19. Grayson
Grayson
Desde la noche del club, no ha pasado ni un día en el que no haya visto a Maddie.
Los dos estamos muy ocupados con el trabajo; a veces he tenido que salir de la cama a medianoche para supervisar algún cargamento de Luca.
Ahora no se puede arriesgar a que le roben otra vez.
Hasta ahora, no ha ocurrido nada más. Frankie y yo hacemos un buen equipo.
Maddie no se quedó en casa anoche, así que cuando volví de entrenar a los nuevos en el King’s Gym con Keller, ella ya no estaba. Y no me gustó nada. Lo único que quería era acurrucarme en el sofá con ella. «Pero ¿en quién me estoy convirtiendo?».
No tengo intención de pasar otra noche sin ella, así que he decidido sorprenderla yendo a buscarla al estudio después del trabajo.
Creía que habría acabado para las seis, pero resulta que las modelos necesitan maquillaje a cualquier hora del día, así que he estado esperándola más de una hora mientras contemplaba cómo hacía su magia.
Evie me ha tenido entretenido haciéndome un interrogatorio. Me ha preguntado la edad, cómo fue mi infancia, a cuánta gente maté cuando estaba en las fuerzas especiales, mi historial sentimental. Al oír eso, Maddie ha girado la cabeza al instante.
Pero por fin la tengo para mí solo.
Se tumba en el sofá y hace un poco de zapping. Yo saco una botella de sauvignon blanc. Todo esto me parece lo más natural del mundo.
Tenerla aquí le da vida a la casa. Sirvo dos copas y vuelvo con ella.
Tiene el pelo recogido en un moño en la coronilla y no lleva nada de maquillaje.
Y la verdad es que así está impresionante.
Me sonríe de oreja a oreja y alarga la mano para cogerme una copa.
Me siento a su lado y me llevo la mía a los labios.
Ella da un trago, cierra los ojos y suelta un gemido al tragar. No tiene ni idea de lo perfecta que es.
—Dios, cuánto lo necesitaba —exclama, y da otro sorbo.
Yo hago lo mismo. El líquido dulce me da una sensación rara en la boca. Yo soy más de whisky. Lo único dulce que necesito en mi vida es a Maddie. Aparte de mi kriptonita: los batidos de chocolate.
—¿Un día duro? —pregunto mientras dejo la copa en la mesita.
—Mucho lío. Evie me ha puesto dos citas a la misma hora, así que he tenido que meter como he podido a dos modelos a la vez. —Pone los ojos en blanco y apoya su copa junto a la mía.
Yo le coloco las piernas en mi regazo y empiezo a masajearle los pies.
—Hmm, qué bien —gime, y apoya la cabeza en el reposabrazos.
—¿Siempre quisiste ser maquilladora? —No conozco los detalles de su vida. En los últimos siete años no he querido saber esas cosas de nadie, la verdad.
Sin embargo, con Maddie, siempre quiero conocer más. Anoche busqué cosas sobre su signo zodiacal después de ver el tatuaje de acuario que lleva. Nunca antes en mi vida había leído un horóscopo, pero ahí estaba yo, a la una de la madrugada, mirando a ver si acuario y tauro son compatibles.
No me quedó claro.
—La verdad es que no. Estudié Sociología en Columbia, con Sienna.
Mis padres quisieron que fuera a esa universidad porque allí es donde se conocieron.
Escogí la carrera que me parecía menos aburrida.
Pero mientras tanto me dediqué a maquillar a todas nuestras compañeras de residencia.
En cuanto acabé de estudiar, decidí que eso era lo que quería hacer.
Además, se gana mucho dinero. Primero trabajé en un salón de belleza, y me gustó.
Pero Keller me dio la oportunidad de abrir mi propio estudio y no me arrepiento.
Me encanta la libertad. Puedo echarme una siesta cuando me da la gana.
O cogerme días libres. No tengo que rendirle cuentas a nadie más que a mí misma.
—Su cara se ilumina mientras me lo cuenta—.
