Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 14. Maddie
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14. Maddie

Maddie

Hacemos el trayecto hasta su ático en silencio.

Lo miro de reojo. Mierda, me pone incluso su forma de conducir, con esas venas de los antebrazos que le sobresalen cuando sujeta el volante... Me humedezco los labios.

—¿Te gustan las vistas, cielo?

—No —miento, pero tengo que morderme el labio.

Su enorme mano aterriza en mi muslo y me lo aprieta.

—¿Me estás mintiendo?

—N-no —contesto con voz aguda.

—Preciosa, mientes fatal.

Entramos en el garaje de su edificio y aparca. Cuando estoy a punto de salir, veo que él rodea el coche, abre mi puerta, se agacha y me coge en brazos. Después me cuelga sobre su hombro y me agarra el culo con fuerza.

—Grayson, de verdad. Hay solo tres metros hasta el ascensor. —Pongo los ojos en blanco.

—Te he visto bostezar. Quiero que guardes tus energías. Espero que no te enfades, pero me he tomado la libertad de comprarte algunas cosas para que tengas aquí. Productos de higiene femenina y esas cosas.

—Es un gesto muy bonito, gracias.

Subimos en el ascensor, entramos en su apartamento y me lleva directa al dormitorio.

Está todo oscuro. Me deja sobre la blanda cama.

Estiro los brazos por encima de la cabeza y se me cierran los ojos.

Me acaricia la mejilla con los nudillos y yo disfruto de ese contacto tan delicado, pero, en cuanto aleja la mano, me siento vacía.

Enciende la lámpara de la mesilla y la habitación se ilumina con una luz cálida.

Me levanto, me bajo la cremallera del vestido y lo dejo caer al suelo.

Grayson no aparta la vista de mis pechos, ahora al aire.

Después me examina de arriba abajo hasta que sus ojos llenos de deseo se encuentran con los míos.

La forma en que lo veo comerme con la mirada me llena de confianza.

Me quito los tacones y él levanta una ceja cuando los ve caer al suelo. Estoy casi segura de que odia el desorden. Todo lo que hay en su vida, incluso su barba y su ropa, está inmaculado. Y yo aparezco aquí y me pongo a tirar cosas por todas partes como si fuera mi casa.

Voy hasta donde está él, me pongo de puntillas y me froto contra su cuerpo, todavía cubierto por la ropa. Siento un cosquilleo de deseo. Me muerdo el labio inferior y él gruñe. Después le recorro la mandíbula fuerte con la lengua y su barba me hace cosquillas en la lengua.

—Tócame —le suplico al oído. Él se tensa contra mí.

Subo la mano por su cuerpo y le voy desabrochando todos los botones, empezando desde arriba y bajando poco a poco.

Por el camino le acaricio los abdominales, duros como piedras.

Él inspira con los dientes apretados cuando llego a la hebilla del cinturón y se lo desabrocho.

Grayson se aparta un poco para quitarse la chaqueta del traje y la camisa.

Yo solo puedo babear al contemplar su cuerpo lleno de músculos definidos.

Frunzo el ceño cuando se sienta en el borde de la cama, todavía con los pantalones puestos y con las piernas separadas.

Se da una palmadita en el muslo.

—Siéntate.

Siento un relámpago de deseo que va directo a mi entrepierna.

Voy hasta él, levanto una pierna para poder sentarme a horcajadas sobre su muslo, con mi sexo mojado apoyado en el pantalón del traje que lleva, y empiezo a mover las caderas despacio.

La fricción de la tela me roza en el punto exacto.

Él me pone las manos en los pechos y yo arqueo la espalda para facilitarle el acceso.

Entonces se mete un pezón en la boca y me clava los dientes en la piel sensible.

El dolor intensifica el placer que recorre mi cuerpo.

Luego pasa a lamerlo, besarlo y volver a morderlo.

—Más, Grayson —gimo.

—Me estás empapado los pantalones, cielo. Joder, estás mojadísima.

Voy a cogerle el pene, pero él me agarra del antebrazo para detenerme.

—Tú no puedes tocarme. Todavía no.

—¿Qué? ¿Por qué? —me quejo como si estuviera absolutamente desesperada, pero no me importa, porque lo necesito.

Con un último lametón, aparta la boca del pezón.

—Ponte a cuatro patas y agárrate al cabecero. —Su voz profunda me produce corrientes eléctricas que van directas a mi entrepierna. «Dios, qué boca tiene este hombre»—. No me obligues a repetírtelo.

