Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 13. Grayson #2
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13. Grayson #2

La rubia viene a mi lado. Lleva el vestido más corto y ceñido que he visto en mi vida. Las tetas prácticamente se le salen por el escote. Se muerde el labio y se sienta en el sofá a mi lado.

—Lo siento, guapa, pero esta noche no —le digo enseguida, y ella pone cara de decepción.

Ignora lo que le he dicho y se sienta a horcajadas sobre mí, plantándome sus tetas operadas en la cara. Sí, es atractiva, pero la única rubia que quiero instalada en mi regazo no está aquí.

—Igual te hago cambiar de opinión —me dice al oído con voz dulce, pero yo aparto la cara.

De repente cambia la temperatura de la sala y se me acelera el corazón como si estuviera a punto de darme un ataque al corazón. Solo me siento así cuando... Mierda, Maddie.

—Te he dicho que no. Quítate de encima.

Cierro los ojos con fuerza y rezo para que Maddie no acabe de entrar por la puerta. La rubia por fin se entera y se aparta.

—Que te den —me grita y, cuando sale hecha una furia, pasa al lado de Maddie.

Su expresión es... de decepción. Me mira con una sonrisa triste, se da la vuelta y se va.

Joder. Joder, joder, joder.

Doy un golpe en la mesa y se derrama el alcohol de los vasos por todas partes.

—Hostia, Grayson. Vete a por tu chica antes de que acabes matando a alguien —dice Luca.

Me pongo de pie y salgo corriendo tras ella. Puedo soportar a una Maddie cabreada y también a una furiosa, pero no a una dolida. Eso sí que no.

Me abro paso entre la gente, buscando esos brillantes rizos rubios. No tardo en localizarla. Tiene la cabeza hacia atrás y la boca abierta y veo que otro hombre le está echando un licor trasparente en la boca mientras le toca el culo con la otra mano.

Hecho una furia, voy directo hacia ella, con los puños apretados. Necesito toda mi fuerza de voluntad para no estrangular a ese imbécil que le está poniendo las manos encima a lo que es solo mío.

Cuando llego a su lado, toso con fuerza.

—Hola, Grayson. Este es... —Mira a ese tío con una ceja levantada.

—Mason.

—Eso, Mason. Este es mi «amigo» Grayson.

Él me saluda con un gesto de la cabeza y acerca a Maddie más a él.

Ni de coña.

—Ven conmigo, Maddie —gruño.

Ella abre mucho los ojos, pero no se mueve. El vestido negro corto que lleva no puede ocultar lo que siente.

—Ahora no, Grayson —contesta, pero noto un leve temblor en su voz.

—No te lo estaba pidiendo, cielo —replico, y me aproximo.

El imbécil pilla la indirecta, la suelta y se quita de en medio. Ella tiene la espalda apoyada en la barra cuando llego a su lado. Coloco las manos a ambos lados de su cuerpo, dejándola encerrada. Su olor, dulce y floral, me calma.

—Ven conmigo. —La miro fijamente—. Ya.

Ella se pone de puntillas.

—Oblígame.

«Empieza la fiesta».

—Te vas a arrepentir —amenazo en voz baja.

Ella alza la barbilla, desafiante, pero el rubor que se extiende por su cuello la delata.

Mi chica está siendo mala porque quiere que la castigue.

Pues como quiera.

La cojo por detrás de la cabeza, tiro de ella hacia mí y la beso con fuerza.

Noto el sabor del tequila en la lengua. Ella gime dentro de mi boca y me muerde el labio inferior.

Me da exactamente igual que estemos al lado de la barra de un club nocturno; cuando estoy con Maddie, para mí no hay nada más que ella.

Se ha convertido en una obsesión. La luz que necesito en mis días oscuros. Es la única persona en este planeta cuya felicidad me importa más que nada.

—No quiero que te toque nadie más, Maddie. Ese es el acuerdo al que llegamos hace pocas horas.

Sus labios forman una sonrisita traviesa.

—Me parece que eso también habría que recordártelo a ti, señor «me gusta tener a strippers sentadas sobre mi polla».

Me alegro de que esté de acuerdo conmigo en esto.

—Créeme, no quiero que me toque ninguna mujer más que tú. —Le acaricio la mandíbula con los labios—. Y si no me tocas en los próximos cinco minutos, voy a tener que sacarte a rastras de aquí y follarte en un callejón. Tú eliges.

Sus ojos se iluminan.

Aparece una de esas sonrisas contagiosas en su cara y me da un beso breve.

—Buen chico. Pero no vuelvas a cabrearme así.

No puedo evitar reírme y sacudir la cabeza. Siento un alivio enorme.

—¿A qué estás esperando? —susurra.

No necesito que me lo diga dos veces. La cojo de la mano, paso a toda velocidad junto a la zona VIP, me dirijo al despacho y uso la tarjeta para abrir la puerta.

En el centro hay una enorme mesa de roble y una silla de cuero negro.

Me sirve. La meto en el despacho a rastras y cierro la puerta de una patada. Después le apoyo la espalda contra la puerta.

Ella empieza a jadear cuando le agarro las muñecas y se las levanto por encima de la cabeza. Con la otra mano le acaricio las curvas perfectas hasta el dobladillo de ese vestidito negro tan seductor.

Meto dos dedos por debajo y recorro con ellos su sexo al aire.

—Has dejado que otro hombre te pusiera las manos muy cerca de aquí —digo con los dientes apretados mientras le introduzco bruscamente dos dedos.

—No, es que... no pensaba con claridad.

—¿Querías que él te hiciera esto?

Me mira espantada.

—¿Qué? No. De eso nada.