¿Y tú? ¿Qué te hizo empezar a trabajar para Luca?
¿No era suficiente ser un entrenador de boxeo famoso?
—Es lo único que he conocido. Y me encanta.
Aparte de que se me da muy bien. Y si con eso puedo ayudar a Luca, me siento útil.
El boxeo es genial, pero ya lo hemos conseguido todo.
Supongo que no me satisface tanto como creía.
Todo cambió el día que salvamos a Sienna.
Fue la primera vez, desde las fuerzas especiales, que me sentí yo de nuevo.
Por no mencionar que fue el día en que su beso me hizo volver a la vida también.
Ella sonríe con tristeza, después se acerca a mi regazo y me apoya la cabeza en el muslo.
—Si no la hubiera dejado sola aquel día, tal vez esto no habría pasado.
—No fue culpa tuya, cariño. Y yo me alegro de que no estuvieras allí. ¿Y si te hubieras quedado y él te hubiera hecho daño? Jamie estaba desequilibrado.
Ella asiente sobre mi muslo.
—Además, al final todo salió bien. Míranos a los dos aquí. No me habrías besado si no hubiera sido por eso.
Es cierto.
Ese día cambió nuestras vidas en más de un sentido. Aquello derrumbó el muro que había entre nosotros.
—Es verdad. Nada como un buen secuestro para unir a dos personas —dice con una sonrisa burlona.
—Así deberían empezar todas las historias de amor.
Ella se muestra de acuerdo y después frota la cabeza contra mi muslo.
—¿Qué te parecería si tuviéramos una primera cita de verdad mañana por la noche? —propongo.
Se incorpora para mirarme, sin dejar de sonreír.
—Me encantaría.
Arrastra un poco el culo, aparta las piernas y levanta la derecha para colocarse a horcajadas sobre mí.
Mueve ligeramente las caderas y noto como me va toda la sangre a la entrepierna.
—Estaba intentando hacer más profunda nuestra conexión emocional —murmuro, repitiendo algo que leí durante mi investigación sobre el horóscopo.
—La única cosa que quiero en un lugar más profundo es tu polla. Bien adentro.
¿Y cómo le voy a negar a esta mujer algo?
No he cenado todavía, además. Y ella es mi bocado favorito.
Me quito la camiseta blanca por la cabeza. Maddie me recorre el cuerpo con la mirada y, joder, esa forma de mirarme como si quisiera devorarme me pone como una moto.
Ella me imita y empieza a desabrocharse su blusa negra seductoramente. Cuando su sujetador rojo de encaje asoma por la abertura, no puedo apartar los ojos de sus tetas. Le coloco las manos en la cintura, justo encima de la falda de cuero.
—Joder, cielo. ¿Sabes lo sexy que eres? Estoy obsesionado.
Ella se ruboriza aún más y yo le recorro con el dedo índice la piel enrojecida, justo debajo de las clavículas.
—Necesito probar un poco, Maddie.
Le rodeo el cuello con una mano, meto la otra bajo la falda y le acaricio con ella el sexo al aire.
Tiro de ella hasta que nuestras narices casi se tocan.
—No me digas que has recorrido medio Nueva York sin bragas —comento con voz grave.
—Están en tu coche. Quería darte una sorpresita.
—Quiero tener la colección completa. ¿De qué color eran?
—Rojas. A juego con el sujetador.
Cuando le rozo el labio inferior con el pulgar, ella gime.
—Qué bien respondes.
Centro mi atención en la piel expuesta de un lado del cuello y se la muerdo. Cuando bajo una mano para cubrirle un pecho, ella empieza a frotar su sexo desnudo contra mí.
Se le escapa un gemido lastimero. Los preliminares nunca han sido lo mío. Ni tampoco los besos, pero con Maddie todo es muy diferente. Quiero alargarlo, ver cómo su cuerpo se retuerce a punto de llegar al orgasmo.
Disfrutarla poco a poco se ha convertido en mi pasatiempo preferido.