Me bajo de su pierna, me pongo a cuatro patas y me aferro al cabecero de cuero con las manos temblorosas. Se me acelera la respiración cuando él se quita los pantalones, dejando al descubierto su miembro. Se sube a la cama, que se hunde bajo su peso, y se sitúa detrás de mí.

—Joder, cielo... —murmura.

Doy un respingo cuando su lengua me toca el clítoris y empieza a hacer movimientos circulares, mientras va subiendo los dedos por el interior del muslo hacia mi zona más sensible y, un momento después, me los mete con brusquedad.

—Dios, Grayson —exclamo jadeando, con el pecho subiendo y bajando como un loco.

Mi cadera empieza a moverse por su cuenta, siguiendo el ritmo que él marca sin dejar de lamer y chupar.

Mi cuerpo pierde toda la fuerza cuando él saca los dedos, que comienza a deslizar hacia atrás.

Las paredes de mi interior se sacuden por la acción de su boca.

Proyecto la cadera hacia atrás y él introduce un dedo.

La sensación es rara, pero enseguida me acostumbro y empiezo a sentir un placer eufórico.

—Estoy deseando metértela por este agujero tan estrecho.

—Eh... vale.

Él aumenta el ritmo y me lame entera con la lengua.

—Me falta muy poco, Grayson.

La sensación ardiente que noto en un extremo, combinada con el delicado movimiento en mi sexo, me está haciendo perder el control. Me tiemblan las piernas y bajo los hombros para apoyarlos en las almohadas.

—No apartes las manos del cabecero.

—Grayson, por favor, por favor, fóllame de una vez. —No puedo soportarlo más.

No tengo que volver a pedírselo, porque al instante noto que deja de tocarme y empieza a frotar su miembro por toda mi extensión.

—Más, Grayson.

—Dios —gruñe con los dientes apretados, y entra en mi interior con energía.

El cabecero se estampa contra la pared. Me da un azote en el culo y me agarra con mucha fuerza con la otra mano.

—¡Grayson! —chillo.

Me arden los pulmones. En cuanto su mano vuelve a estrellarse en el mismo punto, reviento.

Mi orgasmo es potente y veo las estrellas.

Apenas logro entender las maldiciones que está soltando Grayson, porque la sangre me atruena en los oídos.

Solo necesita unas pocas embestidas para llegar también al clímax, gritando mi nombre.

Después cubre mi cuerpo con el suyo, empapado de sudor.

—Hostia puta, cielo.

Me da un beso en la espalda y se aparta de mi cuerpo. Yo caigo sobre la cama, con la cara enterrada en la mullida almohada.

Cuando logro calmar mi respiración, Grayson se pone a cuatro patas sobre mí, y giro la cabeza a un lado. Él me abre las piernas y noto un líquido caliente que me resbala por el interior de los muslos.

Él me recorre la pierna con un dedo, limpiando el reguero de semen de mi piel. Me vuelve a meter los dedos y se inclina hacia mí.

—Esto se queda en el lugar donde tiene que estar: dentro de ti.

Madre. Mía.

—Eso que has hecho me gusta —susurro.

—Mañana, cielo. No te preocupes. Ahora tenemos que dormir —dice, apartándome el pelo de la cara.

Me tapa con el edredón y se tumba a mi lado. Mete el brazo bajo mi almohada y yo apoyo la cabeza en su pecho. El ritmo de su respiración me resulta tranquilizador.

—Buenas noches, Grayson.

Me da un beso en la frente. Ese tipo de beso es propio de un novio enamorado, no de un follamigo.

—Que duermas bien, cariño.

Le doy un besito y vuelvo a acomodar la cabeza en su pecho. Su brazo fuerte me envuelve la cintura y así me quedo dormida.

Parpadeo unas cuantas veces para enfocar la vista.

Levanto la cabeza del pecho de Grayson y me incorporo apoyándome en un codo.

Tiene ambos pectorales cubiertos de tinta negra, y también los brazos.

Recorro la silueta de los tatuajes con un dedo e identifico algunos.

La mayor parte parecen tribales. Me detengo en una fecha: 22/08/2015.

Siete años atrás... Mierda, ¿tendrá un hijo?

Bueno, eso no es asunto mío, pero creo que me gustaría saberlo.

Su carraspeo me sobresalta. Cuando lo miro, me lo encuentro observándome con los ojos enrojecidos y una ceja levantada.

—Buenos días, preciosa —dice con voz ronca.

—Buenos días. Una pregunta... —empiezo a decir. No puedo evitarlo; la curiosidad me puede.

—Es un poco pronto para preguntas, pero házmela.

—Esta fecha... 2015. ¿Qué significa?

