, llama a Gregory para que venga a buscarte. A mí me da igual. Me has dejado bien claro cuál es la situación.

—Que te den, Grayson. Yo solo quiero un hombre decente. Está claro que ese hombre no eres tú. Así que sí, voy a llamarlo, porque seguro que Gregory nunca me haría algo así.

Cojo el bolso y salgo del coche. Cierro con un portazo y le hago una peineta antes de alejarme por la calle. Mantengo la cabeza alta, a pesar de que me corren lágrimas por las mejillas.