—¿Estás preparada para que entierre mi cara entre tus piernas, cielo?
—No lo dudes —dice traviesa.
—Quiero tus labios primero —aseguro cogiéndola por detrás de la cabeza y atrayendo su cara hacia la mía hasta que puedo hacerme con esos labios—. Cada centímetro de ti es delicioso.
La agarro por la cintura para levantarla, la vuelvo a dejar en el sofá y me arrodillo en el suelo.
Ella me mira desde arriba, con un brillo en los ojos y las piernas muy abiertas.
Me coloco entre ellas, le agarro los muslos y me acerco su sexo a la cara.
Le subo la falda para que quede totalmente expuesta, con la entrepierna reluciente, lista para mí.
Ella me entierra los dedos en el pelo y tira de mí.
Mi chica viciosa. Cuelga sus piernas suaves sobre mis hombros y hundo los labios en ese calor que no para de latir.
Su sabor dulce me invade la lengua. Ella arquea la espalda cuando la lamo hasta llegar al clítoris para mordérselo, sin dejar de empujarle el vientre hacia abajo.
—¡Dios!
Un zumbido interrumpe el momento. Intento ignorarlo mientras sigo lamiéndola. Ella mueve las caderas al mismo ritmo y las separa del sofá, lo que me da la oportunidad de ponerle una mano en el culo, sin parar de morder y chupar desesperadamente.
Se oye de nuevo esa puta vibración irritante. Ella no parece haberlo notado, así que continúo. Hay algo muy erótico en tenerla así contra mi cara, a punto de asfixiarme.
Cuando el teléfono vibra otra vez, gruño.
—Me cago en todo.
El cuerpo de Maddie se hunde cuando me aparto y me estiro para coger el móvil.
En la pantalla pone «Mamá». Maddie me mira con los ojos entornados, con las mejillas muy rojas. Le paso el teléfono.
—Contesta antes de que lo destroce.
Con las manos temblorosas, se lleva el teléfono a la oreja. Tiene la respiración irregular. No aparta los ojos llenos de deseo de mí.
—Hola, mamá.
Yo me siento en los talones. Maddie intenta cerrar las piernas, pero la agarro por las rodillas y se las abro todo lo posible. Ella me mira con los ojos como platos y cara de horror.
—Estoy bien. Es que acabo de subir por las escaleras.
Le sonrío con malicia antes de volver a meter la cara entre sus piernas y seguir lamiéndola, muy despacio, hasta llegar a su entrada.
Ella cierra los párpados con fuerza y se muerde el labio.
—No puedo. Tengo cosas que hacer el sábado.
La recompenso introduciendo dos dedos y chupándole el clítoris a la vez.
—No, no es por una cita.
Me quejo, sin apartarme de su sexo, para recordarle que sí que lo es.
—No, no es nadie especial y no voy a llevarlo a comer el domingo.
Sus palabras hacen que me detenga. Parece que sí hay una forma de quitarme las ganas. La miro y ella me responde con una sonrisa de disculpa.
«Pero ¿qué coño...?».
¿Por qué es como si acabara de darme un puñetazo en el estómago? Yo no quiero ser su amante secreto. Estoy harto de ocultarle esto a todo el mundo. No oigo el resto de la conversación, porque la mente no para de darme vueltas.
Ella sigue hablando. Saco los dedos, me aparto de ella y me levanto.
Yo me sentiría muy orgulloso de presentársela a mis padres si tuviera ese tipo de relación con ellos.
Mierda, hace siete años que no los veo. Hablamos por teléfono a veces.
Cuando me fui de Chicago, lo dejé todo atrás, incluidos a ellos.
Los dos están jubilados y se pasan la vida viajando por el mundo.
Yo siempre fui un inconveniente para ellos, por eso me mandaron al ejército en cuanto di el más mínimo problema.
Incluso he llegado a pensar en llamarlos para saber si van a volver a casa pronto para poder presentársela.
Pero qué mal he entendido la situación.