Aprieta los párpados.

—Para eso sí que es demasiado temprano —contesta riendo un poco incómodo.

—Vale, en otro momento entonces. No tienes que contarme tu vida, Grayson. Al fin y al cabo, yo no soy nadie importante para ti.

Me coge la mano con la suya y evita que siga acariciando el tatuaje.

—Es la fecha en que mi mejor amigo, Casper, murió en combate.

«Mierda».

—Dios mío. Lo siento mucho. —Le doy un apretón en la mano.

Él sonríe con tristeza y suspira.

—No pasa nada, cielo. También es el día en que descubrí que se había estado tirando a mi mujer.

Dios bendito...

—No... No sé qué decir. Es horrible. —Saco la mano de debajo de la suya y le cubro con ella la mejilla—. Ninguno de los dos te merecía, Grayson.

De repente comprendo por qué tiene tanta aversión a las relaciones.

Le acaricio la cara con el pulgar y lo beso en los labios. Cierro los ojos y pongo en ese beso todo lo que tengo, porque quiero ahuyentar con él todo el dolor. Demostrarle que no todo el mundo le va a romper el corazón de esa forma.

Él interrumpe el beso y me mira a los ojos.

—Sabes que eres especial para mí, ¿verdad, cielo? No eres «una más». Lo cierto es que en muy poco tiempo te estás convirtiendo en mi todo.

No puedo evitar la sonrisa que aparece en mi cara, tan amplia que me duelen las mejillas.

Él es todo lo que yo quiero. Nunca antes en mi vida había sentido esta conexión con nadie.

Lo miro fijamente a los ojos, contemplando a este hombre guapísimo que tengo delante, y en un instante mi sonrisa desaparece y mi cerebro se empieza a agobiar.

¿Por qué no me puede pasar esto con cualquier otro que no sea él? El hombre que no puede hacer realidad mis sueños. Él no necesita que nadie lo arregle. El amor no va a cambiarlo ni a sacarlo de la oscuridad. Ahí es donde está cómodo. ¿Podría dejar yo que me arrastrara a su mundo con él?

—Oye. —Me levanta la barbilla—. Has desconectado. ¿Qué es lo que se te está pasando por esa cabecita?

—N-Nada.

—¿De verdad crees que no sé cuándo me mientes? Te he estudiado durante el tiempo suficiente como para saberlo prácticamente todo sobre ti —afirma. Se coloca encima de mí y me sujeta las muñecas por encima de la cabeza.

Me he quedado sin palabras.

—Vamos, Maddie. Dime qué te pasa. —Me mira con una sonrisa maliciosa y empieza a frotarse despacio contra mí.

—No es justo, Grayson —gimoteo, y echo la cabeza atrás.

Él aprovecha la oportunidad para chuparme la piel delicada del cuello. Sus labios encuentran los míos y gimo.

—No te pienso follar hasta que me lo digas.

—Capullo. —Intento zafarme de sus manos, pero eso solo sirve para que se restriegue con más fuerza. Siento el deseo creciendo en mi cuerpo.

—Cielo, sabes que lo estás deseando. —Su voz tiene un tono juguetón que me hace sonreír.

—Vale —concedo con un resoplido—. Estoy confundida por cómo hemos llegado a esto, por cómo me siento con respecto a ti.

Me da miedo lo que tenemos. Queremos cosas completamente distintas en la vida, Grayson, pero somos perfectos el uno para el otro.

Es como si te hubiera puesto en mi camino una cruel maniobra del destino. —Suspiro y evito su mirada.

Aunque nos mandamos unos cuantos mensajes y nos llamamos, la semana pasada lo eché de menos. Lo único que quería todo el tiempo era estar entre sus brazos.

—La gente cambia continuamente, cielo. Tenemos que pensar. —Ahora es él quien suspira antes de unir nuestras frentes.

—Pero...

—No voy a renunciar a esto. Quiero estar contigo. Sé que eso no va a cambiar nunca. Ha sido así desde la primera vez que te vi. Así que... encontraremos la forma, juntos.

Tal vez... podamos hacerlo.

—¿Quién iba a decir que fueras tan filosófico, señor Ward?

—Hmm... Puedes llamarme así cuando quieras —dice, y cierra los ojos.

Es la primera vez que lo veo realmente relajado de verdad y sin esa oscuridad en los ojos.

—¿Tienes planes este fin de semana? —pregunta.

—No.

—¿Te quedas aquí conmigo? Te quiero entera para mí hasta el lunes.

Cuando asiento, él sonríe de oreja a oreja.